La ficción de enero

La ficción de enero

Enero es el mes de soñar que podemos ser mejores y es el de profetizar, los que pueden hacerlo.

12 de enero 2021 , 01:14 a. m.

Enero no es más que una ficción poderosa. En otras historias distintas de la nuestra, los años se empiezan a contar cuando por ejemplo chirrían las chicharras en los helechos, roznan los burros rijosos en los corrales o un astro asoma su mueca en el horizonte sobre un mojón. Para la civilización cristiana, enero es lo que es. Un gozne, un impulso entre dos ciclos, una inflexión antes de la siguiente vuelta de tuerca del tiempo del almanaque, su nombre nombra la puerta y lo doble, y suele celebrarse con totes de voladores, campanas, aguardiente a rodo e ingesta masiva de triglicéridos.

Es el mes que aún mira al pasado como la bíblica Edith. Para el pesimista es el hueco por donde nos precipitamos en una nueva serie arrolladora de días idénticos a los pretéritos, y prospera la fantasía de una vida nueva que no puede ser más que la misma vieja, rutinaria, perturbada por la vana esperanza de cambiar. Pues al cabo compramos siempre la misma perra con distinta guasca.

A pesar de los pavores de la pandemia en estas ciudades empanicadas, muchos fumadores han decidido estos días con mucha seguridad dejarle el vicio de echar humo a las chimeneas, los glotones juran que rebajarán a tres las siete hamburguesas con tocineta de cada semana, algunos matrimonios desdichados prometen insuflarle un nuevo aire a un cupido muerto en un moisés de besos ateridos. El más famoso de los poetas de Agrigento se tiró a un volcán con la ridícula pretensión de hacerse adorar como un dios. Hay gente así. Había dicho que el mar es el sudor de la tierra fatigada. Pudo ser un enero.

Enero es el mes de proponer, de proyectar, de hacer planes, de soñar que podemos ser mejores, lo cual es fácil de soñar, y es el de profetizar, los que pueden hacerlo. Este año con una obertura tan anormal los arúspices travestidos de mariposas y las lectoras del tarot con las orejas cargadas de oricalcos han estado discretos en los medios con sus arrullos y sus alarmas sin embargo. Pero quién podría vender sin ofender mejores sustos de los que pasamos bajo el asedio de la infección llegada de lo nano, de los orígenes del despertar de la vida microscópica en el caldo primigenio, tal vez vectorizada por un murciélago albino. U otra esperanza distinta de la que compartimos entre todos aunque nos sigamos odiando, es decir, que acabe este tránsito sombrío de la comunidad humana para poder regresar al ruido, al humo, el atafago, los bailes, las playas, las estafas y las melcochas retóricas que nos sirven para disfrazar la bestia antigua de los entresijos con las máscaras del altruismo y la nobleza de los discursos morales como pide la cortesía del estrago.

Anoche leí un artículo sobre las predicciones de Matt Groening en los Simpsons y me dio lástima nuestra vida, anticipada en una historieta de monos animados. Así somos de previsibles y banales. En cualquier caso, si como dicen por el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, por enero podemos sacar el resto. Este año comienza repitiendo el pasado. Los emperadores de oriente y occidente, payasos triviales, porque nada hay más serio que un bufón auténtico, ofrecen un tristísimo papel con sus corbatas de seda ante los atriles blindados, las chusmas fascistas de izquierda y de derecha se pelean las calles, caen aviones en Indonesia, una diplomática colombiana es investigada por especular con los fondos de su embajada y acaban de asesinar otro campesino en algún municipio de pobres porque llevaba puesto por error el sombrero de otro. Todo eso suena conocido. Y muy bien puede ser vaticinado por un escritor de cómics en el sopor bendito del proceso de creación de su entretenimiento. El asalto al Capitolio de la primera democracia moderna, los hospitales llenos de enfermos, y la peor secuela de la virulencia que es haber convertido el prójimo en amenaza. Solo cabe esperar que USA haga una pacífica transición de poder en bien del imperio de occidente. Y que lleguen las benditas vacunas y que sirvan para algún carajo.

EDUARDO ESCOBAR

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