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Lema de vida

Lema de vida

Encuentro con Alejandro Obregón y una frase que se convirtió en mi lema de vida.

28 de julio 2021 , 08:00 p. m.

Tenía dieciocho años cuando conocí al maestro colomboespañol Alejandro Obregón. Ese día acompañaba a mi abuelo, a quien el pintor había invitado a su casa, ubicada en la calle de la Factoría, en Cartagena de Indias. Él mismo nos abrió la puerta de madera azul, con un cigarrillo Pielroja entre sus dedos manchados de pintura. La casa era amplia y las paredes estaban decoradas con sus cuadros, estallidos de fuerza y color.

Lo primero que me llamó la atención fue su bigote blanco y espeso que se unía con sus patillas. Pero fue de sus ojos azules, casi transparentes, de los que no pude apartar mi mirada. Su informalidad y calidez rompieron cualquier brote de intimidación que pudiéramos sentir por tratarse de una figura pública. Nos ofreció limonada con agua de coco. Hablamos de política, pero de pronto la conversación se volcó a la literatura, y a los cuentos de Álvaro Cepeda Samudio. Yo había leído un cuento de él, uno que habla del hombrecito vestido de azul que aparece en la lata de Avena Quaker, que a su vez tiene en la mano una lata en la que sale un hombrecito que lleva en la mano una lata de Avena Quaker. A García Márquez Juana le oyó, se llama el cuento.

–Ah, ¿te gusta ese cuento? –preguntó el maestro Obregón, al tiempo que se paraba a buscar un libro en la biblioteca que tenía a sus espaldas.

–Toma, te lo regalo –dijo, y me entregó el libro Los cuentos de Juana, una edición grande con ilustraciones nada menos que del maestro Obregón. Un tesoro que aún conservo. Nos habló de su amistad con García Márquez y Cepeda Samudio; de la pasión que los unía por el arte y las letras, y lanzó de pronto una frase que según él compartía con sus amigos, y que desde ese momento se convirtió en mi lema de vida y en mi meta más preciada: “Discipline is freedom”, dijo así, en inglés, refiriéndose a que no solo basta con tener talento para lograr grandes (o pequeñas) obras. Se requieren trabajo y disciplina, pero, además, la satisfacción que eso produce nos proporciona mayor libertad.

Quedé maravillada: por su arte, por la fuerza de sus palabras, por la pasión con que hablaba, por el amor que se le sentía al referirse a su trabajo o a sus amigos (Cepeda Samudio había fallecido hacía ya varios años). Esa noche fue memorable. Nunca lo volví a ver, pero guardo el libro y su frase grabada en mi mente como un mantra que repito todos los días y he comprobado que es verdad: la disciplina nos libera.

DIANA PARDO
@Diana-pardo

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