Que el afán no destruya los sueños

Que el afán no destruya los sueños

Las mayores víctimas de violencia vial siguen siendo peatones, arrollados por carros, motos y buses.

21 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

Este es el principal mensaje de la campaña de concientización sobre los riesgos del exceso de velocidad, realizada por la Secretaría de Movilidad de Bogotá desde agosto pasado. La campaña refleja varios elementos críticos del diagnóstico de seguridad vial en la capital: las principales víctimas de la violencia vial siguen siendo peatones, atropellados por carros, motos, buses y camiones. En el 2017, cerca del 56 por ciento de los muertos por atropello fueron personas mayores de 50 años; 4 por ciento eran niños. La mitad de quienes conducían los vehículos agresores eran personas entre 24 y 43 años. El 89 por ciento de estos conductores eran hombres.

Esta campaña es la cuarta de una serie producida con el apoyo de Vital Strategies en el marco de la Iniciativa Bloomberg de Seguridad Vial Global, que apoya a Bogotá desde el 2015. Dos de las campañas anteriores se concentraron en evitar el consumo de alcohol antes de conducir, y la tercera en velocidad. Los efectos reportados de las campañas han sido positivos, en la medida que se han acompañado de refuerzos en control policial de estos factores de riesgo. Los datos de Johns Hopkins University-Universidad de los Andes, reportados en una columna anterior, muestran que vamos mejorando en reducción de factores de riesgo, aunque es claro que nos queda aún un largo camino por recorrer.

Uno de los temas resaltados durante el lanzamiento de la campaña fue la intención de la Secretaría de Movilidad de establecer como límite 50 km/h en algunos corredores arteriales, siguiendo las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. La propuesta de reducir el límite máximo en corredores críticos de la ciudad causó rechazo entre algunas personas, con mensajes como: “Jajaja, como si acá se pudiera andar a más de 15 km/h”.

 Nos debería parecer mal conducir rápido, excediendo los límites, por ser conscientes del riesgo y la fragilidad humana.

Es correcto decir que Bogotá tiene baja velocidad promedio. Un análisis del ingeniero José Segundo López de WRI, basado en 2’081,000 microdatos de velocidad obtenidos por el centro de control de tráfico de la Secretaría de Movilidad (2-8 septiembre del 2017), indica que el promedio de velocidad entre 6 a. m. y 9 p. m. es de 24 km/h, y que el 1 por ciento de las muestras van a más de 60 km/h. Mientras tanto, el promedio entre 9 p. m. y 6 a. m. es 40 km/h y 12 por ciento de las muestras van a más de 60 km/h. Por esto es común ver incidentes fatales en la noche y en sitios y horas donde no hay trancón. Todos estos siniestros no serían mortales si se manejara a velocidad razonable.

Gráfico Velocidad en Bogotá

Distribución de velocidades en Bogotá

Foto:

Cortesía

Sobre la propuesta de la Secretaría de Movilidad, me llamaron mucho la atención las reacciones de periodistas como Manuel Salazar, que escribió “El chiste se cuenta solo” y del editor de la revista ‘RPM’: “Señor @Bocarejo_JP, ¿podría facilitarnos los ‘muy serios estudios’ que demuestran que debemos ir muy baja velocidad (casi detenidos) para evitar la accidentalidad, cuando en el resto del mundo se educa a conductores y peatones y se transita a velocidades razonables?”.

Pocos días después del lanzamiento de la campaña, un hecho trágico en la autopista Norte arrebató la vida de 3 jóvenes en un aparatoso choque, presumiblemente a alta velocidad. La noticia recibió gran cobertura en medios. Esta tragedia se sumó a otras 352 muertes en el tráfico desde el comienzo del 2018. Este número, qué si bien es menor al del 2017, es aterrador ¡equivale a cinco veces al siniestro de Chapecoense!

El choque de la autopista Norte generó una mayor apertura a las iniciativas de la Secretaría de Movilidad respecto al control de velocidad. Por ejemplo, Manuel Salazar dijo: “Hace poco dije que bajar la velocidad en Bogotá para un vehículo de 60 a 50 km/h era un chiste por el promedio en Bogotá, sin embargo viendo el accidente de esta madrugada, es necesario adoptar esta medida de manera urgente, y no es un chiste salvar vidas, ‘mea culpa’ ”El tema fue también recogido en un editorial de EL TIEMPO: ‘Bajémosle a la velocidad’. (‘RPM’ siguió insistiendo que era una cuestión de educar a los peatones “que se lanzan a las vías”, no de controlar la velocidad; yo lo sigo invitando a consultar la extensa literatura al respecto, por ejemplo, este análisis de varios académicos chilenos). Corresponde ahora a la Administración reforzar las acciones en marcha: implantar la señalización, continuar la divulgación de conductas seguras y ejercer el control con apoyo de la Policía y con más “cámaras salvavidas”.

Pero no se trata de un tema del exclusivo resorte de la Secretaría y de la Policía. Hay altas dosis de corresponsabilidad por parte de todos. El rechazo a conductas riesgosas como el consumo de alcohol, es hoy generalizado y eso está bien. Esto ha sido el resultado tanto del refuerzo de las sanciones económicas como de la conciencia social que el alcohol sí afecta los sentidos. Algo similar sucede con el uso del cinturón de seguridad (por lo menos por conductores y pasajeros de silla delantera) y con el uso de casco por motociclistas (aunque muchos aún no lo abrochen correctamente).

Ese tipo de actitud (moral, legal y social, en el sentido mockusiano) debería también trasladarse al riesgo de la velocidad. Nos debería parecer mal conducir rápido, excediendo los límites, por ser conscientes del riesgo y la fragilidad humana. Para lograr esto, deberíamos asegurar una alta probabilidad de ser sancionados en caso de incumplimiento (insisto, necesitamos más “cámaras salvavidas”). Como sociedad, deberíamos rechazar el exceso de velocidad, y reprochar a quien lo haga o felicitar a quien conduzca responsablemente. Todavía, en nuestro entendimiento social, manejar bien equivale a manejar rápido, aun volándonos todos los límites; cuando manejar bien es más bien llegar al destino seguro y tranquilo (por mucho un par de minutos más tarde). ¿Seguiremos destruyendo sueños por nuestro afán?

DARÍO HIDALGO

Columnistas

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