Bolívar multiforme

Bolívar multiforme

Fue el servidor de una maquinación mayor que Ayacucho y Boyacá.

07 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

El pobre Simón Bolívar es el limpión y el lábaro de un montón de personas antagónicas. Es el fundador del Partido Conservador de Caro y los Pastrana y Aida Merlano, y la figura solar del machismo-leninismo equinoccial, de los campos de concentración y el terror nihilista. Eso debe ser una carga engorrosa de llevar y un grave desgarramiento moral para cualquier hombre decente. Dicen que su corazón se lo comió el gato de un museo. Que fue el padre de Flora Tristán. Y el abuelo de Paul Gauguin. Todo puede ser. La pregunta no es un recurso retórico. ¿Cómo pudo convertirse el huérfano temprano de un erotómano, crecido en el seno de una familia disfuncional de millonarios esclavistas, en el personaje dominante de cinco repúblicas, en libertador y tirano, vencedor y fracasado, Marte y Quijote? Caído en el cepo de los mitos del romanticismo, sucumbió a la tentación del censor de libros, decepcionando a sus mejores amigos; aspiró a llevar la guerra a Cuba, Brasil y España, y al final del delirio napoleónico, echado de Bogotá a cagajonazos, acaba andando el tiempo ocupando un lugar a la intemperie de las plazas, cegado por las cagaleras de las palomas, los zapatos orinados por los borrachos, y compensado de vez en cuando con una corona de flores ofrendada por una pandilla de burócratas. Y un mísero toque de diana al que atienden un perro de lanas y un faquir de plazuela regurgitando picos de botella.

Entre la biografía llena de devoción de Larrazábal y la de Indalecio Liévano, igual de encomiástica, corre una biblioteca infinita sobre Bolívar, de textos adversos como el del pastuso Sañudo que revitaliza la novela de Evelio Rosero, amorosos como el de Mosquera, enjundiosos como el de O’ Leary, sutilmente sesgados como el de Perú de Lacroix, elogiosos como el de Fernando González, y tristes como el de García Márquez y El ocaso de un genio, de mi pariente Bernardo Puerta. El socialismo madurista tiene su propia hipérbole, y obvia cautamente la mala opinión que Marx guardaba del caraqueño derivada de las memorias de Ducoudray-Holstein, que lo rebaja a cobarde y villano. Marx no sufrió que a ese hombre ruin y miserable, el peor de los canallas, lo llama, se lo comparara con Napoleón. Marx tuvo algo de racista. Nunca le gustó mucho su yerno cubano.

Bolívar fue consciente de ser arrastrado por fuerzas oscuras. Y del mal que hizo al forzar la modernidad en una sociedad cuyas industrias mayores eran los fermentaderos de chicha

Para este bicentenario, Caracol le apostó a la telenovela de Bolívar: Barry Lyndon de los pobres, ejercicio preciosista con el estilo Kubrick, de fácil digestión, de paletas cuidadas para que los trajes combinen con el papel de las paredes, y que no ahorra las lágrimas del culebrón ni las escenas de novias adúlteras en paños menores, pues las necesidades del rating obedecen al hecho meloso de que aquí se escribe cuando se quiere escribir con provecho con ritmo de bolero. Si no, nada cala.

La historia colombiana suele contarse como una aventura de señoritos que nos inventaron a punta de sacrificios. La simultaneidad de los gritos de independencia en las capitales de la América hispana no es misteriosa. No se necesita ser astrólogo para adivinar que esos brotes de julio estuvieron sincronizados por masonerías de jóvenes criollos que tramaban, sin saber, el sudario de un imperio amparándose en actividades inocentes como la recolección de herbarios y las charlas sobre literatura con chocolate caliente servido por criaditos africanos. En esas veladas pintorescas que recordaron los cronistas resonaban otras guerras remotas. Bolívar fue el servidor de una maquinación mayor que Ayacucho y Boyacá que debe considerarse como la primera guerra mundial. Cuando los imperios europeos disputaron por el planeta urgidos de espacio para sus utopías, y sus contradicciones alcanzaron las tierras del tití y la piraña. Bolívar fue consciente de ser arrastrado por fuerzas oscuras. Y del mal que hizo al forzar la modernidad en una sociedad cuyas industrias mayores eran los fermentaderos de chicha. No debía saber que la historia es el fantasma del pasado. Pues empleó sus últimas agonías en reclamar su derecho a la gloria.

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