¿Dónde quedaron los libros?

¿Dónde quedaron los libros?

En este año tan atípico, los niños se merecían una educación atípica. Y no una pantalla.

20 de diciembre 2020 , 11:37 p. m.

El covid-19 nos desordenó la vida. Algunos sobrellevaron este momento mejor que otros, pero en líneas generales todos partieron desde la mejor de las voluntades para adaptarse lo más rápido posible a las nuevas circunstancias y poder sobrevivir.

Tal es el caso del sector escolar, por ejemplo, que ni en las curvas se imaginó que viviría un momento tan complejo como el de este 2020, que como bien lo señaló Claudia López a este diario, solo faltó que nos golpeara un meteorito.

Quizás tras el renglón de la salud, el educativo fue el que se enfrentó al mayor número de obstáculos posible para operar.

Ante la abrumadora intransigencia de reabrir las aulas durante gran parte del año, manoseados por políticos y sindicalistas carroñeros sin miramiento alguno por los niños, los colegios quedaron en un limbo en el que las escuelas públicas se vieron severamente afectadas y las privadas echaron mano del Internet para continuar con el proceso pedagógico de sus decenas de miles de estudiantes.

La tecnología, el Internet, digital, con la inmensidad de posibilidades que ofrece, salvó a muchos colegios del cierre. Los profesores, desde sus casas, pudieron estructurar sus clases gracias a Zoom, videos en YouTube y plataformas de enseñanza donde organizar a sus pupilos para no interrumpir, o hacerlo lo menos posible, la enseñanza.

Ahora bien, la pregunta es si el Internet salvó a los niños. Si bien la respuesta no puede ser categórica en uno u otro sentido, pues hacen falta estudios sobre el impacto que este periodo pudo tener sobre los menores que se educaron a través de una pantalla, me aventuraría a decir que fue más el impacto negativo que el positivo. Bastante más, la verdad.

Desde las 8 de la mañana, hasta las 4 o 5 de la tarde, los menores se sentaron frente a sus computadoras para continuar con su proceso escolar, como si estuvieran en el salón de clase. A través de la pantalla, los niños ingresaron a YouTube incontables horas para ver los videos que dejaban sus profesores.

También consultaban los textos que dejaban estos en sus respectivas plataformas de enseñanza o leían virtualmente en aplicaciones como Lexia.

Había clases sincrónicas (los alumnos se conectaban con sus profesores por Meetings o Zoom) y asincrónicas (los estudiantes tenían la responsabilidad de seguir las instrucciones y cumplir con lo ahí señalado).

Para las tareas subían sus trabajos para la revisión y calificación de los docentes. Las asambleas, izadas de bandera y demás migraron a retransmisiones en vivo. El aprovechamiento de la tecnología en su máximo fulgor.

En la teoría, para aquellos con acceso a Internet, porque no podemos olvidar a los millones que ni siquiera tuvieron esta posibilidad, suena fantástico, pero no lo fue. Los colegios, quizás preocupados por su supervivencia, y la desquiciada presión de los padres de familia, se recostaron por completo en la tecnología para garantizar la educación de los menores, sin tiempo para respirar y reflexionar sobre el camino más adecuado.

Hace un par de semanas, EL TIEMPO publicaba un artículo de página entera sobre el daño que las pantallas causan a los niños. "Los nativos digitales son los primeros niños con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres. Estas herramientas dañan el cerebro, deterioran el sueño, interfieren con el lenguaje y el éxito académico, perjudican la concentración, aumentan el riesgo de obesidad y mucho más", citó el diario a Michel Desmurget, uno de los neurocientíficos más prestigiosos de Francia.

Yo no sé si mis hijas tengan el coeficiente intelectual más bajito que el mío. Espero que no, ya que el mío no es muy alto que digamos, pero el hecho es que el exceso de pantalla que han tenido en estos meses las aisló, se volvieron irascibles y sus notas se desmejoraron considerablemente.

¿Qué aprendieron? La verdad, no lo sé. ¿Se atrasaron? Seguramente. ¿Bajo qué criterios las calificaron? Tampoco lo sé.

Solo sé que vieron muchos videos de YouTube sobre zombies y chatearon en exceso con el resto de las amigas.

Sin ser docente, ni con el interés de serlo, me pregunto. ¿Por qué no pusieron a los niños a leer desmedidamente? ¿Por qué, en este tiempo tan extraño y excepcional, no aprovecharon los colegios para darles decenas de libros para leerse al mes?

Uno entiende que las matemáticas o la ciencia no solo se lee, pero la cantidad de novelas, clásicos, lecturas para enriquecer la educación es aún más infinita y sabia que internet.

En este año tan atípico, los niños se merecían una educación atípica. Y no una pantalla.

DIEGO SANTOS
Analista digital
diegosantos1978@gmail.com

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