Zoom, el nuevo panóptico

Zoom, el nuevo panóptico

La cotidianidad de micrófonos y cámaras nos expone a nuevas formas de intrusión y voyerismo digital.

11 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Ya se volvió paisaje pasar la vida en una videoconferencia. Algunos incluso escogen un fondo falso para sus reuniones: una montaña, una playa, un café. Pasar nuestra vida a internet tiene ventajas, como el ahorro de horas inútiles transportándonos y de encuentros innecesarios. Es más, nos salvó del infierno de las sillas Rimax en las asambleas de copropietarios. Pero una piñata en Zoom de una compañera de kínder de mi hijo me mostró el punto ciego. Esta cotidianidad de micrófonos y cámaras en casa nos expone a nuevas formas de intrusión y voyerismo digital con consecuencias inesperadas.

La cita era el sábado a las 4 p. m. Prendimos la pantalla y vimos treinta familias en treinta cuadritos esperando que un payaso digital —así, existe el payaso digital— se conectara a hacer experimentos. Yo no conocía ni a la mitad de los asistentes. Por fin empezó el ‘show’ con actores de carne y hueso, animaciones y fondos de pantalla fluorescentes. Me di cuenta de que para mí y otras mamás y papás el espectáculo no era ese. Muchos seguíamos haciendo ‘scroll’ para detallar las casas, las pintas deportivas, los cuartos infantiles y hasta las bibliotecas de los invitados.

En un momento me descuidé y dejé a mi hijo con el celular. Con la cámara prendida, él le dio un ‘tour’ a la audiencia por nuestra casa, entró a mi cuarto y me enfocó en bata. Asustada traté de apagar la cámara y me di cuenta de que en la esquina superior de Zoom decía ‘Youtube Live Streaming’. Mi cotidianidad de fin de semana en exclusiva para el mundo.

¿Cuánta gente nos habrá visto? ¿Quiénes? Todo empezó a parecerse a ese libro distópico de Samanta Schweblin, Kentukis, donde millones de personas compran ‘tamagochis’ gigantes, sabiendo que estas mascotas que los acompañan en la cotidianidad tienen una cámara y están siendo manejadas remotamente por usuarios aleatorios en cualquier parte del mundo. Quien está al otro lado de la pantalla puede ser una familia como la mía, un pedófilo, un ‘groupie’, el Gobierno o un cibercriminal.

La paranoia de chequear tres veces si la cámara de la videollamada está apagada es solo el primer síntoma de este nuevo panóptico que podría estarse instalando en nuestras casas. La exagerada visión de Orwell en ‘1984’ de una “telepantalla” conectada por el “gran hermano” en los domicilios de los personajes que “era capaz de captar cualquier sonido (...) por encima de un susurro muy bajo” ya no parece tan lejana. Son ya múltiples las veces que en medio de videoconferencias con empleados, clientes o papás del curso he oído sin querer las conversaciones de negocios de sus respectivas parejas, pues varios miembros de la familia llevan sesiones paralelas de Zoom en un mismo cuarto.

Hoy en día revelamos sin querer detalles, estéticas e información que normalmente no estaban al alcance de los otros. Pero no solo nos exponemos, sino que cambiamos nuestra actitud al sentir que estamos a merced del escaneo social. Como explica la académica norteamericana Julie Cohen, la observación constante —ese panóptico omnipresente de Zoom— no solo invade nuestra privacidad, sino que modifica nuestro hogar y nuestro comportamiento: “Los espacios no son entidades naturales preexistentes, sino que son producidos por la actividad humana”, explica Cohen. Incluso han surgido nuevas cuentas e ‘influencers’ que aconsejan cómo redecorar lo que la gente puede ver de uno en Zoom (ver @RateMySkypeRoom).

Por cuenta de ese juicio silencioso se alimentan inseguridades, controles y, claro, desigualdades. Hace poco, la oficina de bienestar de una universidad en Bogotá recibió múltiples cartas de sus estudiantes de bajos recursos para que no les exigieran prender las cámaras en las clases por temor a ser juzgados.

Sin importar que la cámara esté apagada o que el micrófono esté silenciado, la videollamada es una intrusión constante. Cambiamos porque nos sentimos observados —una respuesta humana conocida como el efecto Hawthorne—. Sin estar seguros de qué tanto los otros toman nota de nuestras vidas, hemos empezado a prefabricar los espacios que enfoca la cámara y a fingir pedazos de nuestra vida doméstica. Al final, y como lo ilustra la caricatura expuesta arriba de ‘The New Yorker’, todos intentamos una puesta en escena. Así estemos en bata.

Cristina Vélez Vieira
Politóloga e investigadora dedicada a estudiar el debate público digital a través del análisis de datos. Cofundadora de Linterna Verde.

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