Despropósito de enero

Despropósito de enero

El paso del tiempo que tememos y que nos apremia también tiene sus dones.

14 de enero 2019 , 07:03 p.m.

Ahora navegamos una vez más a toda vela por el mar de los lugares comunes que suscitan la ilusión de los ciclos anuales y la vuelta del bifronte enero. Suponemos que porque los contamos ejercemos un dominio soberano sobre los inescrutables recovecos del Tiempo. Del venerable Tiempo, así, con mayúscula de majestad, con luengas barbas grises y con las tetas caídas de los dioses viejos. Es como si quisiéramos conjurar una divinidad que nos aterra validos de la sosa mecánica de las progresiones numéricas.

Pero el paso del tiempo que tememos y que nos apremia también tiene sus dones. Por lo pronto, nos salva de las amenazas de la tediosa eternidad, de los infiernos de la indeterminación de lo infinito donde es imposible asentar el pie ni sentar cabeza, del abismo del siempre, siempre, siempre. Y, por más que se estire hasta las dimensiones abracadabrantes del sinfín, no puede privarnos de la felicidad del eterno retorno de lo efímero, de lo que tiene su gloria en su pasar aparente. Es extraño que debamos pagar el privilegio de vivir con el espanto esencial del ser, que consiste en el sentimiento del deterioro inevitable de todo que lo condena a la caducidad.

Ahora han regresado, es la moda de enero, los profetas y los que ponderan los porvenires. Unos, de malos augurios, plagan el futuro de ácidas sombras, cenizas amargas y recelos de cagalástimas; y los de signo positivo propalan noticias de alegrías venideras y anuncian realizaciones que estarían preparándose como pavos en los hornos de la esperanza.

Cada año, los tarotistas sacan sus cartas de locos, reinas y ahorcados; los numerólogos sacuden sus ábacos, los astrólogos afilan sus compases, otros desempolvan sus bolas de vidrio. Y los analistas sociales tejen sus retorcidos argumentos, sustentados en percentiles enmarañados con tendencias remarcables, que a veces no son más que pomposas verborreas sobre procesos aparentes que ignoran procesos imprevistos. Sus cálculos, por inteligentes y razonables que parezcan, raras veces coinciden con la realidad. El futuro nos sorprende casi siempre, como se dice, con los calzones abajo. Hay un proverbio árabe que reza: si quieres hacer reír a los dioses, cuéntales tus planes.

Enero propicia los buenos deseos, las promesas a sí mismo, los propósitos de enmienda, el regreso de lo diferido; resurgen las aspiraciones a la corrección de los errores tan antiguos como el Tiempo, que nombramos a veces con una cruz romana en la inicial. Y cuyos emblemas son la cornucopia y la guadaña, pues suma y resta, y siembra y poda con el mismo entusiasmo. Fidel Castro, en su patética ancianidad, gimoteaba una vez, viendo cómo se le acababa: ¿quién podría explicarme en qué consiste el tiempo? El tiempo es el callejón sin salida de los materialistas del ateísmo militante. Y no se puede comprar en las esquinas de los vendedores de minutos del rebusque.

Pero a lo mejor todo sucede en eternidad. Y estábamos enmascarados en la nada natal, en el huevo incandescente de La Singularidad que los antiguos sabios arios llamaron el sueño de Brahma, aguardando el día de la manifestación, con un destino, y apelativos y todo. Y seguiremos vibrando por los siglos de los siglos en el espacio del Absoluto, de perfil y de frente, en la simultaneidad que quisieron realizar con borrones los pintores cubistas. Schopenhauer, filósofo del pesimismo, pregonaba que todo lo que nace merece perecer. Pero es posible que todo lo que vivió una vez viva para eterna memoria, y que no existan pasado, ni futuro, ni antes ni después. Sino un solo instante sin fondo donde las formas aparecen para disolverse y volver a reciclarse en el fulgor de los espejos. No es lo mismo el ciclo temporal del alelí que el de la ceiba. Un físico moderno definió el tiempo como lo que impide que todo ocurra a la vez. Y un poeta antioqueño dijo que si todo no vale nada, el resto vale menos.

Sal de la rutina

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