La crispación perpetua

La crispación perpetua

Un pacto de paz con cabos sueltos no es más que un harapo. Alargará la guerra que padecemos.

26 de marzo 2019 , 01:06 a.m.

Descontando el letargo de la Colonia, cuando Bogotá era una corte pajiza llena de enredos de oidores y de virreyes disolutos que acababan de frailes, y donde está el Capitolio, había un escarbadero de gallinas, esta república ha vivido en crispación perpetua, en un enorme griterío donde nadie se entiende ni se oye. Después del triunfo de la revolución por la independencia, que en el fondo fue un relevo de burocracias, el país entró en una matazón inclemente.

A la muerte de Bolívar, sus generales se precipitaron en una serie de discordias que cuesta comprender, en una comedia de equivocaciones, en un sainete sangriento y en un juego siniestro de deslealtades, donde el trabajo sucio lo hicieron los más pobres, cogidos en la leva, obligados a matarse bajo amenaza de fusilamiento, o seducidos por los hechiceros de los púlpitos o encanallados por las retóricas de los oradores civiles, que los convencieron de que tenían el deber de defender a Cristo Rey, unos, y otros, de que era preciso despellejarse por una libertad que nunca fue más que una abstracción, porque la república quedó a merced de sus pasiones cerreras, enfrascada en un zafarrancho marcado por una serie de asesinatos. Desde Sucre, Córdoba y Obando hasta Uribe Uribe, Gaitán, Galán y Álvaro Gómez, y el etcétera que deben aprender hoy los niños en los pupitres. A veces este país parece la expresión de una neurosis colectiva. Que con mucha probabilidad se contagia en las clases de historia patria de la escuela.

La última alharaca corre por causa de las objeciones presidenciales al pacto de paz de La Habana, que mitigó un prolongado litigio entre la secta atea de los comunistas empeñada contra el orden de la república burguesa en nombre de una atrabiliaria cartilla asiática. Qué no se ha dicho. Que es recomenzar la guerra. Que es la traición a la paz de un presidente títere de finqueros fascistas. Que perjudicará a los militares enjuiciados. Que salen perdiendo las víctimas. Y los líderes de las Farc insisten en que las víctimas son ellos. Lo cual suena increíble y grotesco. Después de medio siglo de violaciones, y vilezas que escandalizaron un pobre país empeñado en ponerse al paso de la modernidad a trompicones, suena a desmesura.

Pero tal vez es cierto. Y los comandantes de la horda farciana ahora trajeados de ciudadanos normales son inocentes hasta cierto punto de la vida errática que arrastraron, de la degradación de su humanidad, por ignorancia, obnubilados por los cebos de una ideología perversa de visos arcaicos que trajo sufrimiento y pobreza en todas partes, y fueron condenados al fracaso por la arrogancia, que los dioses castigan, de mantener una falsa interpretación de la historia, y una teoría imposible de realizar en este continente complejo y católico, y sumido en confusión espantosa. Después de parasitar como garrapatas la patria donde los parieron sus madres por honradez consigo mismos, los llamados excomandantes deberían avergonzarse de las curules que hoy ocupan concedidas por la generosidad, el temor o la fatiga de sus compatriotas, del disfrute de unas prebendas inmerecidas que prolongan el espíritu de piratería que los distingue. No había necesidad de matar tanta gente para conseguir trabajo.

Las objeciones presidenciales son una oportunidad para la sinceridad, para que se revelen ante sí mismos y ante todos sin mentir, sin máscaras. Eso facilitará el perdón de los pacientes de sus desmanes, las niñas de la rosa blanca por ejemplo, y les garantizará la seguridad que van a necesitar en medio de los resentimientos que sembraron sus conductas torcidas. Un pacto de paz con muchos cabos sueltos no es más que un harapo, y alargará la guerra inacabable que padecemos. Y ellos deberían reconocerlo. Por la sanación de sus almas en primer lugar, si acaso poseen una copia del arcaico adminículo y no una callosidad. Y si les habla en las pesadillas del despilfarro de sus vidas vergonzosas, atroces e injustificables.

EDUARDO ESCOBAR

Sal de la rutina

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