Una vida ejemplar. Un legado para rescatar

Una vida ejemplar. Un legado para rescatar

Álvaro Rivera Concha fue un visionario querido por tantos en quienes influyó de manera positiva.

01 de mayo 2019 , 11:12 p.m.

El respeto por la persona y la profunda convicción de que la dignidad y la consideración por el otro son las premisas fundamentales sobre las cuales se edifica una sociedad sana son características propias de los hombres que se destacan, que marcan diferencia y se convierten en ejemplo para las generaciones presentes y futuras.

Álvaro Rivera Concha fue uno de esos grandes hombres. La coherencia con la que vivió, las aventuras que emprendió, pero sobre todo los motivos que guiaron su existencia lo convierten en un ser humano excepcional, importante. Su fortaleza provenía de su entereza, de sus férreas convicciones y de su profunda fe en Dios.

El motor de sus días fue la familia. Su objetivo, propagar la idea de que los valores que deberían guiar las acciones de los hombres son la solidaridad, la generosidad y la práctica del amor. Su vida personal, su desempeño profesional como abogado canonista, su dimensión política y su ejercicio como ciudadano convergen en ese noble propósito de enarbolar la bandera de la familia como núcleo básico de la sociedad.

En su condición de gran abogado que fue, estudió, enseñó y ejerció el derecho canónico. Como él señalaba, inició varias empresas “quijotescas”: la fundación del partido demócrata cristiano en Colombia a mediados de los años 50, o la Fundación Universitaria Monserrate hoy regentada por la Arquidiócesis de Bogotá, y la creación y el compromiso con un número importante de obras sociales, con el ánimo de ayudar y mejorar la vida de sus congéneres, son algunas de ellas.

Hombre justo, visionario y querido por tantos en quienes influyó de manera positiva, dejó un legado digno de recordar. Los valores y actitudes que le hubiera gustado ver en su familia y, en general, en las generaciones por venir quedaron recogidos en un escrito que suscribió en 2008 y dejó en un sobre cerrado para ser leído por su familia cuando ya no estuviera entre ellos. Señaló el doctor Rivera Concha: “Quisiera que siempre reine la solidaridad” que requiere de generosidad, “virtudes ambas que se resumen en el ejercicio del amor”.

“El ejercicio de la solidaridad presupone… en primer lugar, estar siempre dispuesto a interesarse por el pariente cercano, por el amigo, por la comunidad de la que se forma parte, por la patria a la que se pertenece, compartir la alegría que le han causado sus realizaciones, la angustia que generan sus expectativas, el dolor que han dejado sus fracasos”. En segundo lugar conlleva la práctica de la generosidad. “Dar de uno, dar de lo de uno para ayudar al otro, a los otros, a los que más se pueda” sin esperar nada diferente de la satisfacción por haber hecho lo correcto. “Vivir en el desapego. Aceptar que lo que se tiene se ha recibido gratuitamente y no nos pertenece. Ejercitar, en resumen, el amor que nos lleva a aceptar al otro como es… a escucharlo con paciencia, a tolerarlo, a ayudarlo a ser cada día mejor”.

Como creyente en Dios, entendió que la fe suple la incapacidad de la razón frente al misterio de la vida y le da un sentido trascendente, pero ello no le impidió respetar la actitud de cada quien frente a los interrogantes de la existencia: “Quién soy, cómo explico mi racionalidad, de dónde vengo, para dónde voy, cómo entiendo lo que ha existido, existe y existirá hasta que la materia se convierta en energía”.

Esos valores y actitudes que Álvaro Rivera hubiera querido ver en su familia son los que con desesperación reclama Colombia de sus ciudadanos y de sus dirigentes para convertirse en una nación equitativa, pacífica y viable.

Como dijeron sus hijos y nietos durante la eucaristía por el alma de Álvaro Rivera: ¡Gracias por tu vida, gracias por tu legado!

CLAUDIA DANGOND GIBSONE
En Twitter: @cdangond

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