El optimismo de moda

El optimismo de moda

Pinker se ha ido convirtiendo en el campeón del optimismo, en el profeta de la esperanza.

09 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

No sé por qué despertó tantas expectativas en un pesimista como yo un judío de Montreal con aires de vedette, discípulo y contradictor de Chomsky, que además afirmaba a voz en cuello una barbaridad increíble para mí: que vivimos el mejor de los mundos conocidos. Y que para ajustar, pretendía probar que somos más que la representación de los hombres de paja de Eliot, valido de la estadística, la más antipoética de las formas de considerar las cosas del mundo.

Lo que me llevó a leer a Pinker fueron las ganas de sentirme contradicho, que me resultan estimulantes, y la ambición de que estuviera equivocado con su teoría de la evolución del alma humana hacia la bondad. El tipo irradia una buena salud ofensiva en las solapas de sus mamotretos. Un aire de seguridad que siempre tuve por odioso.
Pero la antipatía me duró hasta que me puse a leerlo. No aparecen con frecuencia los libros que te ponen patasarriba y desbaratan la poltrona de los acomodamientos mentales. A veces resultan dolorosos. Pero deben agradecerse. Pinker escapa de la trampa de la noción del mundo como valle de lágrimas. Le restituye el placer de la aventura a la vida, una cierta felicidad de ser los que somos. Sin lastimarnos la autoestima cuando debe reconocer las miserias de la historia. Sus balances siempre son positivos.

Yo no esperé que me revelara una idea de mí mismo menos perniciosa que la de costumbre. Pero acabé preguntándome si tal vez el ser humano no es un error, una monstruosidad en el orden de los mamíferos, como quiso el moralismo del siglo XX por boca de sus pontífices, Celine y Sartre, por ejemplo, que fueron figuras excelsas del panteón de los malhumorados. Para quienes la palabra angustia era emblemática. Y el vómito y las diarreas expresaban el espíritu humano. Uno estaba obligado a parecer desgraciado, derrelicto, para no pasar por anormal.

La gente ama sus pánicos. Se niega a ser liberada del reflejo apocalíptico que la hace tan vulnerable al hechizo de los demagogos y a las falsas pistas de los mentirosos del montón

A pesar de las crisis morales, de los sucesivos procesos de destrucción masiva que llamamos guerras, tenemos derecho a la esperanza: hemos hecho bien algunas cosas. Y deberíamos sentir más cariño y admiración por este bípedo que conquistó tantas cimas hacia el conocimiento de la realidad, que en lucha con la muerte le arrebató al misterio un montón de secretos. Y está en el buen camino de refinar la bestia patrimonial en un ser inclinado a la simpatía; por cadenas de errores se hace la alquimia del mito en logos, superamos el embeleco de las banderas, la adoración de los osarios nacionales y las otras supersticiones que aún emponzoñan la conciencia desde los cerebros serpentinos que le sirven de base a la corona cortical.

Pinker se ha ido convirtiendo en el campeón del optimismo, en el profeta de la esperanza contra la aflicción existencialista y el descontento crónico que convirtió el siglo XX en un gran debate crítico llevado a cabo entre estallidos de dinamita y matazones, justificado por galimatías, retruécanos ónticos y análisis fecales de residuos etimológicos. Pero no es el único. Los best sellers de Yuval Noah Harari siguen sus pasos menos exhaustivamente, pero en la misma dirección. Somos llevados por un dios interior hacia un mejor lugar. El pensador ya no es un palabrero cargado de espaldas, que marca la hora de la aldea mientras pasa a su almuerzo de ensimismado: ahora calza tenis y se rinde ante las evidencias. Maneja hechos, no intuiciones ni tan solo palabras de significados inciertos.

Pinker, invitado en Medellín a reescribir los titulares de un periódico ideal, concluyó que la percepción del mundo depende del modo como se presentan las noticias. Y lamentó que los periódicos no tuvieran espacio para destacar las de la ciencia y la técnica de la edición genética. Hace años, un periódico norteamericano intentó apostarles a las noticias positivas. No llegó lejos. La gente ama sus pánicos. Se niega a ser liberada del reflejo apocalíptico que la hace tan vulnerable al hechizo de los demagogos y a las falsas pistas de los mentirosos del montón.

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