Agricultores por un día, en Bogotá

Agricultores por un día, en Bogotá

La actividad busca fomentar la soberanía alimentaria en las urbes.

29 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

La imagen de la capital del país está asociada con una urbe densa con múltiples oportunidades y grandes retos. Pocos bogotanos reconocemos nuestra ruralidad, a pesar de que 163.661 hectáreas, que equivalen al 76,5 % de nuestro territorio, está constituido por zonas de protección ambiental (cerros, ríos, páramo) y agrícolas. La presión de expansión urbana es muy fuerte frente a crecimiento de la población; parece necesario un esfuerzo inmenso para preservar bordes de vocación agrícola y ambiental, o para que se desarrollen de manera armónica y sostenible.

El equipo de Despacio.org, con el apoyo de la Fundación Ciudad Sostenible, tuvo la oportunidad de experimentar algo de nuestra ruralidad por un día, y conocer de primera mano las dificultades que enfrentan pequeños campesinos para mantener nuestro borde agrícola. Visitamos la granja de Maribel en la vereda Los Soches de la localidad de Usme. Esto está a solo 27 km de Chapinero, en la antigua vía al Llano, 3.000 metros más cerca de las estrellas. Nuestro viaje tomó un poco más de 50 minutos.

El paisaje es predominantemente verde, pero es evidente la presión de la urbanización. Mantener la zona como parque agroecológico ha sido un esfuerzo comunitario de líderes como nuestra anfitriona doña Maribel; requiere apoyo fuerte del Estado. Es claro que las nuevas generaciones tienen aspiraciones distintas; se forman en carreras universitarias que no necesariamente estarán aplicadas a la ruralidad. La sostenibilidad del modelo de conservación no es clara, una oportunidad está en turismo agroecológico y caminatas. La actividad de ‘Agricultor por un día’ es un taller de experiencias, el cual nació de un evento de prototipado en agricultura urbana, promovido por la Cámara de Comercio de Bogotá en 2016. Tiene por objetivo apoyar la agricultura orgánica y tradicional, rescatar y preservar el conocimiento ancestral del cuidado de la tierra y fomentar la soberanía alimentaria en las urbes.

Es una actividad colaborativa con la comunidad, genera pequeños ingresos a la granja y permite comercializar algunos de los productos familiares (alcachofas, huevos, feijoas y artesanías de materiales reciclados). La actividad incluye una bienvenida con arepas y queso casero con aguapanela y un buen ajiaco campesino para el almuerzo (cocinado con leña de desechos de carpintería). De forma directa, nuestro grupo tuvo la oportunidad de conocer la granja y experimentar de primera mano lo que significa desyerbar, platear frutales (eliminar hierbas de la base de los arbustos para mejorar la irrigación), y excavar la zona de un futuro invernadero, todo durante una jornada. Algo que no habíamos hecho nunca (o muy pocas veces, algunos), como nos pasa a la mayoría de los habitantes urbanos.

No es una tarea fácil; es exigente físicamente y nos muestra un poco que llevar la comida a la mesa es una labor de héroes. A pesar de usar guantes, varios salimos con ampollas en las manos, golpes en el cuerpo por no saber manejar las herramientas, y dolores musculares. No parece suficiente ir en bici a la oficina todos los días ni al gimnasio de vez en cuando, para estar preparado para echar azadón, pico y pala y rastrillo durante unas horas.

Este hilo resume en fotos algunas de las cosas que vivimos ese día. Tal vez lo más interesante fue el cierre final: una buena conversada con doña Maribel, que nos contó el proceso y los retos para lograr el “pacto de borde” y proteger el parque agroecológico, y la respuesta a muchos de nuestros interrogantes: ¿cómo hicieron?, ¿por qué?, ¿qué ven en el futuro? Un reconocimiento muy especial del grupo a los temas de seguridad alimentaria y de la reducción de desperdicios.

En general parece fácil alimentarnos. Sacamos las frutas y verduras de la nevera, de domicilios o recibimos la comida preparada del restaurante; no somos suficientemente conscientes del esfuerzo de muchos para que llegue a nuestra mesa. Si se limita el uso agrícola por urbanización, estos alimentos tendrán que venir cada vez de más lejos, aumentando su huella ecológica y también su costo. Tampoco valoramos el esfuerzo (y la baja remuneración) de nuestros campesinos. Si bien un día no es nada; fue una gran oportunidad de aprendizaje. Mientras nosotros “trabajamos” unas pocas horas, en el lote vecino, un grupo de campesinos estaba labrando la tierra desde antes que llegáramos y seguía después. Seguramente repetirían su labor todo el resto de la semana, los meses, los años.

Por otro lado, está la inmensa producción de desechos. Para llegar hasta Usme fue necesario pasar por el relleno Doña Juana, donde a diario llegan 6.500 toneladas de basura que producen 9 millones de personas de Bogotá y siete municipios aledaños. Consumimos mucho y desechamos mucho. El relleno seguirá hasta 2030; se ha alargado su utilización ante las grandes dificultades de encontrar sitios de disposición (nadie quiere un relleno sanitario cerca, todos seguimos produciendo desechos). Una gran oportunidad de reducir desechos es reservar el material orgánico y usarlo para compostaje (algo que también vimos en la granja, así como la acumulación de agua lluvia para evitar usar agua tratada en riego y lavado). Otra es ser conscientes de uso de plásticos y materiales no biodegradables y reducir nuestro impacto.

Agradecemos a doña Maribel y a Fundación Ciudad Sostenible por permitirnos tener esta experiencia en que nos abrió la conciencia hacia la larga cadena que recorren los alimentos hasta llegar a nuestro plato, nos incentivó a cambiar de actitud y a avanzar en el consumo responsable desde la fuente. Nuestra próxima tarea es organizar nuestra huerta de agricultura urbana.

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