Exaltación del libertino

Exaltación del libertino

Sade cumplió su misión iconoclasta. Sus libros pueden pasar al olvido sin pena en orden alfabético.

22 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

El Ministerio de Cultura de Francia está pidiendo ayuda a los millonarios del mundo para comprar un manuscrito del Marqués de Sade aparecido recientemente después de ser robado hace cuarenta años a su legítimo propietario por un editor inescrupuloso. Sade todavía es noticia.

Me acuerdo de que mientras hacíamos nuestras primeras lecturas de la juventud, algunos amigos míos alardeaban de su lectura de Sade. Y lo ponían por las nubes como un gran autor. Tanto lo encomiaban que al fin me puse en la tarea de leerlo, a ver qué había en sus libros fuera de una ristra de blasfemias sin gracia, y descripciones de coitos y coitos y operaciones sacrílegas, como yo imaginaba. Y eso fue lo que encontré en Sade, por desgracia. Un frasear ríspido plagado de circunloquios innecesarios para contar los detalles de unas innecesarias orgías, con obispos y simples párrocos y seglares, princesas y caballerizos y muchachas del servicio y funcionarios, que copulaban y se azotaban, y donde todo huele a lo que huelen los lechos de esos prostíbulos donde una nobleza despojada de sus privilegios recobraba el derecho a tiranizar a los otros con el poder de su dinero, en palabras de Simone de Beauvoir.

No creo que mi decepción de Sade se debiera a la mala calidad de mis traducciones baratas. Los buenos libros traslucen también en las versiones desmañadas la calidad del alma del autor, y su capacidad para embellecer el mundo con su voz. Después entendí, al conocer mejor a los amigos que me lo recomendaron, que eran unos lectores despistados, adheridos irreflexivamente, por falta de criterio y buen gusto, a las insinuaciones de los profesores franceses de moda entonces, que desempolvaron al marqués no por la belleza de la prosa ni por el interés estructural de sus historias contadas a las carreras del rijoso en estado de emergencia, sino por el valor que significaba la desacralización de los poderes del feudalismo en nombre del egoísmo radical del loco. Sade mereció los elogios privados de Flaubert, Apollinaire declaró que era el más libre de los espíritus y fue llamado Divino, como cualquier vargasvila.

Ese es su merecimiento: haber puesto en entredicho los valores de un mundo abocado a la podredumbre, la irrisión de la nobleza, y proclamar su derecho a su cuerpo y a hacer su santa voluntad. Desde niño fue inestable y altanero. Pero es posible que enloqueciera ante las desmesuras de la revolución y el caos que provocó el experimento de la república negada en la figura de Napoleón. Aunque sin duda fue un revolucionario, por un pelo no adornó la guillotina con su cabeza, en aparente paradoja.

Sade fue un mártir de la libertad de expresión. Un tiempo cuando los libros a veces no se condenaban solos y se echaban a la hoguera con sus autores en un rito moral, como denunció Voltaire en su Tratado sobre la tolerancia. Sade ostenta un halo de abyección en el olimpo de los escritores que no suelen ser las mejores personas. Y más bien conforman una comparsa de viciosos y enfermos, trágicos y simpáticos, que la humanidad necesita para entenderse con su historia. Sade cumplió su misión iconoclasta. Sus libros pueden pasar al olvido sin pena en orden alfabético, cronológico o temático. Así funciona el mundo. El Gobierno de Francia hace vaca para salvar, para la Biblioteca Nacional, el testimonio de un libertino convertido en gloria de su nación. Todo se compra hoy. O se rifa. Hace días subastaron los calzoncillos de un baladista. Lo que distingue a los hombres de los otros animales es su fascinación por los fetiches, su proclividad a la invención de mitos para llenar el vacío de la conciencia desnuda. Yo jamás volveré a Sade. Que ni siquiera me deparó en la adolescencia el gusto de esos libros queridos que se leen con una sola mano, según expresión de otro francés, que dijo que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, apestando el futuro con su falacia. Sade lo adoraba. Como su mujer a su catecismo. Según le dijo a ella en una carta.

Eduardo Escobar

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