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Amor perruno

Amor perruno

Merecen toda nuestra protección y cuidado; pero no hace falta que los tratemos como humanos.

12 de enero 2022 , 08:00 p. m.

No estoy de acuerdo con el papa Francisco en que sean egoístas quienes toman la decisión de no tener hijos pero sí tienen mascotas, como lo mencionó recientemente en una audiencia en el Vaticano. Entiendo el contexto en que lo dijo: las tasas de fertilidad han disminuido en algunos países en los últimos años. Pero su solución –incluyendo las políticas de la Iglesia– debería buscarse más en términos de ofrecer una mayor estabilidad económica, de revertir el cambio climático y tomar medidas más sostenibles para generaciones futuras. Es comprensible que los jóvenes cuestionen tener o no descendencia en los tiempos que vivimos.

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En cualquier caso, las palabras del Papa me llevaron a pensar en la relación que tenemos los humanos con nuestras mascotas. Quienes tenemos perros desarrollamos un cariño profundo por ellos; les hablamos, sabemos cuándo tienen hambre, cuándo quieren salir a jugar. Incluso hay quienes sienten mayor empatía con su perro que con otras personas. Pero otra cosa es humanizar a los animales.

En el barrio donde vivo hay una mujer que saca a pasear a dos perritos en coche. En coche de bebé. Ignoro si la señora tiene hijos, pero trata a sus perros como si lo fueran. Nunca los veo corriendo en el parque, o deteniéndose a oler un árbol, mucho menos la cola de otros perros. Su dueña pensará que son felices así, aunque pienso que si hablaran quizás escogerían la libertad de los perros de la calle.

Existe toda una industria para quienes tratan a sus mascotas como si fueran seres humanos: almacenes que venden ropa para perros, spas donde un corte de pelo vale tres veces más que el que cobran en una peluquería por cortarle a un niño, hoteles especializados en cuidar a las mascotas cuando sus amos se van de viaje. Hay perros que se han convertido en embajadores de marca, con cuentas en Instagram cuyos seguidores superan los de cualquier celebridad.

El vínculo emocional que desarrollamos con nuestros perros es inmenso. Ellos son consuelo, compañía, alegría pura. Con los perros nunca habrá silencios incómodos, no habrá juicios ni reclamos. Recibimos de ellos un amor incondicional que quizás no recibimos de ningún ser humano. Siempre están contentos de vernos, aunque tengan hambre, aunque los hayamos dejado solos, aunque nos equivoquemos. Merecen toda nuestra protección y cuidado; pero no hace falta que los tratemos como si fueran humanos. En eso sí estoy de acuerdo con el Papa.

DIANA PARDO@Diana_pardo

(Lea todas las columnas de Diana Pardo en EL TIEMPO, aquí)

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