El asunto de la identidad

El asunto de la identidad

El diccionario dice que minga es un grupo de trabajo de utilidad social. Hoy puede llamarse guateque

19 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

Entre las imágenes más patéticas de la minga, la televisión mostró a un hombre pintado como los indios de Hollywood mientras hablaba por un teléfono de bolsillo. Con quién hablaba. Con Pachacutec. O Nemequene. O Pachamama. Pero una pancarta me puso a pensar por el nivel de información que proclamaba. Decía secamente: ‘Somos milenarios’. Y me hizo sentir segregado, como un ser tardío, solo porque tuve la desgracia de tener un bisabuelo ultramarino llegado de Asturias con una gallina bajo el brazo.

Se abusa del lenguaje cuando se emplea para opacar la realidad con el barniz de la ideología. Todos somos milenarios desde que participamos incontestablemente en la danza de los fotones que fulguran a veces en el horizonte insondable, llegados de los confines del universo, recuerdos del primer día cuando “la nada” se hartó de sí misma y comenzó a hacer variaciones sobre un tema incógnito. Todos somos habitantes del mismo mecano formidable que se estira y encoge.

El culto del aborigen vencido y humillado, y prometedor, del nativoamericano divinizado que cantaba mi amigo Gonzalo Arango, me aterra porque copia la superchería del KKK del supremacismo anglosajón, propio de los descendientes de los piratas nórdicos que cansados del saco optaron por los mostradores del tendero, y cuyo espíritu encarna Donald Trump. Todos somos un solo organismo de innúmeras cabezas, una conciencia desenvolviéndose hacia la revelación de la desnudez, en busca de una simplificación que trascienda las diferencias aparentes y la espantosa multiplicidad. Desde los remotos, pánicos trogloditas vestidos con pellejos que pusieron los primeros una flor sobre un muerto querido, derivamos hacia la identidad en la unidad de la esencia humana, detrás de la clave de un arcano: porqué nos comportamos como nos comportamos. Y damos por supuesto que somos libres.

El mapeo del cerebro profundo, más allá de la forma y el tamaño del cráneo, desautoriza los particularismos, las cualidades intrínsecas a las idiosincrasias. Resultan ingenuos y pintorescos como un gupi los que definen el ser colombiano por las achiras, el poncho, la mochila, los collares de chumbimbas y las aseguranzas de chamán. Si algo está enseñando la pandemia, última manifestación de la irresistible globalización, es que debemos precavernos cuando alguien estornuda en Estrasburgo. Las crisis del mundo están hechas de diminutos problemas acumulados por resolver, así como dicen que la felicidad consiste en el goce de las pequeñas cosas de la vida.

La comunidad es en últimas la suma de unas relaciones económicas y unos consensos sobre unas fantasías. El problema capital está en el interior del cada uno que es el Otro. El infantilismo narcisista del etnicismo parroquial es cándido, ridículo y peligroso. Yo confío en la tendencia hacia el sentimiento cósmico de la vida, creo que acabará imponiéndose el instinto colaborativo, y que la ciencia y la técnica harán posible la superación de los antagonismos históricos. La Guerra Fría entre imperios que mantuvo en vilo el siglo XX acabó pactando en las estaciones interestelares transnacionales donde auscultan el ritmo cordial del cosmos y pesan las partículas extremas de la materia.

A estas alturas, aún tan cerca del chimpancé todavía hemos conseguido corregir un montón de vicios de percepción en pro de un alma nueva por descubrir. Tal vez todo termine en la creación de un gobierno planetario asistido por la inteligencia artificial que permita prescindir de los políticos, falibles y de poco fiar, y que son los únicos que pescan en el río revuelto de las manifestaciones. El diccionario dice que minga es un grupo de trabajo de utilidad social. Lo de hoy podría llamarse guateque, que significa jolgorio. Las mingas jamás sirvieron de mucho. Todas acaban en unos compromisos entre un Estado débil e ineficiente y unas minorías proletarizadas que no logran discernir lo que les conviene en unos resguardos autonómicos que eternizan el aislamiento y la pobreza.

Eduardo Escobar

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