Historia con espía

Historia con espía

De la insinuación de Donadío puedo decir que Barco era un hombre elegante, pero no Maquiavelo.

25 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Alberto Donadío, un obstinado rastreador de las corruptelas del poder público, y de la delincuencia de cuello blanco en la empresa privada, desde cuando hizo parte de la Unidad Investigativa de este periódico, en una nota publicada hace días recoge la anécdota de un supuesto espía del Mossad contratado sigilosamente por el presidente Barco durante su gobierno. La nota suscitó, como era esperable, un alboroto entre los altos heliotropos de la opinión y la política. Por lo que se desprende de sus palabras, que repiten las de un testigo innombrable, resultaría que Barco fue determinante en la tragedia de fuego lento que representó la extinción de la Unión Patriótica, un holocausto sistemático y mansalvero que García Márquez llamó bíblico.

La insinuación convierte la matazón en un crimen de Estado del cual serían cómplices necesarios el sufrido de don Germán Montoya y Gustavo Vasco, un señor antioqueño con bastante valor para servir de fiador a un poeta nadaísta. Vasco fue en su juventud un hombre de izquierda, lo cual es normal en una persona sana, pero un día descubrió que la única manera de mejorar el mundo es trabajando, se hizo empresario, y fue el alma y el nervio administrativo de las aventuras funambulescas de Fanny Mikey, una hebrea oriunda de Buenos Aires que rindió culto de latría a la Virgen católica y contrataba brujos emplumados del Putumayo para que espantaran la lluvia en los desfiles de sus comparsas con eclecticismo ejemplar. Vasco fue además el marido de Dina Moscovici, la profesora de música que ayudó a Shakira a encontrar el bendito falsete que la hizo rica y famosa.

Cada persona lee un texto distinto, el suyo. Lo prueba el de Donadío. Todos leyeron uno diferente, a juzgar por sus reacciones. César Gaviria dijo en defensa de Barco que a veces se le iba la paloma, pero que no estaba tan ido de este mundo como muchos creían, aunque Donadío no habló de olvidos y otro exfuncionario suyo declaró que era una infamia echar una sombra de sospecha sobre un hombre decente. Malcolm Deas con más suavidad dijo que la historia es pura fantasía. Y Jorge Orlando Melo, que todo en el artículo es improbable. Pero lo que más extraña en el agudo observador de la realidad es lo que pasan todos por alto, incluido Donadío, por algún falso pudor.

Es decir, la diversidad de los actores de la masacre deprimente: narcotraficantes timados por la guerrilla, guerrilleros recalcitrantes partidarios de la guerra total que tomaban como una traición el recurso de las vías legales para el asalto al Estado, simples ofendidos del montón y hasta maridos molestos. Es como si la verdad completa fuera políticamente incorrecta. Y en este caso, contar con el factor fratricidio en la aniquilación de la UP, con su carácter de lucha intestina entre colegas por interpretaciones opuestas de la praxis y el dogma de la secta. Como si resultara menos oneroso, más digerible para la conciencia moral, achacarlo todo a los paramilitares entrenados por Yair Klein, pagado por Rodríguez Gacha con la aquiescencia del ejército y los terratenientes. Etc. O apelar a la perversidad del Estado burgués, encarnado para esta ocasión en un presidente que según creen muchos gobernó un país perturbado, valido de los cerebros de un sanedrín de amigos que lo querían.

El pago del espía por Ecopetrol no implica un ocultamiento culposo. Era natural si se trataba de defender el oleoducto de la guerrilla obstinada en reventar el tubo. Barco era un hombre elegante, pero no Maquiavelo. Es imposible que usara ladinamente la apertura a la izquierda que distinguió su mandato generoso para servírsela en bandeja a un extranjero. Además, tenía por qué sentirse amenazado personalmente, todos lo estábamos esos años sombríos, más que por la izquierda marxistoide, por el terrorismo dinamitero del grotesco cartel milmillonario de los extraditables exportadores de venenos a las urbes del primer mundo sedientas de emociones. Pero lo más inexplicable es que al espía de marras, su amigo Fidel Castro le permitiera fundar una plantación de cítricos en Cuba antes del llamado periodo especial. Los olimpos del poder están llenos de arcanos.

Eduardo Escobar

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