El día sin carne...

El día sin carne...

Una propuesta guiada por el asco legítimo ante la costumbre humana de alimentarse con cadáveres.

16 de noviembre 2020 , 11:57 p. m.

Una muestra de la crispación nacional, que además parece ser la del mundo entero, es el zaperoco que están armando ante la inocente propuesta de establecer una vez al año un día sin carne, hecha por una concejal bogotana, guiada por sus buenos sentimientos y por el asco legítimo que sienten algunas personas decentes ante la inveterada costumbre humana de alimentarse con cadáveres disimulados bajo adornos de perejiles.

El inefable señor Lafaurie, emperador vitalicio de los ganaderos colombianos, salido de sus cabales (con quienes está emparentado), trató de mamerta a la concejal, y no diré qué más porque para qué acabar de avergonzarlo. Y ella le arreó la madre, que en la charla equivale a lo que la jerga del boxeo llama el jab de izquierda. Y las redes sociales se encargaron de ensañar la disputa. Porque para eso están, para aumentar la confusión y la calígine hedionda de las cloacas. Una cosa es segura. Será imposible llegar a una conclusión razonable, ni alcanzar un tris de claridad armados de meros improperios, de vituperios que a la larga solo avinagran los argumentos por sensatos que parezcan. El asunto tiene sus bemoles. Y se presta para algunas meditaciones pertinentes sobre la condición humana. Y sobre la misteriosa parsimonia de las vacas que son como las gallinas de los rumiantes, indolentes y lerdas.

Cyril Connolly, en La tumba sin sosiego, supone en la vaca la hipocresía. Para él, la vaca nos esclaviza con engaños. Y es posible. Porque es lícito sospechar, si uno se pone a pensarlo, que también los perros y los gatos triunfaron sobre nosotros convirtiéndonos en sus sirvientes a punta de fingimientos, por hacerse con un cobijo y el bitute.

Aprovechándose de nuestro miedo a la soledad y de la necesidad de sentirnos amados, es decir, imprescindibles. El perro con su mercenario batir de cola y los aspavientos consoladores de nuestras miserias existenciales que debe conocer, y el gato con su mayar de puerta vieja echándose a ronronear en nuestro pecho para arrullarnos la siesta. La vaca no es tan afectuosa. Gracias a Dios.

Más materialista, la vaca produce leche, no imponderables. Aunque, siguiendo el hilo del interés, no debe hacerlo por generosidad. Es que necesita ser ordeñada para evitar las inflamaciones de la mastitis. Y nos usa para que le prestemos el servicio de escurrirle las ubres. A cambio, nos paga con el sangriento tributo de su mole, que tomamos con indiferencia ejemplar en los espantosos mataderos, en las colosales cadenas de la muerte convertida en industria por los frigoríficos.

Nuestras relaciones con los animales se ocultan un abuso infame. Hay que ver los gallineros de hoy. Dan lástima esas aves enjauladas, menudeando en los comederos con los picos mutilados sin haber conocido el cielo o creyendo que el cielo son esos techos de asbesto sembrados de bombillas que no las dejan dormir, porque la gallina moderna es de doble jornada. Y qué decir del confinamiento de los cerdos en esos cubículos donde moverse es imposible, dedicados a engordar, con la muerte fechada.

Yo confío en la humanidad. Soy de los que creen que hemos hecho lo mejor que se puede la tarea de vivir; que hemos construido un hoy mejor que el de ayer; que somos, con todo y las canalladas de cada día, unas personas más educadas y sanas. Y justas, hasta el punto de darnos el lujo moral de compadecer nuestras chuletas. Yo también hace años me esfuerzo por apartarme de la carne. Y cada vez me producen más repugnancia las carnicerías. Sobre todo desde que me enteré por un programa de la TV del escándalo de esos barcos que ahora mismo cruzan los mares llenos de reses ahogándose en su boñiga, agonizando de calor y sed rumbo a las hamburgueserías turcas. En pro de la ficción del saldo bancario de unos empresarios sin hígados que se precian de buenos cristianos pero se comportan como unos verdaderos nerones.

EDUARDO ESCOBAR

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