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Para dos mujeres magistradas

Para dos mujeres magistradas

La maternidad no deseada es una forma de esclavitud soportada por la penalización del aborto.

10 de noviembre 2021 , 08:00 p. m.

En el XVIII Conversatorio Nacional de Género de la Rama Judicial, realizado en Paipa la semana pasada, las magistradas Diana Fajardo y Gloria Stella Ortiz hicieron sendas intervenciones en las que explicaron fallos proyectados por ellas, con los que lograron que la Sala Plena de la Corte Constitucional, por unanimidad, protegiera derechos de mujeres. En el caso de la magistrada Ortiz, el de una joven con discapacidad que fue abusada sexualmente por el dueño de la casa de inquilinato en la que vivía; hombre a quien el juez le había rebajado la pena de 10 a 3 años.

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En el caso de la magistrada Fajardo, el de una mujer dermatóloga a quien su esposo pretendió 'tumbar' en el momento del divorcio, haciendo movidas a las que jueces de menor instancia invistieron de legalidad, para no darle lo que le correspondía del capital que ella ayudó a formar mientras duró la sociedad conyugal. En ambos fallos, según explicaron las magistradas, el enfoque de género fue lo que hizo posible que ellas pudieran usar las herramientas jurídicas para, en sus palabras, darle visibilidad "a lo que otros no vieron o no quisieron ver". Por eso, en esta columna me dirijo respetuosamente a las magistradas Fajardo y Ortiz, quienes según los reportes periodísticos tienen en sus manos los votos determinantes para poder avanzar hacia la despenalización total del aborto.

Mi invitación es a que sigan usando el enfoque de género, en este caso para abrir trocha para miles de mujeres que atraviesan la tortuosa experiencia de la maternidad no deseada y/o la angustiante maternidad no planeada, en la que muchas caen vencidas y otras salen victoriosas, pero llenas de heridas que guardan silenciosamente en el alma. Ustedes, frente a las dos demandas para despenalizar completamente el aborto, pueden usar de nuevo el enfoque de género, con su ya demostrada sabiduría y valentía, para visibilizar lo que otros/as, y quizá ustedes mismas, no han visto. La realidad de las mujeres que abortan es realmente desconocida porque están silenciadas por el temor al castigo judicial, como si no fuera ya duro con el castigo social y moral.

Mi invitación es a que sigan usando el enfoque de género, en este caso para abrir trocha para miles de mujeres que atraviesan la tortuosa experiencia de la maternidad no deseada.

La realidad de las mujeres que viven maternidades forzadas también es desconocida porque el peso del reproche sobre la mujer que no demuestre entusiasmo por su embarazo y sus hijos resulta insoportable. La realidad de las mujeres que aun amando a sus hijos hubieran preferido no tenerlos es aún más desconocida porque la propia madre, amorosa y dedicada pero no plenamente feliz, a duras penas puede lidiar con su propia contradicción. Entonces, apreciadas magistradas, la maternidad no deseada es una forma de esclavitud soportada en parte por la penalización del aborto. Además, bien vale la pena pensar en las consecuencias de este tipo de maternidades sobre la sociedad. ¿Cuál será su impacto en el maltrato infantil, rompimiento de familias, profundización de las vulnerabilidades comunes de las mujeres, depresión, sobrepoblación, violencias?

Ustedes, magistradas Diana Fajardo y Gloria Ortiz, pueden darle a este país la posibilidad de que cada ser humano que nazca sea bienvenido. Este no es un asunto de ser ‘provida’ o ‘promuerte’, sino de entender realidades escondidas. Embarazos por pobreza, por machismo, por comportamientos inmaduros y riesgosos tan propios de la juventud, por inestabilidad emocional, por ignorancia o por miedo atentan contra el derecho de los seres por nacer a tener una madre y un padre que les garanticen condiciones sanas de crianza. Mantener penalizado el aborto multiplica ese tipo de embarazos y sataniza la educación sexual que se requiere para evitarlos. Magistradas, cada vez que, embargada por el dolor y la tristeza de mis propios errores como madre, he sentido la necesidad de pedirle perdón a mi hijo por haberlo traído al mundo, no obstante haberlo deseado, pienso en los miles de mujeres que han sido madres sin quererlo... pobres esclavas.

CLAUDIA PALACIOS

(Lea todas las columnas de Claudia Palacios en EL TIEMPO, aquí)

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