Estas repúblicas del silencio

Estas repúblicas del silencio

El confinamiento en lo privado es una situación nueva. Vivimos tiempos interesantes e insensatos.

04 de mayo 2020 , 06:33 p.m.

Entretuve uno de estos días de retiro con 'La república del silencio', una serie de artículos de Jean-Paul Sartre escritos inmediatamente después del final de la Segunda Guerra. Los que abren el libro están dedicados al ambiente espiritual imperante en Francia cuando las democracias liberales derrotaron el totalitarismo de Hitler basado en una mística delirante de la sangre, y el tortuoso patriotismo de los japoneses con sus ejércitos de suicidas intoxicados por la fe en la divinidad del emperador, cuya rendición fue forzada por las dos bombas norteamericanas sobre Hiroshima y Nagasaki. Esos hongos apocalípticos fueron decisivos para la creación del clima interior del tiempo en que crecimos: entonces surgió la sospecha de que la inteligencia podía ser monstruosa, malsana la Razón desprestigiada para siempre, y toda acción una inutilidad en medio de una paz mortecina.

Sartre muestra un París que despierta de la pesadilla de la ocupación, lleno de franceses malnutridos, de almacenes muertos, de calles por inventar otra vez, en unos textos de una sórdida belleza, expresiones de una amargura inédita en la conciencia. Después de matar a Dios la humanidad se había hecho dueña de su destino, y en adelante habitaría abismada frente a su libertad, condenada a vivir bajo la amenaza de la desolación nuclear, en un espanto solo comparable con el del libro de San Juan, que pretende describir por adelantado el terror de los últimos días de la Creación después de ingerir un librito que tengo derecho a suponer que era un hongo alucinógeno crecido en el suelo de Patmos.

Sartre fue el guía torvo de la generación de los nacidos bajo los fulgores de las nuevas bombas capaces de albergar la potencia solar en un resorte, porque nos abrumó los años del crecimiento con la posibilidad de amanecer un día rostizados por la demencia de la voluntad de poder del demonio que todos llevamos dentro. Yo no sé si fue un resultado de la conciencia pánica. O un modo de justificar las malas tendencias al desorden de los sentidos que predicó Rimbaud. Sé que frente a la incertidumbre mi generación enajenada, despojada, rindió culto al instante despreocupada de la eternidad, y que pretendimos salvarnos del sentimiento del absurdo en los consuelos de la sexualidad libre. Y la amistad fue un valor en la soledad radical del ateísmo incapaz de apostar a la esperanza de la trascendencia vuelta imposible fuera del reino de las ilusiones.

Ahora pienso que como Nietzsche fue el último cristiano, Sartre fue el último de los moralistas franceses, pues asumió, desnudo de toda falsa compensación, el espanto de la insignificancia de la vida humana, sin dejarse arrastrar al cinismo. Sartre fue el metafísico de una revelación de la mezcalina que probó en los tiempos de 'La náusea', novela emblemática de la época. Y promovió el léxico de lo podrido, de las cosas arrojadas al basurero, y el escatológico que exhibe en su estudio sobre Genet, donde para santificar un ladrón trivializa el misticismo de santa Teresa contrastada con el expresidiario. El talante burgués salva a Sartre del feliz impudor de su compatriota Rabelais, aunque gozó acentuando los hedores de nuestra condición animal desangelizada, los intestinales y los espirituales.

Las calles del París ocupado que describe se parecen a estas repúblicas del silencio de hoy ante un porvenir oscuro, donde el gusto por lo público manifestado en las ganas de dominar y destacarse, en la gula del éxito, en las ansias de moverse para ser vistos se ve reducido al toque de queda por un parásito construido por la tecnología genética o incubado en un mercado de murciélagos para 'gourmands'.

El confinamiento en lo privado es una situación nueva. El encierro en la intimidad, y el anonimato del tapabocas que imita la máscara del carnaval de la muerte. Vivimos tiempos interesantes e insensatos. Una vez le dije a Gonzalo Arango, predicador entonces del amor jipi, que la humanidad necesitaba más que besos un gran susto para reformarse. Y me respondió: el amor es lo único que une: el miedo solo amontona.

Eduardo Escobar

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