Apología mínima de USA

Apología mínima de USA

Lo que llaman el imperio yanqui, sin embargo, es la difusión de un modo de entender la vida.

20 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

La izquierda asiática de Stalin y la que siguió al deceso del primero de los engendros criados en el seno de la secta de los comunistas en el siglo XX fueron eficaces en la propaganda para el desprestigio de los valores del orbe católico del mundo, incluido el reformado. Muchas cosas cayeron en el descrédito en la bella estructura filosófica que nos sirve de fundamento, síntesis y desarrollo de ritos tracios, lógicas de Grecia, legislaturas romanas y fantasías de eremitas.

Sin embargo, la publicidad engañosa no logró desdibujar del todo la literatura inagotable que somos, relato inextricable de abracadabras, exploraciones, hallazgos, pestes y matanzas. Es incomprensible que las vulgatas de las capillas izquierdizantes aún insistan en la justificación de la caricatura latinoamericana del ideal revolucionario de Chávez, por ejemplo, infamando al individuo, el espíritu de ganancia, desvalorizando la lengua con paradigmas de plastilina, mecanos de ideas fijas que empobrecieron la vida donde quiera que pelecharon.

Durante la llamada Guerra Fría, la segunda mitad del siglo XX enfrentó dos nociones del mundo: la tiranía gris de los sóviets y la teoría democrática de los Estados Unidos, que incluyendo la gloria del desorden resultó victoriosa. Pero aún flotan en el ambiente los anacrónicos idearios estigmatizadores que prolongan la antipatía por sus ideales y sus logros. Lo que llaman el imperio yanqui, sin embargo, es la difusión de un modo de entender la vida, cuya influencia alcanza los últimos rincones del planeta. Algunos columnistas caen en la simplicidad de calificar despectivamente de gringos a los nativos de Estados Unidos con una expresión maliciosa.

Los Estados Unidos forman una sociedad de virtudes y defectos superlativos, regida por unas instituciones diseñadas de modo que ha podido soportar sin marearse tragedias y fracasos morales.

Mi generación, bajo el hechizo de la revolución cubana, cultivó la repugnancia por Estados Unidos. La propaganda roja acabó por convencer a muchos de que eran los peores enemigos de la humanidad, según la prédica paranoide del Che Guevara, profeta del apocalipsis del capitalismo, apóstol por antonomasia de la secta, cuya imagen aún campea en los muros de las universidades públicas anulando el espacio del logos con el arcaísmo del culto del guerrero.

Yo dejé de saber a quiénes llaman gringos los columnistas siniestros. Los Estados Unidos forman una sociedad de virtudes y defectos superlativos, regida por unas instituciones diseñadas de modo que ha podido soportar sin marearse tragedias y fracasos morales. Y que reúne en un territorio vasto y feraz todas las razas humanas proyectando la irradiación inevitable del poder. No necesito ampliaciones. El lector puede recurrir al canto de Whitman.

Lo que llama gringos la simplificación son millones de chinos, nipones, polacos, irlandeses, africanos, indios, judíos, latinoamericanos, juntos en la experiencia de la más fabulosa de las construcciones de la especie, viviendo una civilización alucinada, técnica y científica, de inventores e investigadores creativos y pragmáticos, que descomponen lo vivo y lo reparan, crean desiertos, viajan a las estrellas, fundan fábricas y mataderos, alzan rascacielos, tienden autopistas, despiden trenes, silban canciones de Nat King Cole y meten cocaína.

Las semánticas obtusas son incapaces de reconocer en los Estados Unidos una suma biológica de mitos y culturas, de hombres de todos los colores que sudan sus sueños. Esa nación inspiró a muchas personas buenas desde que la fundaron. Hasta Marx ambicionó vivir allá, reconociendo su grandeza. Pero, claro, él no era marxista, según dijo.

USA pagó el éxito con la mala fama de su fuerza destinada a contener al narcisista Hitler primero, y a mantener a salvo luego la razón de Occidente contra las maquinarias espartanas del estalinismo. Hasta el providencial de Gorbachov. Y la caída del muro de Berlín, que es otra historia.

Sal de la rutina

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