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El precio de todo, el valor de nada

El precio de todo, el valor de nada

Las grandes obras deben seguir al alcance del ciudadano, por ejemplo, en un museo que la conserva.

25 de noviembre 2021 , 08:00 p. m.

Conocimos la semana pasada una noticia sobre el que es ya uno de los hitos del arte mundial. En una concurrida subasta organizada en Nueva York, el autorretrato de Frida Kahlo titulado Diego y yo fue vendido por 34,9 millones de dólares; un récord para cualquier artista latinoamericano. El anterior registro lo tenía Diego Rivera, pues uno de sus trabajos había sido vendido en 2018 por 9,76 millones de dólares. El alza de precio entre una subasta y otra fue enorme.

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Esta, que es sin lugar a dudas una noticia extraordinaria, me impone algunas reflexiones sobre lo que está pasando con la ‘economía’ del arte.

El trabajo creativo configura espacios que hacen mejor el mundo que nos tocó vivir. Solo imaginemos un planeta sin pinturas, sin esculturas y sin artistas: sería un lugar inhabitable, un desierto espiritual donde todas las cosas se darían sin sentido alguno distinto al de la supervivencia. El arte es un salto cualitativo para la humanidad.

En el universo creativo, el papel primordial lo tienen los artistas, que, con contadas excepciones, siempre tienen que luchar contra la precariedad para alcanzar los más altos niveles expresivos. Hay otros actores importantes en el mundo del arte como los museos, los coleccionistas y, obviamente, el público en general interesado en las obras y sus autores.

Un par de ideas sobre los coleccionistas. El papel de ellos es clave porque gracias a su esfuerzo y a su dinero, grandes logros del ingenio humano se conservan. El coleccionismo no tiene reglas; simplemente es una pasión voluntaria de cualquier persona que siente motivación e interés por hacerse con piezas de arte que le parecen magníficas. Esta afición exige desarrollar un gusto a través de la investigación y la búsqueda de lo único y lo exclusivo. El coleccionista se apasiona por las obras de un artista y las adquiere para su catálogo particular. Esto significa que la base del coleccionismo son la admiración y el conocimiento.

Es indispensable mirar con sentido crítico ese proceso de inflación en los precios del arte, porque puede generar la idea de que el destino de una obra es que se venda al mejor postor.

Pero la venta de un solo cuadro por una suma astronómica nos pone de nuevo frente a la inconmensurabilidad que hay entre el precio de una cosa y el valor que representa.

Ejemplos tenemos por montón, y cito solo uno de ellos: Vincent van Gogh, uno de los mayores genios del mundo, murió en condiciones de absoluta pobreza y enfermedad. Pero, gracias a la tarea de los museos, muchas de las pinturas del neerlandés están disponibles para el público que puede apreciarlas para comprender su alcance espiritual. Eso contrasta con los precios de algunos de sus trabajos, que ya alcanzan valores billonarios y solo están disponibles para unos cuantos.

La pregunta es: ¿por qué estos precios se elevan hasta niveles estratosféricos? Hay muchas condiciones que influyen: el reconocimiento del artista y su trayectoria, la historia de la obra, el estado de conservación, el lugar de venta, entre otros.

Sin desconocer la importancia de los coleccionistas, es necesario insistir en que el valor del arte no necesariamente está atado al precio en que se vende. Por esa vía podríamos incurrir en un error de apreciación profundo. Las sociedades tienen que garantizar otras formas de hacer circular las creaciones de sus artistas. Las grandes obras deben seguir al alcance del ciudadano común, por ejemplo, en un museo que la conserva, aun a costa de que no se venda a un precio elevadísimo.

El arte tiene un sentido profundamente democrático y universal: las obras son para el espectador de a pie, que puede presenciar y sentir la experiencia en espacios abiertos a todos.

Es indispensable mirar con sentido crítico ese proceso de inflación en los precios del arte, porque puede generar la idea de que el destino de una obra es que se venda al mejor postor. Por esa vía podríamos terminar convertidos en una sociedad que, parafraseando a Oscar Wilde, conoce el precio de todo, pero el valor de nada.

CLAUDIA HAKIM
* Directora Museo de Arte Moderno de Bogotá

(Lea todas las columnas de Claudia Hakim en EL TIEMPO, aquí)

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