La enfermedad de la viralidad

La enfermedad de la viralidad

Así la desinformación en redes puede ser tan viral como el coronavirus.

24 de agosto 2020 , 11:21 a. m.

“No consumir bebidas frías como helado o malteadas por 90 días” es una de las recomendaciones “milagrosas” y anónimas que se mueven en redes sociales para “protegerse” del coronavirus. Estos consejos sin sustento, videos con teorías conspirativas y los prejuicios racistas sobre el origen de la enfermedad se volvieron tan virales que están opacando las fuentes oficiales.

Estas publicaciones saturaron con información basura el ‘ancho de banda’ mental de muchos ciudadanos, y esto aumenta el riesgo de contagio para todos. La situación es tan grave que el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, emitió esta semana un llamado de urgencia a los ciudadanos del mundo en su cuenta de Twitter. Básicamente nos pide el favor de que consultemos primero las guías de la Organización Mundial de la Salud, antes que a nuestro influencer de cabecera.

En la fragmentación de la conversación digital, las voces oficiales no están logrando ampliar la suya de forma suficiente para salvar vidas. Como si millones de personas fueran en el bus con audífonos, las audiencias están aisladas en su burbuja de contenidos y cuentas conocidas. Y cuando el conductor les pide salir del vehículo ante una emergencia, no escuchan.

Un ejemplo concreto del rol que instagramers, megacuentas y youtubers están jugando en la desinformación en salud lo hemos experimentado en Colombia en la conversación pública sobre la depresión. A este tema le hemos hecho seguimiento en Linterna Verde, un equipo interdisciplinario que estudia el debate público digital.

En enero pasado, en Instagram, Luisa Fernanda W –que cuenta con 12 millones de seguidores– afirmó que nunca había sufrido depresión “porque por crianza y por personalidad era una persona muy fuerte”. Pacientes y psiquiatras criticaron sus declaraciones como irresponsables, argumentando que la enfermedad mental no se enfrenta con “berraquera”, sino buscando ayuda profesional.

Luisa Fernanda abordó este tema usando un filtro de Instagram que le hace preguntas aleatorias al influenciador (conocido como autopreguntas de @ggwees). Con esta misma herramienta, unos días después la instagramer @paovargas.1 recomendó a sus 145.000 seguidores enfrentar este tipo de diagnóstico comiendo hongos. La pregunta es bajo qué credenciales. Estos casos evidencian el poder que unas pocas cuentas tienen de difundir graves mitos sobre la salud mental.

Y hay otro problema además del de las posturas irresponsables sobre asuntos críticos que pueden tener repercusiones muy graves. Se trata de la emocionalidad y el clickbait (la búsqueda desesperada y sin ninguna consideración ética de atención expresada en clics que luego se convierten en dinero). Esto se ve muy claramente en el caso de la youtuber Pautips, quien en agosto del año pasado fue criticada por decirle a sus 9 millones de seguidores en uno de sus videos que estaba deprimida y que se iba de redes sociales para cuidarse, para después retractarse a las 24 horas con una historia de Instagram.

Los expertos han prendido alarmas sobre este tipo de testimonios de crisis, pues por el nivel de identificación y cercanía que tienen los fans con estas figuras generan un gran impacto emocional que en ocasiones es solo usado como estrategia para aumentar seguidores y clics. Como dice el filósofo Byung-Chul Han, en la sociedad digital “cada sujeto es su propio objeto de publicidad”, incluso –o sobre todo– cuando llora ante la cámara.

Frente a este panorama hay iniciativas en varios países que buscan que los influenciadores entiendan la responsabilidad que tienen con la salud mental de sus seguidores. Incluso han surgido proyectos como Therapy Influencers, que ha puesto a trabajar a figuras digitales con expertos para romper estigmas alrededor de ir a terapia.

Los periodistas y los medios, que antes eran los encargados de entrevistar a los profesionales y amplificar las voces expertas, no solo han perdido su capacidad de amplificación en el entorno digital, sino que, en ocasiones, terminan aportando a la frivolización de estos temas.

En los periódicos de más tiraje de cuatro de las principales ciudades del país encontramos solo 26 artículos producidos sobre temas asociados a la depresión en el mes de enero. Y los ocho que consultaron fuentes expertas no recibieron más de 26.079 shares en Facebook y 366 retuits en Twitter, respectivamente, según la herramienta BuzzSumo. Pese a que el 13 de enero fue el Día Mundial de la Depresión, el 50 % del cubrimiento del mes se centró en reportar la crisis depresiva de Pirry y del deportista Fabián Puerta, más como un tema de farándula que como uno de salud (aquí se puede acceder a la base de datos).

Así la desinformación en redes puede ser tan viral como el coronavirus. Y cuando hace metástasis, lo hace no solo en el criterio de la gente para tomar decisiones de salud, sino en el rol esclarecedor que debe tener el periodismo.

Cristina Vélez Vieira
@linterna
Politóloga e investigadora dedicada a estudiar el debate público digital a través del análisis de datos. Cofundadora de Linterna Verde.El tema de desinformación en salud mental lo estamos monitoreando en el marco de la Sala de Democracia Digital, una alianza latinoamericana coordinada por FGV DAPP de Brasil (http://observademocraciadigital.org/).

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