Los ceros de la izquierda

Los ceros de la izquierda

Dichos partidos políticos convocan poderosos siniestros sociales y son impuestos bajo el humanismo.

27 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Nadie sabe cómo definir eso que llaman la izquierda, ni decir de dónde vino el especificativo para ciertos partidos políticos, sin incurrir en la obviedad de que se llaman así porque convocan poderosos siniestros sociales dondequiera que se ensayan, impuestos siempre bajo la marca del humanismo, que, bien considerado, es una manifestación tardía del espíritu inquisitorial de Santo Domingo, incinerador de cátaros, que derivó por caminos sutiles en el humanismo burgués de Sartre. Sartre, desde los altos andamios de la fenomenología de Husserl y la metafísica de Heidegger, cayó en el exceso burdo de afirmar que la Renault es el fascismo, que todo el que no es comunista es un perro y que Santa Teresa era una puta vulgar comparada con Jean Genet, convertido en el buen ladrón de su Gólgota personal. Los humanistas suelen ser arrogantes.

Latinoamérica vio en el siglo XX el nacimiento del primer Estado revolucionario. El parto fue grotesco. Fidel Castro cambió un poder ominoso por una maquinaria sombría y, claro, justificó con la careta del humanismo sus cárceles y sus paredones donde el Che Guevara, que se pensó como un condotiero y un Quijote, aprendió el gusto de matar, según escribió en una carta a su padre. Cuba hizo una copia tropical de la satrapía de Lenin que prolongaron Stalin y sus sucesores, hasta que el providencial Gorbachov desmontó el aparato burocrático empeñado en hacer del pueblo ruso de Stravinski y Maiakovski un rebaño gris, convencido de que era rojo, libertario y progresista.

Tal vez porque Marx comenzó como teólogo el marxismo en su evolución se transfiguró en un nuevo conservadurismo, desconfiado del progreso, timorato y sentimental. Y atrajo tanto a muchos curas, predicadores de un nuevo ascetismo. Ernst Jünger habló de un conservadurismo revolucionario que apenas hoy parece una contradicción, cuando la izquierda encubre el pálido ideal franciscano del regreso a los días de Ananías y Safira, primeras víctimas del paredón revolucionario, según cuentan los Hechos de los Apóstoles. San Pedro como prototipo del Che no deja de ser una reflexión interesante para el teólogo.

Se dice que en Latinoamérica los grandes monos involucionaron en el tití. Y también el marxismo-leninismo paró en estos lares en caricatura, y su dialéctica en sofisma y consigna vacua. Entre Stalin y Chávez existe la distancia que separa la tragedia del sainete. Este besando presbiterios en su última hora, inflado como un buda de artesanía, Maduro invocando la caridad cristiana para avalar su desastrada utopía bolivariana, y el sandinismo de Ortega y su pastora cristiana deben hacer que Marx se revuelque en su tumba londinense.

En Colombia, empezando por nuestro lánguido Partido Comunista y sus guerrillas que remedaron en rústico los campos de concentración de los sóviets, la izquierda jamás pasó de la mascarada de peña folclórica con himnos borrachos al cierre, y fue a lo sumo un estorbo al desarrollo más que un peligro real para el establecimiento. A pesar de los patéticos militantes del Eln que pelean con un tubo hace medio siglo, y de las pánicas cárceles del pueblo de los cocacolos del M-19, compañeros del campeón de la Colombia Humana. La bandera del humanismo es el fantasma de un romanticismo ingenuo. Pero todos tenemos derecho a soñar nuestros propios sueños redentores, en actitud procera, alto el mentón, fría la mirada de los huéspedes de las lagunas, conteniendo la voz como el que oculta un secreto, mientras declaramos nuestro delirio de un país feliz de ferrocarriles movidos con aceite de aguacate, y donde vivan por decreto las familias de los pobres del extremo sur en la calle cien de Bogotá para propiciar la integración de clases.

Yo no sé por qué me acuerdo ahora mismo del legendario doctor Goyeneche, cuyo programa de gobierno incluía una marquesita para que Bogotá no se mojara. Y pavimentar el río Magdalena. Pero el país asimiló su pretensión vitalicia. Mientras la izquierda humanista de la UN lo mimaba por el sarcasmo que representaban su candidatura eterna y su crítica de todas las cosas.

Eduardo Escobar

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