¿Nos atrapó la enfermiza y descontrolada voracidad de las redes?

¿Nos atrapó la enfermiza y descontrolada voracidad de las redes?

La indiferencia de redes y usuarios nos tiene hoy en una situación compleja de cara al futuro.

18 de enero 2021 , 01:08 a. m.

Hace muchos años que las redes sociales perdieron los valores con los que se vendieron al mundo: construir una comunidad global más sana y transparente. La aldea mundial de ‘likes’, de conectarse con amigos del pasado y generar conversaciones constructivas, dio paso a un multimillonario negocio liderado por personas codiciosas, conscientes de los peligros que su modelo implicaba.

Tanto Facebook como Twitter y YouTube le han fallado a la sociedad. Sus plataformas han cobijado toda clase de contenidos instigadores de actos violentos, mentiras, calumnias y falsedades.

En Colombia, videos amenazantes grabados por actores violentos del conflicto han permanecido ‘al aire’. Mensajes de políticos que acusan a periodistas de violadores de menores, también. Tuvo que intermediar una orden judicial local para que el político borrara el trino.

En Etiopía, decenas de grupos le solicitaron a Facebook eliminar mensajes incendiarios tras la matanza de cientos de personas. Mark Zuckerberg no hizo absolutamente nada. Un patrón similar se reportó en Sri Lanka, Birmania e India. A Jack Dorsey, CEO de Twitter, le imploraron atajar las mentiras sobre el ‘brexit’ y el plebiscito de la paz, e igualmente se cruzó de brazos.

YouTube, por su parte, permitió que sus redes se llenaran de contenidos extremistas, pe- se a que violaban sus propios términos y condiciones. La interacción y el tráfico de esos videos eran demasiado jugosos como para censurarlos. Mucha plata estaba en juego.

El descontrol de las redes se ha venido denunciando desde hace tiempo. Los congresistas de varios países han citado a directivos de estas redes para que rindan cuentas, pero todo ha quedado en un insulso espectáculo de cara a la galería. Las intervenciones de los ejecutivos han sido todo un posgrado en cinismo y burla.

No obstante, lo sucedido el 6 de enero en el Capitolio de Estados Unidos, cuando simpatizantes de Donald Trump irrumpieron de manera violenta en el bastión más importante de la democracia mundial, llevó a las redes a suspender al incendiario presidente de EE. UU. Algunas lo hicieron de manera permanente. Otras, de modo temporal.

Con esto buscaron enmendar el tremendo e irreparable daño que les han propinado a la democracia y a la sociedad, pero en ningún momento, alguno de sus directivos hizo autocrítica. Tampoco la esperemos, porque no va a llegar. Si acaso, una serie de trinos majaderos como el que publicó Dorsey sobre la decisión de expulsar a Trump de Twitter.

Ahora bien, ¿qué tanta responsabilidad nos cabe a nosotros, los usuarios, al haberles dado tantas alas? ¿Nos dejamos atrapar por su enfermiza y descontrolada voracidad? ¿Quedamos enjaulados en su ecosistema a falta de otras alternativas hacia dónde migrar? ¿Qué hicimos cuando nos apareció un contenido que sabíamos que era falso o instigaba a la violencia?

Sin nosotros, esas redes no existirían. Aceptamos sus reglas del juego. Nos dejamos llevar por los discursos extremistas, nos privó la polémica y nos quedamos en una zona de comodidad viendo cómo se incendiaban las cosas. Como usuarios, jamás les exigimos a los dueños de la tienda que honraran sus ‘leyes’. Y nunca nos fuimos. Ahí seguimos.

Las redes se recostaron en el autocontrol del usuario. Es decir, les cedieron a las personas la responsabilidad de comportarse y crear conversaciones discrepantes basadas en el respeto. Cuando esto falló, las empresas ni se inmutaron. Dejaron que la bola de nieve creciera.

La indiferencia conjunta nos tiene hoy en una situación compleja de cara al futuro.

¿Qué más se necesita para que cada gobierno tome medidas en el asunto? La única forma de corregir el camino es la regulación severa de cada una de estas plataformas.

Los países no pueden seguir siendo rehenes de Facebook y compañía.

DIEGO SANTOS
Analista digital
diegosantos1978@gmail.com

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