La fastidiosa ética

La fastidiosa ética

Palpita el sombrío sentimiento de la suciedad subyacente en los hábitos de nuestro ser como somos.

17 de junio 2019 , 07:43 p.m.

Hace días rodaron por televisión una nota sobre unas pobres vacas colombianas enviadas a Turquía por vía marítima. Si las vacas tuvieran un Dante, usaría el viaje macabro para su recreación del infierno. Y quizás sensibilizaría la sociedad sobre lo que significa en dolor el tráfico criminal de animales en todo el mundo. En el vientre de una chatarra flotante, las vacas hacinadas sobre su propia mierda se pisoteaban; algunas morían de sed y de fatiga; y los encargados del acarreo las arrojaban por la borda para los tiburones con olímpica indiferencia: las perdidas habían sido apuntadas de antemano en el libro de contabilidad, en el renglón del 15 por 100 asignado a los riesgos del espantoso trasiego de carne en pie.

Creo que vivimos un momento prometedor de la historia. Que los instintos solidarios civilizadores se imponen poco a poco sobre la bestia primigenia del estado de naturaleza. Que somos más saludables y felices, y más buenos también, que nuestros bisabuelos, capaces de convertir en espectáculo los sacrificios de los cadalsos en las plazas públicas de sus ciudades infectas, a donde asistían a ver bailar a los ahorcados, entre vítores vengativos y aplausos de rabia. Y a veces tenían esclavos. Que vendían y compraban como cosas. Pero, por desgracia, también es obvio que las urbes higiénicas de hoy, con todas las ventajas de la electricidad y el helado de pistacho, no ocultan siempre bien el pavor que a veces provocan la busca de la prosperidad económica, la quimera de una felicidad ambigua y escasa, y la carrera por el hartazgo que nos caracteriza. Mientras nos emperifollamos, perfumamos y decimos cosas inteligibles por teléfonos de brujas ingenierías, palpita el sombrío sentimiento, que preferimos ignorar, de la suciedad subyacente en los hábitos de nuestro ser como somos. Algo como el Mal niega tanto refinamiento, y vuelve sospechosas las sutilezas de la tecnología.

La Biblia, el libro de fábulas orientales que nos sirve de fundamento, está estructurado por una serie de negocios chuecos.

Carl Sandburg cantó los mataderos de Chicago que inspiraron a Henry Ford la producción en cadena. Su generación, recelosa del optimismo del gran Whitman, apologista del imperialismo norteamericano, se especializó en juzgar la civilización de que gozaba de todos modos, tomando cerveza a rodo, quemando gasolina por las autopistas voladoras y disfrutando de las hamburguesas emblemáticas del sistema. Y aún corren hacia las hamburgueserías los barcos del tráfico indecente de vacas agónicas, volteando los ojos, pidiendo clemencia y vomitando la lengua, desteñida su condición sagrada, valoradas según las oscilaciones del dólar.

En representación de los ganaderos, un dirigente del gremio invitado a dar su opinión sobre el asunto deprimente en el programa de marras hizo una afirmación pánica. Que quizás explica el desastre moral de este mundo tan bien diseñado formalmente sin embargo: una cosa es la conciencia y otra, el negocio. Dijo. Serio como un becerro de oro. La Biblia, el libro de fábulas orientales que nos sirve de fundamento, está estructurado por una serie de negocios chuecos. Pero siempre hubo gente limpia en los tratos económicos, supongo, no solo hábil. Pienso que el comercio dulcificó las relaciones entre los hombres y que la intensificación de los intercambios seguirá amansándonos hasta conformar algún día una sociedad armónica hermanada por un destino planetario. Y en consecuencia siento, contra el señor Lafaurie, que una conciencia limpia ennoblece los toscos pactos del mero interés crematístico, la acumulación capitalista que Marx asimiló al pecado original y Freud al estreñimiento; que es preciso distinguir la simple ganancia pecuniaria del beneficio real, y que no puede alimentar a nadie una pobre vaca vallenata sacada de los potreros de Chiriguaná a palazos, consolada con cantos de vaquería de Alfredo Gutiérrez, para ir a morir entre musulmanes después de una travesía infame. Extraditada por el delito de pesar lo que pesaba en la temporada alta del turismo en Santa Sofía.

Sal de la rutina

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