Añoranza del hollín

Añoranza del hollín

Las pestes nos acompañaron siempre a medida que fuimos construyendo esta civilización.

20 de abril 2020 , 07:59 p.m.

La amenaza del virus de moda ha puesto a desvariar a muchos. El engendro, de simplicidad engañosa, de la familia de los hexágonos imponderables a simple vista, ha dado pábulo a toda clase de emociones rosas y negras, tersas y ásperas. Dice el alboroto que vino de un mercado de murciélagos. Y que escapó de un laboratorio mal cerrado en una sociedad estrambótica donde conviven la libre empresa y el despotismo de la incongruencia semántica del partido único, la cual realiza en política la cuadratura del círculo vicioso del poder. Los profetas de desastres se hacen agua la boca con los grises augurios de una tiranía corporativa. Los optimistas gozan esperando saltos cuánticos en la conciencia, colosales transformaciones sociales.

Se ha disparado a picos muy altos la esperanza en el fin de capitalismo y en el retroceso de la globalización entre los fieles del arcaísmo marxista. Y el cristianismo ingenuo, que tanto se parece a esa corriente de la filosofía de cantina de sentimentales, atribuye la peste al consumismo, nuevo nombre del pecado de orgullo. Algunos incluso lamentan que ya no podamos tocarnos los unos a los otros y denuncian el fin de la noción de prójimo. Mientras más lejos, más seguros.

Los amantes de la naturaleza están de plácemes: la cuarentena ha permitido que la fauna silvestre tome posesión en las ciudades de unos espacios que según ellos habíamos usurpado para construir parqueaderos. Pero el ser humano también obedece a unas leyes biológicas determinadas, con tanto derecho como la lombriz. Nada se parece tanto a las sociedades de lombrices como las de la propiedad horizontal hecha de agujeros. Somos la descendencia de una criatura hipotética de la que sabemos apenas lo que somos capaces de imaginar a partir de unas osamentas o un diente con jirones de espirales genéticas.

Muchas pestes se incubaron en el contacto demasiado estrecho con los animales. Los zorros llevan a veces la rabia y las ardillas, la peste negra. Muchos virus pasaron al ser humano desde el tracto digestivo de cerdos, pollos y perros. No estoy seguro del soporte racional del fervor animalista. Hace años dejé de creer que alguna vez haya habido un mundo mejor que este, con todo y sus lacras. Y pienso que la edad de oro y el paraíso no son más que cuentos orientales. Hace años me libré del sentimiento malsano de culpa de que la especie humana es un error aparecido para desgraciar el planeta. El hombre también es naturaleza, como el bonobo, y cumple su tarea dañando y reparando, dirigido por fuerzas arcanas todavía desde cuando aprendió a mantener el fuego de la brasa que Prometeo robó a los dioses. Y que nos trajo por donde vamos. Ni mal ni bien, a tumbos, llenos de ambigüedades, pero resueltos a vivir, y a conquistar espacios. La inocencia del hombre natural es un invento romántico. Los hombres amansan el alma de la bestia en las ciudades comerciando y hablando, copulándose y ofendiéndose. Todo tiempo pasado fue peor.

El conservadurismo de izquierda y el de derecha aguardan el regreso a un mundo alternativo, a una organización solidaria. Pero necesitamos la soledad del recelo egoísta tanto como la charla y la caricia. Las pestes nos acompañaron siempre a medida que fuimos construyendo esta civilización, amante del artificio y lo simbólico, en combustión perpetua. Al cabo de la cuarentena algunas cosas van a cambiar. Pero es probable que volvamos a la calle con alivio. Y que valoremos los cielos de hollín que habíamos perdido, el ruido, las calles tumultuosas, los trancones y hasta el olor de los basureros. Quizás un día consigamos poner a volar los aviones modulando chorros de neutrinos sobre la grabación del silbido del guacamayo en un ciclotrón azul. Hoy solo sabemos hacerlo quemando cosas fósiles y produciendo deshechos. Y así seguiremos, aunque debamos prescindir de los burros tan simpáticos con sus trompetillas y de los tigres que oyen en sus rebuznos el llamado de las canciones de amor, según la afirmación nietzscheana.

Eduardo Escobar

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