¿Estarían más tiempo entre nosotros?

¿Estarían más tiempo entre nosotros?

‘Recuerda, apoya, actúa’; 15 de noviembre, día del recuerdo de las víctimas de la violencia vial.

16 de noviembre 2020 , 11:15 p. m.

Cuando se ven las cifras de fatalidades en siniestros viales, se ven números solamente. En el año 2019, 6.826 personas perdieron la vida como consecuencia de choques, atropellos y caídas; entre enero y octubre de este año ya registramos 4.156 fatalidades (Datos ANSV). Todas esas personas podrían aún estar entre nosotros, con sus familias. Como mi papá, mi abuela y un tío materno que murieron atropellados hace varios años. Por lo menos hubieran estado más tiempo, nos hubieran acompañado más, hubiéramos compartido más empanadas, partidos de fútbol, paseos y atardeceres. Hubiéramos tenido más tiempo de aprender y aportar, cometer errores y perdonar.

Cualquiera pudo haber dicho que ellos, mis familiares, se cruzaron de forma imprudente, por donde no era. Que no fueron hasta la cebra o el puente peatonal. Que no miraron bien. Que no calcularon la velocidad a la que venían el campero, la buseta o el automóvil que los atropellaron (en incidentes separados). Que la culpa es de las víctimas, cuando es súper claro que si los vehículos automotores fueran a velocidad moderada, las heridas que recibieron no hubieran sido fatales.

Hoy, trabajando en este tema de seguridad vial vehicular, me pregunto qué hubiera pasado si además de mejores controles de velocidad, mejor señalización e infraestructura, mejor atención de urgencias después del atropello, los carros hubieran estado equipados con algunos dispositivos básicos de seguridad.

¿Qué tal si los automotores involucrados en estos atropellos hubieran estado equipados con frenos antibloqueo ABS? ¿Tal vez la distancia de frenado hubiera sido menor y el golpe hubiera sido más suave, menos letal? ¿Hubiera sido una lesión o un golpe sin importancia? ¿Qué tal si los vehículos tuvieran alarma de choque frontal? ¿Hubiera detectado a mi papá, mi abuela, mi tío, y avisado al conductor para que frenara a tiempo? ¿O qué tal si los vehículos hubieran tenido frenado autónomo de emergencia? ¿Hubieran parado de manera automática sin intervención del conductor y parado justo antes de golpear a mi tío, mi abuela o mi papá?

No sé las respuestas a estas preguntas, pero la probabilidad de aumentar la supervivencia de mis familiares hubiera sido mucho mayor con los elementos de seguridad que sin ellos. Y los elementos no son realmente costosos como algunos pretenden afirmar. Según Global NCAP, el costo adicional de tener elementos mínimos de seguridad no supera los 325 dólares (un poco más de un millón de pesos). ¿Realmente se justifica no tener elementos de seguridad para tener carros más baratos? Hacer solo la pregunta es inmoral, ese tema económico no justifica en ningún caso nuestro retraso de más de 20 años en regulación.

Ahora, escribo esta nota recordando un incidente en el que era pasajero, y no sé realmente cómo logramos sobrevivir mi mamá, mi hermano y yo. Veníamos de Pasto de vacaciones y estábamos a unos 30 kilómetros al sur de Popayán. Mi hermano, que era el conductor, joven, arriesgado pero seguro de sí mismo, puso Pink Floyd en el equipo del carro. La carretera estaba mojada, y en una curva alcanzó a derrapar. Unas curvas más adelante, mi hermano perdió el control del carro y se fue de frente contra un camión que venía en dirección contraria. Alcanzó, no sé cómo, a maniobrar y tratar de salir por el otro lado. El carro se estrelló contra la rueda delantera izquierda del camión, y se aplastó el frente del vehículo, donde mi mamá viajaba como pasajera. Sufrió heridas en la cara y fue llevada a urgencias. El carro no tenía bolsas de aire ni control electrónico de estabilidad.

Afortunadamente, las heridas de mi mamá fueron menores. Yo no llevaba cinturón de seguridad en la parte trasera del carro, y recibí un golpe fuerte en el hombro. Mi hermano tuvo cortadas menores del panorámico (tal vez no cumplía con normas de acristalamiento).

Pudieron ser errores humanos. Algo de velocidad mayor a la que el diseño de la vía permitía. Exceso de confianza en la capacidad de reacción, como la mayoría de los jóvenes ‘buenos conductores’. Lo cierto es que si el carro hubiera contado con mayores estándares de seguridad y buena protección de la cabina, mi hermano hubiera podido maniobrar mejor con apoyo de control electrónico de estabilidad y frenos ABS. Mi mamá no hubiera recibido un golpe tan fuerte con la deformación de la cabina. Con carros más seguros, algunos de los errores de diseño de la vía y de comportamiento del conductor (mi hermano) hubieran probablemente resultado en un incidente menor, que ni siquiera recordaría.

Ni la muerte prematura de mis familiares ni el choque con mi hermano y mi mamá fueron eventos fortuitos, resultado del destino, cosas de la providencia. Fueron hechos de tránsito con consecuencias fatales o menores, pero definitivamente evitables. ¿Podemos darnos el lujo de seguir muriendo o teniendo heridas para ahorrarnos unos pesitos en el costo de los carros? Si bien los siniestros de tráfico son multicausales, los carros son parte de la cadena de seguridad vial, un eslabón que podemos fortalecer con ayuda del Congreso, del Ministerio de Transporte y de la Agencia Nacional de Seguridad Vial.

Envío esta nota a propósito del día del recuerdo (segundo domingo de noviembre de cada año), impulsado por la Federación Europea de Víctimas de la Violencia Vial desde 1995 y adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2005. Este año, la invitación es a recordar a quienes murieron, apoyar a los que sobrevivieron y a actuar para salvar vidas.

DARÍO HIDALGO

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