Los delitos y las penas

Los delitos y las penas

No es seguro que el miedo al verdugo nos salve del demonio que todos llevamos dentro.

15 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Los delitos se parecen mucho en todas partes desde los orígenes de la sociedad. Su repertorio es muy limitado, porque depende de unas pocas dominantes: del orgullo en primer lugar. O de la codicia que no tiene fondo. El mal no es claro. Puede ser interesante. Pero no transparente. El bribón suele resultar atractivo para los escritores de historias por sus motivaciones y sus métodos. Pero sus delitos son incoloros. Los de todo el mundo.

Las penas menos inmutables varían con los tiempos a medida que la razón complica el problema del Mal. En las noches brutales del pasado remoto, el tormento del fuego, el potro, el empalamiento, las mutilaciones, la horca y la cruz formaban parte de los recursos judiciales. Las torres sombrías donde los reyes del Medievo echaban a los enemigos de su soberanía representaron una mejora evidente en el régimen legal por arbitrario que fuera. La humillación, al fin y al cabo, siempre puede resistir. Y esperar el desquite: la muerte no tiene salida de emergencia ni puede aspirar a nada.

Las repúblicas modernas, fundadas en medio de los horrores del fervor patriótico, organizaron alrededor de las guillotinas festivales populares con ventorrillos de longanizas, y cohetes, que hablan de la crueldad más que de la justicia. La cuchilla suavizó piadosamente las hogueras barrocas de la inquisición, justificadas, a su vez, en el acatamiento de la ley bíblica que prohibía derramar sangre. En la modernidad, los experimentos sociales desprendidos de Marx revivieron todas las perversiones judiciales del pretérito. Y las policías de la esfera democrática del mundo apelan todavía al tormento físico o sicológico cuando el orden es amenazado. Pero no está bien visto. Antes, el suplicio funcionaba dentro de la normalidad de las cosas. Hoy, en los países adelantados no se debe ejecutar un reo enfermo o en ayunas.

Lo pernicioso es la distinción, entre los reos que purgan sus culpas en prisiones de lujo consoladas con champaña, y los que solo merecen las pocilgas de los pobres donde el error es deshumanizado

Becaria no fue el primero que meditó en la ponderación de las penas. La meditación está entramada con la evolución cultural desde los estoicos, que ya conocían una cierta compasión por el condenado. Un sentimiento que entroncó con el cristianismo, basado en la sospecha impenetrable del pecado original, por el cual estamos sometidos al mal inevitablemente. Becaria aceptó una deuda con Montesquieu.

El delito y la pena son las dos caras de la norma. Yo no hubiera conocido el pecado sin la Ley. Dijo Pablo. De donde deduzco que el contrabandista es creado por el aduanero.
En una nota en este diario, Juan Gossain dijo que en Singapur habían erradicado la corrupción cortando cabezas. Hay un cierto miserabilismo en disminuir en una cabeza a los cacos. Ellos consideran preciosas las suyas, tanto como cualquiera de nosotros las propias. Y no es seguro que el miedo al verdugo nos salve del demonio que todos llevamos dentro. Lo dice la experiencia. La pena muchas veces reedita los espantos que aspira a curar. Los de los días desnudos cuando en las marañas de las selvas originales cazábamos a los prójimos para dedicar a sus cabelleras un sórdido altar hogareño o para ensartar sus molares a fin de encollarar el instinto asesino, y agradecerles quizás el aporte de proteínas.

Dicen que el enredo de las normas facilita la tarea de los corruptos. Pero la anomia no hará mejor el mundo. La ley es porosa, susceptible de interpretación, enigmática, pero es la ley. Ferri, Lombroso y Carrara, como Becaria, intentaron hallar la medida de un castigo proporcional al daño causado. Pero la ciencia sigue ignorando si el infractor es el depositario de una fisiología defectuosa, o producto de una niñez infeliz o si un paquete genético desequilibrado convierte su vida en fatalidad.

Lo pernicioso es la distinción, entre los reos que purgan sus culpas en prisiones de lujo consoladas con champaña, o en las mansiones que robaron, y los que solo merecen las pocilgas de los pobres donde el error es deshumanizado. No somos iguales ante la ley. A veces parece como si unos fueran menos iguales que otros.

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