El libro más triste del mundo

El libro más triste del mundo

Stoner, de John Williams, es la historia del antihéroe por antonomasia.

11 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Muchos autores consiguen hacerse con eso que los ilusos llaman la gloria en vida, y después del relumbrón caen en la languidez del menosprecio. Mientras otros, que pasaron inadvertidos para sus contemporáneos, de repente se ven alumbrados por una luz tardía. Así le pasó a John Williams. Su novela Stoner, publicada en 1965, fue casi ignorada. Y sin saberse cómo, ahora vuelve a hacerse presente, alabada por los entendidos. Que es un libro casi perfecto, el más bello del mundo, una obra maestra, y punto, dicen; y que es una gema injustamente olvidada que nos deja sin aliento.

Stoner es el libro más triste que yo leí. El del antihéroe por antonomasia. La historia, de una simplicidad casi ofensiva, está contada con una sobriedad que le cuadra al protagonista. Un campesino norteamericano que para complacer a su padre comienza a estudiar agronomía descubre los estudios literarios y, cumpliendo el destino de muchos, acaba quedándose en la universidad donde se formó, impartiendo la cátedra de su especialidad.

La biografía del opaco profesor de la Universidad de Misuri es anodina: pasa sin pena ni gloria por las cosas que les pasan a los profesores universitarios en todas partes. Por los mismos problemas con sus alumnos, las mismas desavenencias con sus directores, las mismas ilusiones y las mismas decepciones de la academia. Se casa con una mujer sexualmente apagada al cabo de un tibio romance. Tienen una hija. Y la vida se le va entre el hogar insulso y esos cubículos donde los profesores universitarios revisan los deberes de sus alumnos y mitigan la conciencia de la inanidad de la tarea mirando caer las hojas de los árboles del campus al atardecer. Stoner vive un amorío con una discípula. Su hija queda embarazada en un coito distraído durante una fiesta de muchachos. Y se casa sin amor. Y la madre descubre la infidelidad del padre con indiferencia. Y este empieza a morirse.

Auerbach, en Mímesis: la realidad en la literatura, dibuja las vías por las cuales la prosa occidental lleva de las hazañas de las aristocracias del pasado al señor Bloom de James Joyce, un hombre sin importancia colectiva, un judío cornudo que malvive como publicista. Stoner supera en nimiedad, si se puede decir así, al personaje del irlandés. Este comprime una vida en un día de junio humorístico y amargo. Williams narra a vuelapluma, sin prodigar detalles, sin juzgar ni dejarse arrastrar por la emoción, la del hijo de unos granjeros norteamericanos que dilapida sus días analizando textos literarios sin entusiasmo. Y que, al fin, en una muerte solitaria, deja caer un libro que relee, un libro que escribió hace tiempos en el silencio de una habitación.

Después de la lectura, mis libros suelen quedar malheridos, llenos de subrayados y notas marginales. En Stoner los períodos notables escasean. Señalé una alusión a Shelley a propósito de una discusión de profesores sobre el ateísmo. Una frase acerca del relativismo en la historia. Y un comentario sobre lo extraño que puede resultar para un enfermo su propio cuerpo cuando no tiene muchas cosas en el futuro que puedan interesarle y en su pasado, muchas menos para recordar. Hay otra novela triste en la rica literatura norteamericana. Las uvas de la ira. Pero también resulta incomparable con la de Williams. Esta nada tiene de épico. Stoner ni siquiera fue a la guerra, como algunos de sus colegas de la universidad, y no pensó defender la república española, aunque el matrimonio de su hija coincide con Pearl Harbor.

Williams es un autor que de vez en cuando se recuerda con gratitud entre los lectores para volver a desaparecer de las vitrinas. Yo cumplo un deber de caridad recomendando Stoner. Este texto cruel es la prueba irrefutable de que escribir con sencillez es lo más difícil del mundo. Y de que una prosa de apariencia modesta también puede conmovernos hasta quitarnos el aliento.

Sal de la rutina

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