Enseñanzas de un ajedrecista

Enseñanzas de un ajedrecista

De por qué es tan importante no perder de vista el panorama completo.

13 de septiembre 2019 , 07:28 p.m.

Hace poco, la periodista norteamericana Krista Tippett entrevistó al maestro de ajedrez Jonathan Rowson. Durante la discusión, este le explicó cuáles eran las tres lecciones de vida que aprendió perfeccionando su estrategia de juego:

1) Si bien un ajedrecista debe concentrarse en la siguiente jugada, no puede olvidar el horizonte que se construye con cada movida.

2) El ajedrez enseña lo que significa tener un oponente. Ante nosotros siempre habrá un contrincante respondiendo nuestra jugada con una narrativa distinta, no por ello menos real o menos válida que la nuestra.

3) Nuestra responsabilidad principal es lo que hagamos a continuación.


Convertir en hábito las tres lecciones del ajedrecista es uno de los ejercicios más difíciles y más importantes que podemos emprender. La razón es sencilla: van en contra de nuestra naturaleza, y si no pensamos en ellas activamente, las olvidamos en nuestro día a día.

La primera lección rompe nuestra tendencia a ensimismarnos. Como cada uno de nosotros es el eje central de su propio mundo, solemos enfocarnos en nuestros problemas, nuestras aspiraciones, nuestro bienestar y el de las personas que queremos. Lo demás queda relegado a un lejano tercer o cuarto plano.

Vivimos como si no supiéramos que estamos en esto juntos; que todos los fenómenos del cosmos son necesarios y están interconectados, y que, en lenguaje ajedrecista, nuestras jugadas afectan su armonía.

Andamos tan sumergidos en nuestra manera de ver el mundo que nos es difícil concebir que quien piensa de forma distinta pueda tener razón en sus argumentos. Instintivamente asumimos que nuestras convicciones son válidas universalmente, que el oponente es un obstáculo y que la vida es una partida que debemos ganar no importa cómo.

Si Rowson viniera a Colombia, probablemente nos recomendaría dejar de perfeccionar tácticas egoístas y jugar más ajedrez.

Si lo hiciéramos, seguramente empezaríamos a ver la Naturaleza como se la imaginó el pensador alemán Gottfried Leibniz: como un todo compuesto por infinitas partículas minúsculas, cada una de las cuales, sin importar su tamaño, contiene un universo.

En esta visión, hablar con un desconocido es una oportunidad para descubrir un mundo, una

perspectiva y una experiencia única. Es la posibilidad de aprender lo que a él o a ella les ha enseñado la vida.

Y con esa misma curiosidad nos acercaríamos a la naturaleza e investigaríamos por qué las ballenas componen nuevos cantos con tanta frecuencia, qué se dicen los elefantes cuando se comunican con sonidos que nosotros no podemos oír, y cómo se adaptan las plantas al cambio climático.

¿Por qué no hacemos de estos privilegios nuestra siguiente jugada?

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