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¿Nos dieron permiso nuestros hijos para grabarlos y publicarlos?

¿Nos dieron permiso nuestros hijos para grabarlos y publicarlos?

¿Acaso los papás actúan de mala fe al realizar estos contenidos?

10 de octubre 2021 , 09:29 p. m.

Cada vez son más los papás que están en redes sociales haciendo contenidos con sus hijos. Según un estudio realizado por el Instituto Pew, en Estados Unidos, los videos en los que aparecen menores de 13 años son tres veces más vistos que el promedio. Cuanta menos edad tenga el menor, más aumenta la posibilidad de éxito en tráfico. Cómo no, no hay nada más puro que la inocencia.

Este tipo de contenidos al que me refiero recibe la denominación en inglés de ‘sharenting’, que viene a ser una mezcla de las palabras ‘share’ (compartir), en alusión a una de las acciones más populares en el mundo de las redes, y ‘parenting’ (paternidad). En algunos casos, los papás aparecen con los hijos, y en otros, el protagonismo es exclusivamente de los niños, pero dirigidos por sus padres.

El ‘sharenting’ se ha convertido en un negocio muy lucrativo para muchas familias. Ryan Kaji, un niño de 9 años con un canal en YouTube de 30,5 millones de suscriptores, obtuvo ganancias de casi 30 millones de dólares en 2020. Las reseñas que hace el niño sobre juguetes, así como algunos experimentos de ciencia, han sido tan exitosos que forjó un contrato con el todopoderoso Walmart.

Uno se pregunta, ¿quién se opondría a un contenido tan inocente como el que protagonizan los niños? ¿Acaso los papás actúan de mala fe al realizar estos contenidos? ¿No estamos, de cierta manera, preparándolos para el mundo virtual que se avecina? Seguramente la mayoría de los papás que hacen ‘sharenting’ no lo hacen de mala fe, ni tienen oscuras intenciones ni están explotando a sus hijos para lucrarse. No obstante, ¿tienen el permiso de sus hijos para hacerlo?

Soy padre de menores. Desde hace unos cuatro años he hecho ‘sharenting’, y en ciertas ocasiones, aparecieron unas marcas para patrocinar nuestro contenido. No considero que haya obrado de mala fe; tampoco creo haber tenido oscuras intenciones ni haberlos explotado. Eso sí, nunca pregunté si me habían dado su consentimiento para hacer el contenido. Lo veía normal. Puro, como dije al principio.

Sin embargo, no es normal. De hecho, tras leer un extenso artículo que publicó la revista ‘Newsweek’ al respecto, y pese a considerarme una persona conocedora del mundo online, no puedo creer que no haya hecho un ejercicio de autocrítica muchísimo antes.

En primer lugar, los padres que somos activos en redes con nuestros hijos navegamos en un territorio que está sin regulación alguna. Los padres pueden hacer lo que quieran, al igual que las redes que también se lucran de los contenidos que suben los primeros.

Tal y como asegura ‘Newsweek’, el internet, las redes sociales, son un lugar muy oscuro, peligrosísimo para los menores. Tanto así que las barreras de protección, tanto legales, como las que ofrecen plataformas como YouTube, son muy frágiles, por no decir que inexistentes. Aún peor, ese material que hoy colgamos tan inocentemente, de nuestros hijos menores, es probable que quede colgado a perpetuidad. ¿Se sentirán ellos cómodos con ese contenido rondando por ahí cuando sean adolescentes o adultos?

Cuando subimos el contenido a redes, o a internet, no solo estamos expuestos a millones de personas cuyas intenciones desconocemos, sino que también les estamos entregando a las grandes compañías digitales toda la información de nuestros hijos, sus hábitos, sus gustos.

La inteligencia artificial ya está tan desarrollada que puede clasificarlos y conocerlos inclusive mejor que nosotros. En nada esto, les aseguro, hemos pensado mientras hacemos el ‘sharenting’.

Ya se han dado casos en los que niños se convierten en víctimas de ataques en línea por cuenta de los videos que cuelgan sus papás. Ojo con eso. No se trata ahora de irse al otro extremo, pero comencemos a pensar en las consecuencias del contenido ‘inocente’ con nuestros hijos.

DIEGO SANTOS
Analista digital
diegosantos1978@gmail.com

(Lea todas las columnas de Diego Santos en EL TIEMPO, aquí).

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