El cuento de Laura

El cuento de Laura

Fernando Botero debería hacerle un homenaje, luego de pintar a Ramón Hoyos y a las putas de Lovaina.

01 de junio 2020 , 07:41 p.m.

Una amiga me regaló, para ayudarme a entretener el confinamiento de los setentones, un libro que deseaba mucho leer. Durante el proceso de canonización de la Madre Laura escribí una nota aquí mismo puesto en el papel de abogado del diablo, donde señalaba una mezquindad de la monja antioqueña, que se recordaba en mi familia a propósito de una tía que profesó en su comunidad. Y quería saber si mi comentario había sido justo. Héctor Abad había recomendado su autobiografía en una columna por razones de preceptiva literaria. Y pensé que la virgen paisa no debía ser tan antipática si él la asociaba al realismo mágico.

El libro me pareció mejor de lo que dice Abad, por otros motivos. A pesar de la edición descuidada por el adormilado corrector de pruebas de Cuéllar Editores, y de los deslices de redacción de la propia autora, propicia un acercamiento en prosa llana y agraciada a veces, al aparato de las ideas imperantes entonces en la sociedad antioqueña, y a los métodos de la educación que se impartía, mezcla de romanticismo roussoniano, el sistema de Lancaster y rezagos de Bentham. Me conmovió la denuncia del abandono de las tribus de emberas, katíos o chamíes que puso bajo su protección para defenderlas de la sevicia de los colonizadores y la indiferencia de ministerios y secretarías. Se advierte en el relato el espíritu clasista propio de la élite a la que perteneció, junto con los escrúpulos morales. Las contradicciones de las gentes de iglesia, plagadas de soledades, dadas a las intrigas de celos. Habla del poder hechicero de sus ojos, por santa coquetería quizás, comprensible en una muchacha tan bonita. Eran tan bellos que un tiempo llevó gafas oscuras por no ofender.

La carátula de mi edición ostenta una foto de juventud. El rostro irradia inteligencia e ironía con un viso de locura, la fuerza de las mujeres de Antioquia exaltadas por Carrasquilla que la quiso. Los labios y la nariz perfectas, las cejas dulces, la frente clara. Muy otra de la que llegó a ser mofletuda y requemada por los soles del trópico mientras buscaba sujetos para vestir y bautizar. Esta fue su obsesión. Cuando aún se pensaba que fuera del catolicismo todo estaba perdido para el alma. Y que morir sin haber recibido la gracia del crisma bautismal era una desgracia irreversible.

Algunos la acusan de forzar la aculturación de los indígenas y negros del norte antioqueño componiendo poemas para seducirlos, poniéndoles trampas de lógicas capciosas, alentando una cándida hiperdulía. Pero es obvio que mejoraron su vida bajo su amparo. Además, la aberración del pecado no es una calamidad cultural como se piensa a veces, sino una sofisticación del espíritu no exclusiva del cristianismo. El libro me descubrió el voto heroico.

Desconocía esa invención vaticana por la cual se renuncia a los propios méritos para ofrecerlos a los habitantes del purgatorio. Un poético absurdo del catolicismo, tan lleno de fantasías hiperbólicas que no soñaron los surrealistas en sus peores rascas, con la excepción de Artaud. Alguien dijo que la mística es la bohemia de la religión.

Laura fue adelantada de la liberación de las mujeres por la educación, y del derecho a tratar a los hombres como pares. Incursiones por caños donde los más machos no osaban. El viaje a Roma, a Lourdes. Entre líneas se disfraza de modestia la vanagloria. Son las trampas del ego. Encanta el modo sencillo de contar sus milagros de aguas aromáticas para no parecer orgullosa. Fernando Botero debería hacerle un homenaje, después de pintar a Ramón Hoyos, a las putas de Lovaina y al loco Escobar. La imagen está servida. La del día cuando un finquero de Mutatá, temiendo que aplastara una mula con su corpulencia, le da un buey por cabalgadura. Esa monja de obesidad mórbida montando una bestia triste justifica las 666 páginas de la historia de una mujer que vivió a contracorriente en una aldea de cacharreros con trastienda y obispos tormentosos, donde las mujeres estaban condenadas a las labores de olla y aguja.

Eduardo Escobar

Empodera tu conocimiento

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.