Apuntes sobre la nacionalidad (I)

Apuntes sobre la nacionalidad (I)

Conversar con la gente de este país es mi nacionalidad.

23 de julio 2018 , 08:30 p.m.

La nacionalidad es algo extraño que, al menos para mí, no está en el himno nacional, ni en la bandera tricolor ni en ese escudo caduco lleno de cosas que ya no existen para nosotros. No siento ninguna cercanía con Ricaurte en San Mateo ni con los surcos de dolores; menos aun con el gorro frigio: me siento colombiano por otras cosas menos rimbombantes. Un arroz de lisa donde sea, pero que sea en Barranquilla, por ejemplo. Estar esperando en el muelle de Magangué la chalupa que me llevará por el Magdalena hasta Bodegas. Cuando pienso en la letra de 'La piragua', del maestro José Barros, me siento como el temible Pedro Albundia y lamento mucho que ya no cruja el maderamen en el agua de aquella piragua de Guillermo Cubillos.

Conversar con la gente de este país es mi nacionalidad. Hablar de los ingredientes de un buen arroz de longaniza en La Paila de la Abuela, de Quibdó; o discutir con unos araucanos sobre cuál de los hermanos Rico canta mejor el joropo recio. También estoy hecho de cada palabra de la canción 'Soy de Pescaíto', interpretada por el Clan de Jhonny, y siento dentro de mí toda la gracia musical de Jorge Velosa y su carranga dichosa.

Mi nacionalidad va al pasado de cada rincón del país así no haya ido nunca. Mi nacionalidad tiene que ver con la historia de este país. La verdadera, la dura, la triste, no la historia acicalada de los libros de texto escritos por ladinos historiadores oficiales. Mi nacionalidad discute con los indígenas sobre Dios y el origen de todas las cosas; respeta los rituales sagrados. La nacionalidad que profeso sabe que Discos Fuentes fue la disquera que hizo posible el porro y el fandango para la gente de los Andes. Vengo, como ustedes, de una parte donde nos conmueven un tambor llamador y un baile cantao, una marimba de chonta, un guasá, unos capachos, el tiple del altiplano o un maguaré que retumba en la selva. Soy de aquí porque entiendo las mochilas wayús y las alpargatas, porque respeto a los mamos de los arhuacos y a los jaibanás de los emberas; porque me conmueven los sanjuanitos de Nariño, porque una vez conocí a Martina Camargo y sé que baila como los ríos bailan, y que su voz es de agua y viene de lejos y es entrañable.

Mi nacionalidad tiene que ver con la historia de este país. La verdadera, la dura, la triste, no la historia acicalada de los libros de texto escritos por ladinos historiadores oficiales.

Soy de acá porque amo las bibliotecas públicas de todo el país y he visto la sonrisa de los niños al escuchar la voz de un maestro que descifra el mundo desde un papel, y cuando dice de pronto “Había una vez”, parece como si el mundo se estuviera creando en ese justo momento.

La nacionalidad hace que me sienta triste porque hay niños que mueren de hambre, y políticos indolentes que padecen la enfermedad de la avaricia y se roban la comida de las mesas. Esos políticos ladrones también son parte de mi nacionalidad. Me definen de alguna manera mucho más que el istmo de Panamá.

Soy de cosas menos pretenciosas: los chistes a desgaire con desconocidos en los parques, la complicidad de la gente cuando vas de viaje. En esta nacionalidad uno celebra los chistes sin tener que explicarlos a nadie. Y son paisajes míos, los heredé desde siempre. Cuando veo la Sierra Nevada de Santa Marta siento que me pertenece; y siento que me pertenece el río Inírida, todo. Que puedo tomarme toda el agua que me quepa en el cuerpo junto a los cerros de Mavicure. Pronuncio la palabra ‘Orinoco’ con una sonrisa; digo Apaporis y me salen lágrimas. Me siento propietario de todo el Perijá con sus cuentos de contrabando y vallenatos. Y esto es apenas una tacaña enumeración caprichosa y desordenada.

Mi nacionalidad es esta diversidad, tan bacana, que llevo en la sangre y me gusta.
Y para usted, ¿qué es la nacionalidad?

CRISTIAN VALENCIA
cristianovalencia@gmail.com

Columnistas

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