Secciones
Síguenos en:
Eterno retorno del glifosato

Eterno retorno del glifosato

El glifosato no acabará la coca. Los empresarios del negocio del clorhidrato hallarán nuevos nichos.

28 de abril 2021 , 02:08 p. m.

EEl glifosato es un tema que vuelve a ponerse de moda de lustro en lustro en esta nación kafkiana. Al fin y al cabo se trata de preservar la pureza del mundo en oposición con las fantasías de la razón práctica, dicen sus enemigos. Pero otros creen que bien vale la pena ensuciar un poco este planeta ya bastante antihigiénico, a la hora de combatir la mala costumbre de drogarse de algunos seres humanos, que no saben qué hacer con sus ocios fuera de suicidarse por cuotas.

El glifosato en apariencia es un compuesto relativamente inocuo de uso hace tiempos en la agricultura contra las malas yerbas, sin que hayan podido comprobársele efectos carcinógenos o deletéreos para el medio ambiente si se emplea siguiendo ciertos protocolos. Pero no faltan los que piensan en el caldo como otra peste del capitalismo industrial, otra monstruosidad como fue hace años la talidomida, por ejemplo, o el DDT. Una solución que atenta contra la vida misma, incluyendo las lombrices, las vacas y los armadillos, y las cosas inertes como los ríos que son nubes que reptan y las nubes que son ríos que sueñan.

Todo el mundo interviene en la discusión. Políticos de todas las pelambres, oficiales de la policía, médicos, académicos, ecólogos, sociólogos, ictiólogos. Todos, con una información parcializada o incompleta. Unos lo defienden por cumplir con su deber burocrático o por obediencia de partido, y otros lo atacan por compromiso con alguna tontería ideológica. Y lejos de los escritorios de los entendidos en el malentendido, las comunidades campesinas cargan la cruz de la proscripción de los estimulantes de la moderna alquimia y el incómodo rocío que nunca impidió la llegada de sus cocinados a los centros económicos del mundo para encantar sus burdas bacanales y acallar los escrúpulos, esos fantasmas que a veces cruzan en puntillas los insomnios de algunas personas de apariencia respetable. No sé por qué me acuerdo ahora de Ezra Pound, el poeta norteamericano que aspiró a poseer una pequeña tabaquería donde a veces entraran las putas a arreglarse el peinado en los espejos.

Al fin dos cosas quedan claras después del cíclico debate: el glifosato no alimenta. Y hay otras formas posibles de entenderse con las floras problemáticas, distintas de la antigua estupidez de la guerra, la más perversa de las vanidades, que solo agravó siempre los problemas que pretendió sanar en justicia. Los prejuicios muchas veces ponen a girar a la sociedad en unos como espacios bobos indignos de unos animales que se llaman sapiens a sí mismos. El pintor caleño Enrique Calle opinaba que la proscripción de las drogas era una forma de la persecución por motivos de religión.

Algunos mamíferos superiores descubrieron en su exploración planetaria algunas esencias desestabilizadoras de la normalidad, un hongo, una hoja, una flor, un fruto. Los caballos, los elefantes, ciertos monos con ínfulas de sibaritas. Y los seres humanos también buscan en ocasiones el desarreglo de los sentidos para descansar de la opaca cotidianidad, la pobre lucidez fáctica. La embriaguez fue sagrada para los antiguos que dinamizaban el zumo de la uva con un toque de amapolas. Los vikingos discutían sus asuntos tribales con chorros de cerveza para propiciar la sinceridad de la argumentación y los votaban después de rumiarlos en la resaca. No existe una cultura que no cuente con algún enteógeno, o algún estimulante de índole diabólica, según se considere. El glifosato no acabará la coca. Los empresarios del fabuloso negocio del clorhidrato hallarán nuevos nichos donde escamparse y subirán el precio de las promesas de sus engañosos cristales. Pero los gobiernos en todo el mundo parecen decididos a seguir patinando en la jabonosa inutilidad de incluir en el código penal las adicciones de los ciudadanos despistados, en vez de tomar el control de los paraísos artificiales. Como reglamentan el azúcar en las bebidas de consumo masivo y el plomo de la gasolina. Al fin todo es un problema del lenguaje en pugna con el hechizo de la inteligencia, según Wittgenstein.

Eduardo Escobar

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.