Contradicciones insalvables

Contradicciones insalvables

Es extraño que detractores del capitalismo sean al mismo tiempo aficionados a los opios del fútbol.

30 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Uno de los espectáculos más risibles, por incomprensible, el humor tiene raíces irracionales como se sabe, es el que ofrecen algunos intelectuales sistemáticamente antisistémicos, cuando amontonan silogismos de pánfilos contra el capitalismo, mientras gozan de todas sus ventajas con airoso cinismo. Se alumbran con bombillas de Edison, viven en rascacielos hechos posibles por las siderúrgicas norteamericanas de los Carnegie y los Morgan, equipados con ascensores inteligentes de Otis, y escriben sus diatribas en un computador hecho con cosas fabricadas por empresarios de los cinco continentes y se comunican sus iras por un teléfono de bolsillo de última generación. Mientras tejen sus peroratas contra la inhumanidad del capital, este les paga en sus periódicos para que lo zurren. Extraños modos de ser del mundo.

No se entiende que esos mismos que posan de marxistas ahora todavía, o que en secreto adhieren al ambiguo humanismo de izquierda de hoy, no se hayan enterado a estas alturas de que la revolución de Marx, si ese anacronismo es lo que quieren, solo es realizable, según el propio Marx a partir de un capitalismo desarrollado y vigoroso, y de un proletariado consciente y fuerte. Por eso Marx ambicionó tanto vivir en Nueva York, entre yanquis, por amor a la libertad y por la esperanza que puso en el trabajo de la técnica, las factorías y los ferrocarriles que acortaron el mundo contra los puritanos de entonces que tanto se parecen a los progres de hoy, predicadores contra las ciencias y las redes internacionales de transporte, por una rara inversión del sentido de las cosas. Marx apreció el aporte de la colonización inglesa en la India anclada en formas económicas arcaicas.

Pero lo más extraño es que esos detractores del capitalismo que se hacen los ciegos por obcecación prejuiciosa o por incapacidad para reconocer la falacia de sus diatribas contra la admirable formación económica de la civilización industrial sean al mismo tiempo con frecuencia aficionados a los opios del fútbol, ese arcaísmo transfigurado en religión por la modernidad laica. Ahora, con el corazón en la boca, hacen la apología de Maradona. Ese extraviado en el éxito a quien los dioses concedieron el privilegio de llevar el genio humano en las extremidades inferiores, y de cifrar en el gol el propósito de la historia. Y cuando los guayos que protegían sus místicas patas fallaban metía la mano contra el reglamento. Y cantaba el tanto de todos modos con horrible impudicia. En el capitalismo como en el fútbol el fin justifica los medios. Camus dijo que había aprendido en el fútbol muchos valores positivos. Maradona lo entendió de otro modo.

No sé cómo esos mismos que denigran del capitalismo ponen ahora por las nubes a ese muchacho argentino de la barriada, que desde la orfandad pasó a la gloria relativa de ser convertido en un producto millonario de las industrias del sudor. Aunque se abrazara con Fidel Castro, que además le vendía las curas de desintoxicación, y con el bufón de Chávez, que adornaba con él los escenarios de sus delirios macarrónicos y aunque tenía tatuada en el brazo una cara del Che Guevara, que disfrutó tanto llevando millonarios al paredón, y aunque denunciaba las corruptelas de la maquinaria multinacional del fútbol, Maradona se dejó usar. Y acabó enajenado de sí mismo, pero aclamado como un ídolo.

Es obvio que él mismo no comprendió lo que le sucedió, según el bello documental de Kusturica que pasó la televisión el domingo. Duele la metamorfosis de ese muchacho ingenuo y generoso, cuyo placer fue correr detrás de una pelota por este mundo haciendo temblar los estadios, convertido al fin en un espejismo de sí mismo. Al final lamentó haber encontrado en las celebraciones de su triunfo la cocaína, ese estimulante de la acción, que lo llevó al infierno de la culpa. Un Dios ha muerto. Que siga el partido. Siempre habrá en alguna parte otro niño dispuesto a sacrificarse en aras del negocio de convertir el sudor en oro y ruido.

Eduardo Escobar

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