Incoherencias entre el Mónaco y la JEP

Incoherencias entre el Mónaco y la JEP

Allí donde se fraguaron episodios atroces se construirá un parque para honrar a las víctimas.

04 de marzo 2019 , 12:00 a.m.

Colombia lleva seis décadas sufriendo la problemática del tráfico de sustancias psicoactivas y alucinógenas.

Desde los años 70 el país ha sido actor principal de lo que significa producir, procesar, traficar, consumir drogas y lavar el dinero proveniente de dicha actividad. El matrimonio que se produjo en la década de los 80 entre narcotráfico y conflicto armado se convirtió en la mortaja que aún arropa a esta hermosísima nación. En este caso aplica a la perfección aquel viejo refrán: “Matrimonio y mortaja del cielo bajan”.

Las vidas humanas sacrificadas en la lucha contra el narcotráfico superan los seis dígitos si a policías, jueces, políticos y ciudadanos víctimas de la violencia terrorista se le suman los cientos de miles de personas que sucumben ante la adicción que generan estas sustancias y de la cual no pueden salir, muriendo, muchas veces en vida, y enterrando también los sueños de sus familias y seres queridos.

El legado del narcotráfico está vivo y en pleno vigor. La corrupción en todos los niveles, la cultura de la plata fácil, del menor esfuerzo, la idea de la mujer como objeto de placer y decorativo, el irrespeto a la autoridad, la imagen del delincuente como héroe y redentor son algunas de las bacterias que se han enquistado en nuestro ADN y cuya extirpación es tan difícil de lograr.

No obstante, el pueblo colombiano se ha caracterizado por luchar con tenacidad y valentía. Solo así se explica cómo, en medio de tanta dificultad, las instituciones se han mantenido, la democracia no ha claudicado, los ciudadanos no han perdido la esperanza y el país avanza en algunos aspectos, aprovechando sus ventajas, privilegios y riquezas.

La constancia de Colombia por encontrar a lo largo de los años mecanismos para lograr la paz, por insertarse en la comunidad internacional, por incorporar en su agenda temas de la modernidad son muestras fehacientes de esta Nación.

Reconocer la existencia del problema, liderar la cruzada para que el mundo entendiera que se trata de un asunto transnacional, celebrar acuerdos de cooperación y aun tratados de extradición son hechos que demuestran que el país quiere extirpar el narcotráfico y combatir sus efectos.

No es insignificante que hace pocos días uno de los fortines, símbolo del narcoterrorismo del más grande capo colombiano, fuera demolido ante los ojos de millones de personas que antes veían cómo el edificio Mónaco, lugar de residencia del narcotraficante Pablo Escobar y su familia, era visitado por turistas y locales contribuyendo a mitificar esa funesta figura delincuencial.

Enhorabuena por Medellín, por Colombia y por el mundo entero. Allí donde se fraguaron episodios atroces y dolorosos se construirá un parque para honrar a las víctimas y para que, en lugar de contemplar el escenario de la muerte, la violencia y terrorismo, los visitantes puedan disfrutar un monumento a la vida.

Por ello, resulta al menos paradójico que la idea de castigar, sancionar y reprender a quienes sigan cometiendo delitos relacionados con el narcotráfico, aun después de haber firmado el acuerdo del teatro Colón, sea repudiada para, en su lugar, defender en una cruzada irracional el otorgamiento de beneficios para aquellos que desafían y se burlan de la sociedad colombiana, sus víctimas y sus autoridades ¡Esto último es inconveniente e inmoral!

El Presidente de la República debe dejar constancia de ello, a través del uso de su facultad constitucional para objetar aquellos artículos de la Ley Estatutaria de la JEP. Si, analizadas las objeciones, el Congreso decide aprobar el texto por la mitad más uno de una y otra cámara, la suerte, por ahora, estará jugada.

CLAUDIA DANGOND
En Twitter: @cdangond

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