A propósito de mingas

A propósito de mingas

Es una triste abstracción el indígena coronado de plumas de hoy.

22 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Y vibró entre los adolescentes una onda de santidad inesperada, equiparable con la que inspirara a los seguidores de Joaquín de Fiore, que en el Medievo anticiparon la Reforma, al enjuiciar la fatuidad de las jerarquías eclesiásticas romanas y la inmoralidad del clero raso de todas partes. Pero el Espíritu no se reveló con arrullos de palomas sino por la lisergina de los santos laboratorios de los niños de las flores, que enfrentaban la policía con diademas de margaritas, y ofrendas de claveles y guitarras. Entonces, la desnudez del canto gregoriano de los seminarios donde nos educaron cedió el espacio a la tropelía de los Rolling Stones. Y a los gemidos de gata drogada de Janis Joplin.

Unos se fueron al campo a sembrar apio, a fumar opio frente al mar, a probar las sutilezas del kundalini, la absorción de las linfas genitales de las muchachas; otros, a la selva, en busca de los aborígenes en quienes suponían una inocencia adánica redentora de nuestras miserias racionales y de las neurosis de la industrialización. Y el indígena dejó de ser un alfarero candoroso cuyas obras compraban los intelectuales de la izquierda exquisita en los antros de herrumbres de los anticuarios para cuñalibros de sus bibliotecas ricas en Malinovskis. Se dijo que las tribus semidesnudas habían nombrado galaxias invisibles para los telescopios. La última sabiduría se ocultaba detrás de los muros de dientes de las pirañas de los caños. Y, como entre los joaquinistas, amenazaba el pálpito pánico de la proximidad del apocalipsis. Solo reversible por el retorno a lo mítico, a la sencillez del terrón, al mundo sustantivo sin adjetivaciones. El yagé, el borrachero, y el yopo restablecían la unidad con el alma del jaguar y el hilo del discurso de sabiduría interrumpido por la conquista.

Por el Cauca, el Putumayo, los laberintos de hojas del Amazonas y el Vaupés, bajo los cielos mojados de San Quininí buscamos el rastro de los últimos nómadas que seguían las rutas de las castañas y desconocían la noción de casa. Pero al final encontramos unos proletarios comunes y corrientes calzados de Bucaramanga, con relojes de oro de pacotilla, cantando rancheras y vallenatos, ahítos de cerveza, avergonzados de la ayahuasca de los abuelos, ganados por la desnutrición y la melancolía. A los catecismos y las biblias se había juntado el abejorreo de los radios de pilas. Por donde pronunciaba la serpiente del paraíso de las ondas hercianas su promesa del futuro electromagnético.

Un sobrino mío, esculcando el árbol genealógico de la familia, encontró entre nuestros átavos una princesa chibcha que paró en un mercado cartagenero como mercancía. Y yo qué hago con esa sombra de una identidad ilusoria de raíces resecas, con esa guaricha de fábula. Hoy me siento incapaz de definir el ser del indígena más que como un cualquiera como yo. No como una comunidad genética, racial, religiosa o cultural. Más bien, como la nada de una circunscripción electoral. Indígenas somos todos para la etimología. Pero los galimatías jurídicos, que se niegan a consultar la realidad, tergiversaron el concepto en un estamento imponderable, con la fofa retórica académica de cosmovisiones inexistentes, para legitimar espacios sagrados de donde ya se fueron los dioses rana. Es una triste abstracción el indígena coronado de plumas de hoy. Disfraza lo irrecuperable con una pantomima sin contenido para mantener unos privilegios irrisorios. Mientras el resto de la humanidad gatea hacia las estrellas, el mundo se robotiza y triunfa el artificio ante la cruel opacidad del estado de naturaleza. Todos habitamos la misma tierra despedazada a azadonazos de esperanza. La exclusión del resguardo alarga la humillación de los sobrinos de Pacha Mama hipostasiados por la corrección política en una irracionalidad confortable. Los últimos nómadas mendigan por las aldeas del Guaviare. Los restos del vasallaje del imperio inca incendian las carreteras en Caldono. O distribuyen yagé entre las señoras sofisticadas empeñadas en romper el arcano de la rastrojera. Lo demás son las fantasías de los antropólogos. Que de algo han de vivir.

Columnistas

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