Alborotando el avispero

Alborotando el avispero

Todas las conquistas de las mujeres me resultan negadas cuando las veo marchando en los cuarteles.

11 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Confieso sin ufanía que la vida me concedió el privilegio de mantenerme rodeado de mujeres desde que estaba chiquito hasta hoy, cuando ya no me cocino en dos aguas. Y estos días pasados, mientras se celebraba el de la mujer, con manifestaciones en todas las ciudades del mundo con excepción de las comunistas y las musulmanas, caí en la cuenta, como en una epifanía, de una cosa que no había advertido porque nunca acabé de conocerlas: las más admirables que traté, comenzando por mi santa madre, que tuvo que aguantar la bohemia cerril del nadaísmo, los sacrilegios y los poemas chuecos que la obligaba a oírme antes de mandarlos a los periódicos, quiero decir, las más libres e independientes, que tuvieron valor para hacer sus vidas en el lugar que les tocó, eran indiferentes a los alborotos del feminismo. Sabían que es imposible construirse una vida propia en equipo. Tal vez las mejores mujeres son las que saben manejar solas sus soledades.

Muchas llegaron a ser empresarias exitosas y dueñas de sus cuerpos; todas enfrentaron sin alardes los mandatos atávicos del catolicismo, que trató de convertirlas en réplicas de yeso de la Virgen Madre, inmunes al deseo, y resistieron bien las artimañas del romanticismo barato que pretendió incluirlas entre las rosáceas, rebajadas a simples adornos, a muñecas de uso privado.

El dogma del feminismo se solaza con el censo de las mujeres exitosas o que fueron pordebajeadas a pesar de su talento.

En medio de las celebraciones que, como el televidente irredento en que me he convertido ahora, cuando me cuesta tanto dejar mi casa, seguí con cuidado, practicando el zapping (lo único que hago bien a estas alturas), me impresionó sobre todo una bella joven africana que entrevistaron en una cadena de Alemania. No me gustan, dijo, las generalizaciones. Las mujeres consideradas masivamente ocultan muchos matices de la feminidad. No es lo mismo ser una mujer negra que una mujer blanca. Ni ser mujer entre talibanes. Aunque aludió al espantoso ritual que condena a miles de niñas a la ablación de sus genitales en el islam primitivo, no se refirió a ese otro barbarismo de la circuncisión, ya desprestigiada por san Pablo como una inutilidad. Los hombres padecemos nuestras propias servidumbres. Condenados a no llorar como si nunca nos doliera la vida. A ser valientes sin ganas. Y sobre todo a quedar bien con las mujeres, aunque sea mintiendo para que no se percaten de nuestra vulnerabilidad y nuestros miedos.

Me parece justo que las mujeres puedan elegir sus compañeros a su riesgo, sin la intervención de sus padres. Y heredar y gastarse la plata como les dé la gana. Pero para qué quieren trabajar en la calle, que suele ser tan amarga. Todas las conquistas de las mujeres me resultan negadas cuando las veo marchando en los cuarteles, entrenándose para el papelón de la guerra, el más feo de los vicios humanos.

La ortodoxia del feminismo arguye contra la experiencia que la política y los negocios son purificados por la presencia de las mujeres en los parlamentos, las oficinas y las tropas. Sin embargo, al ingresar en la vida pública, muchas son igual de corruptas y cínicas que sus adorados tormentos, como se conoce en las fiscalías. Y la proverbial crueldad de las mujeres a veces empeora el ruin ejercicio de la milicia, como se sabe. El dogma del feminismo se solaza con el censo de las mujeres exitosas o que fueron pordebajeadas a pesar de su talento. Olvida las Clitemnestras, las Medeas, a la puta de Helena que contrapesa la fidelidad ejemplar de Penélope en el mito, a la señora Macbeth, a la Bathory, a miss Bloody Mary y a la espantosa Gaitana de la epopeya de la conquista que arrastró a un hombre podrido por los mercados, paradigma de las comandantes guerrilleras.

Coda. Las mujeres dominaron a su modo desde que el mundo es mundo con guiños y arrumacos. Y en la modernidad acabaron imponiendo su sentido del tiempo. Aquí, en esta casa, le dijo una a su marido, se hace el amor a las diez, esté usted o no esté.

Sal de la rutina

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