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Una oportunidad de oro opacada por nuestra parroquiana naturaleza

Una oportunidad de oro opacada por nuestra parroquiana naturaleza

Corea del Sur es un país amigo que nos podría servir de trampolín para estrechar lazos de mercado.

19 de septiembre 2021 , 10:01 p. m.

Atrapados como estamos entre una narrativa opositora que no baja al Gobierno de corrupto y asesino, y la otra, la gubernamental, que parece estar totalmente desconectada de la realidad, importantes oportunidades que merecerían toda nuestra atención, no solamente para alabar, sino también para analizar minuciosamente y explorar cómo pueden servirles a los intereses de los colombianos, se quedan en nada.

Hace tres semanas, el presidente Iván Duque, acompañado de una nutrida comitiva, realizó una visita a Corea del Sur, país que hace 70 años era muy similar a Colombia y que, en menos en un siglo, se ha convertido en una de las naciones más desarrolladas del mundo y ciertamente una potencia en el campo de la tecnología.

Aunque varios medios nacionales acompañaron a Duque en el encuentro con su homólogo surcoreano, Moon Jae-In, la cobertura, que fue de puro registro en realidad, quedó opacada por el escándalo del Mintic y los 70.000 millones de pesos que aún siguen sin aparecer.

Es una lástima, porque sucedieron hechos relevantes y se plantearon unas ideas interesantes para el comercio y la innovación de Colombia. A su vez, también faltaron resultados concretos y anuncios rimbombantes que sirvieran como golpes de opinión. Más allá de si la visita resultó exitosa o no, cuestión que es claramente subjetiva según desde donde uno la mire, el hecho es que somos tan cortos de visión que dejamos volar oportunidades críticas para nuestra nación.

Quizás, la lejanía y el idioma se nos presentaron como grandes obstáculos para entender la relevancia de este periplo presidencial, y nos conformamos con el registro que quedó marcado en los medios. Pero es que no estamos hablando de cualquier visita. Estuvimos cara a cara con la octava economía más importante del mundo. De hecho, y aunque parezca un detalle menor, toda la delegación asiática tenía tapabocas con las banderas de su país y el nuestro. Una gran muestra de respeto y aprecio, diría yo.

Tristemente, nuestra ambición no da para ver más allá de nuestras fronteras. Considerar siquiera que hay un enorme potencial de desarrollo para Colombia en el mercado surcoreano ya desata críticas que buscan el clásico y arcaico, si bien efectivísimo, rédito político. ‘¿Cómo pensar en trabajar con Corea del Sur si la gente se está muriendo de hambre en gran parte del territorio nacional?’, dirían algunos.

Corea del Sur es un país amigo, del cual no solamente aprenderíamos mucho, sino que nos podría servir de trampolín para estrechar lazos con un mercado con el que aún estamos bastante crudos. Y esto debería ser del interés de cada uno de nosotros.

Pese a tener un tratado de libre comercio con los coreanos, nuestra relación aún se basa sobre todo en un sentimiento de orgullo y gratitud por la participación de Colombia en la guerra de Corea a mediados del siglo pasado, como bien lo manifestó, en ‘Vanguardia Liberal’, el ingeniero y columnista surcoreano Bell Park, quien fue muy crítico de la visita.

Pese a no haber regresado al país con un gran negocio entre el bolsillo, eso no quiere decir que no haya servido la visita. Los canales están abiertos. Nuestros industriales, campesinos y emprendedores colombianos deberían aprovecharlos al máximo. En la declaración conjunta que firmaron Duque y Moon, la primera que hace Corea del Sur con una nación latinoamericana, se traza una hoja de ruta interesante.

Los sectores agropecuarios, agroindustriales y manufactureros tienen muchísimo que ganar, pero debe haber iniciativa propia, no ir empujados siempre por el Gobierno. Colombia tiene cómo convertirse en uno de los aliados más importantes en Suramérica de Corea. El que lo volvamos una realidad depende de despojarnos de nuestras inseguridades y proyectarnos a ser la Corea del Sur del siglo XXI.

DIEGO SANTOS
Analista digital
diegosantos1978@gmail.com

(Lea todas las columnas de Diego Santos en EL TIEMPO aquí).

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