El libro de Enrique

El libro de Enrique

Hubo un solo nadaísta en Bogotá, Eduardo Zalamea, el hijo de Ulises.

05 de noviembre 2018 , 11:43 p.m.

Estos días leí cuatro libros de historia que me hicieron sentir viejo, pues sus autores son coetáneos míos, con quienes he mantenido una cercanía, relativa, muy parecida a la amistad, y cuando la generación de uno empieza a explicar cómo pasaron los días de nuestra vida, es que la pata se hincha.

Es extraño vernos hoy calvos y panzones, no sé si más sabios pero sí más suculentos, con los entusiasmos juveniles en rescoldos que procuramos avivar contándonos. Cuando nos conocimos, dispuestos a cambiar el mundo, nunca nos pensamos así, setentones, con más pasado que futuro, los recuerdos convertidos en adornos como las condecoraciones y las canas y en un pretexto para la prosa, y con los grandes ideales de reforma hartos de aspavientos. Entonces todos estábamos fascinados por los espejismos de la izquierda.

El libro que Álvaro Tirado dedica a los años sesenta, los de Jorge Orlando Melo y Antonio Caballero sobre la historia nacional desde el arribo de Colón y el de Enrique Santos, un repaso a la segunda mitad del siglo XX, dicen que envejecimos. Pero también dicen que no vivimos en vano una época apasionada en la cual volcamos todo el fervor de que fuimos capaces para desordenarla o entenderla y que ya no creemos en un montón de cosas que defendimos con ahínco confiados en los sueños.

El de Melo está escrito con ecuanimidad. El de Caballero, en un tono irónico que con frecuencia sacude la matraca del sarcasmo. Al de Tirado, exhaustivo y riquísimo en datos y asociaciones, le agradezco el reconocimiento del nadaísmo y el elogio que hace de mi propio libro de nostalgias, ‘Cuando nada concuerda’, donde reseño las lecturas que hicimos todos.

Del nadaísmo, Enrique recuerda unas hostias profanadas y unos manifiestos mefíticos. Melo lo asocia entre comillas con el apogeo de la marihuana. Pero el nadaísmo fue más que humo y ruido. Recuerdo a Melo entre los asistentes al primer recital nadaísta en Medellín y en las tertulias de banana split de la heladería del sordo Jaramillo. Y debe saber que el nadaísmo alteró sin querer queriendo el clima anímico de la república del Frente Nacional, que siguió al purgatorio vil de la Violencia, para bien y para mal.

Caballero obvia el nadaísmo aunque recuerda unos versos del exnadaísta Roca, lo cual no daña su libro. Se comprende. Los intelectuales de la oligarquía bogotana como Caballero, casi todos despreciaron a los nadaístas. Hubo un solo nadaísta en Bogotá, Eduardo Zalamea, el hijo de Ulises. Lo único que a veces compartió con nosotros la aristocracia santafereña fue el gusto por la marihuana. Que nos hizo perdonar muchas cosas, más que los poemas y los cuentos, en los círculos culturales del altiplano aún no desprendidos del talante virreinal y que aún se arrogan el derecho de establecer el canon de nuestra literatura.

El libro de Santos revela una persona privilegiada que por el poder de alguna estrella o porque lo mecieron en cuna de papel periódico, tuvo el privilegio de asistir a las revueltas del 68 en Europa, al incendio de la Moneda en Chile y al de las Torres Gemelas, en Nueva York; el de ser invitado en la corte de Fidel Castro con García Márquez, y el de andar en instancias claves de la historia reciente de esta nación que parece irremediable sin un milagro. Tuvo razón al molestarse cuando hace días le reproché en broma que abandonara la escritura por el golf. No sabía que trabajaba ese libro que cuenta tantas cosas tan bien y donde afirma que su hermano dejó un país menos malo del que encontró, sin la colombianada de igualarlo a los césares y los personajes de Shakespeare, como hizo una columnista.

A propósito. Enrique olvidó El Cisne, la cafetería bogotana donde se reunían con los intelectuales de moda los pichones de guerrilleros que en ocasiones los alojaban en sus buhardillas y que a veces acabaron cazados como conejos mientras robaban un banco para la revolución, pues entonces no existía el detergente santificante de la JEP.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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