La crispante polarización

La crispante polarización

El tema de moda es la polarización. Pero la denuncia de fanatismo se convirtió en pasión inmoderada.

01 de julio 2019 , 10:13 p.m.

Antes, cuando las tecnologías eran muy distintas, a veces, en las salas de cine se saltaba el rollo de la película de celuloide en los carretes del proyector, oculto a los ojos de los espectadores para no dañarles la magia con la ramplona evidencia de unos piñones llenos de grasa, ya que habían pagado una boleta. Y entonces, algunos exaltados de chispa fácil comenzaban a chillar e insultar.

Mientras el pobre manipulador del aparato, con solo dos manos y sudando la gota gorda, hacía lo que podía por empatar los fotogramas, escuchando cómo ensuciaban la reputación de su señora madre. Pero el asunto no quedaba ahí siempre. En ocasiones, contra los que chiflaban otros se ponían a silbar también con idéntico ardor. Y unos pedían paciencia con aullidos y patadas. Y otros, silencio a grito herido, lo que es el colmo del absurdo. Y la sala tronaba en un alboroto unánime. Los más entusiastas arrancaban los asientos y el entablado del suelo para agredirse con las astillas. Y si era necesaria la presencia de la policía, lo empeoraba todo, porque la trifulca saltaba a la calle.

Lo que sucedía en esos teatros rudimentarios cuyo corazón era un proyector aparatoso, cuidado por un operario de sueldo mínimo que estaba obligado además a aguantar improperios contra su progenitora, se parece mucho a lo que pasa ahora mismo en este país que trata de hacerse creíble hace centurias en medio de convulsiones desde las de Vargas Tejada. Uno que se ahogó en un caño llanero cuando huía de la horca hacia Venezuela, después de participar en una canallada en el barrio bogotano de La Candelaria, pues la histeria se confunde aquí, desde la fundación de la república, con el noble y peligroso propósito de hacer historia. Y no es raro que acaben ganando las pirañas.

Francisco de Miranda, en los días de los enconos iniciales de la independencia, dijo que aquí solo éramos buenos para el bochinche, antes de emprender el viaje a La Carraca con la complicidad de Bolívar, que se lo sirvió al rey español en bandeja. La rechifla divierte. Y se le concede una incierta importancia al que más duro sopla, al que confunde el agravio irresponsable con la independencia de criterio, la insinuación maliciosa del chismorreo con el deseo de justicia, o la busca de la verdad con la obcecación en la tirria. La calumnia reemplaza el análisis una y otra vez en los medios y en las redes sociales. Y la silbatina y el dicterio, a la reflexión.

El tópico de moda es la polarización. Pero, para concederle la razón a Miranda, la denuncia del fanatismo se convirtió en una pasión inmoderada. Aunque sin embargo, según la lógica más simple, sea imposible curar la crispación convocando plebiscitos para presionar el retiro de los adversarios políticos por pesados que sean. Mientras los problemas reales del país se descuidan o pasan desapercibidos. La educación, por ejemplo, para aprender a debatir sin arrastrar a los oponentes a la guillotina de la descalificación.

Santrich de profesor universitario escandaliza tanto como el desvergonzado ‘Popeye’ en la televisión. Claro que uno preferiría a Álvaro Uribe usando la inteligencia, que le sobra, para enfriar las emociones de su corte de devotas. Pero yo pongo la esperanza en que la polarización, fatigante y todo, ayude a aclarar las crisis que nos urgen, la densidad de la sopa de grillos. Creo que hay futuro mientras en el Capitolio devenguen nuestros políticos de costumbre (a veces parados en delincuentes de ocasión), junto a nuestros queridos rufianes consagrados como políticos del común bajo el emblema de la rosa. La polarización sería menos aburrida si apeláramos al buen humor. Si suavizáramos el ceño de la cara de agriera. Las cosas no están tan mal: en peores sitios nos cogió la noche. Nadie debe tomarse tan en serio como para no sonreír de vez en cuando. De modo que sonrían: quizás les están apuntando. No importa. Aquí todos hacemos de blanco y de arquero.

EDUARDO ESCOBAR

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