Me fui de Twitter

Me fui de Twitter

El uso de las comunidades digitales viene acompañado de riesgos que pueden opacar sus beneficios.

27 de noviembre 2018 , 11:10 a.m.

Hace dos meses suspendí mi cuenta de Twitter. Un poco antes había eliminado el contenido de mis aplicaciones de Instagram y Facebook. No fue decisión sencilla. Las redes sociales son, sin duda, una poderosa herramienta de difusión y seguirán siendo referente por mucho tiempo. Como lo dije hace un año en esta misma columna, las redes llegaron para quedarse, y son más que bienvenidos su rol en la democratización del acceso a la información y su fantástica utilidad como instrumento de empoderamiento ciudadano y veeduría colectiva.

No obstante sus evidentes ventajas, el uso de las comunidades digitales viene acompañado de grandes riesgos, que en ocasiones pueden opacar los beneficios antes mencionados. En mi análisis personal y de aplicación específica a la forma como entiendo mi aporte al mundo que me rodea (y siendo ajeno al servicio público y al menester político y mediático), la relación beneficio-costo en mi utilización de las redes sociales acumulaba rápida y crecientemente un saldo en rojo.

Para empezar, lograr el rótulo de ‘influenciador’ que alcanza amplios niveles de interacción requiere habilidades que poco tienen que ver (e, incluso, resultan antagónicas) con el rigor del análisis previo y el juicio y la precisión de la información publicada. Por ejemplo, trinar barbaridades y groserías en contra del actor político o el líder de opinión con el que no comulgamos genera mucha más interacción que un comentario sesudo sobre cómo fortalecer el sistema democrático. Esto hace que en el ecosistema de los likes proliferen los influenciadores de cuestionable intelectualidad mientras escasean los referentes eruditos. La decadencia del debate aumenta con la masificación de la plataforma.

En un aspecto igualmente significativo, la inmediatez de la red social es al mismo tiempo un principio de operación que define su impacto y la mayor debilidad en su condición de medio informativo. El afán de saber sin entender, el frenesí de opinar sin digerir y de replicar sin verificar es una nueva forma de estupidez. ‘Pensar antes de hablar’ es una máxima que pierde trascendencia en el mundo digital, ignorando así las enseñanzas de las ciencias sociales: la rápida reacción emocional está atada al ser animal instintivo, mientras que la racionalidad que nos hace humanos necesita pausa y reflexión.

Otro elemento nocivo de la evolución social vinculada al ciberespacio es la avidez adictiva de contarles todo lo que hacemos a perfectos desconocidos, dedicando nuestra atención a la publicación de ‘historias’ en lugar de vivir el momento en cuestión. Sobre esto escribió Humberto Eco: “...cuando yo era joven, había una diferencia importante entre ser famoso y estar en boca de todos. La mayoría querían ser famosos por ser el mejor deportista o la mejor bailarina, pero a nadie le gustaba estar en boca de todos por ser el cornudo del pueblo o una puta de poca monta. En el futuro, esta diferencia ya no existirá: con tal de que alguien nos mire y hable de nosotros, estaremos dispuestos a todo”.

Para completar el peligroso coctel, se encuentra documentado cómo las redes sociales exacerban los sentimientos negativos y son particularmente efectivas en la difusión de noticias falsas. Según Soroush Vosoughi, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, una noticia falsa con intenciones nocivas puede tener un impacto digital miles de veces más grande que una cierta y positiva.

Termino esta reflexión sugiriendo a mi audiencia un experimento que a mí me fue de utilidad. No empiecen sus mañanas siendo testigos en sus redes de las disputas entre terceros, no inicien sus jornadas con la negatividad de extraños. Mejor si la primera actividad diaria se usa para atraer buenas energías, leyendo un poema de Rubén Darío o enviando un mensaje cariñoso a quienes traen ilusión a nuestras vidas.

Sal de la rutina

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