Viviendo en la era porno

Viviendo en la era porno

¿Cuál es el punto de ‘pornificar’ cosas que no tienen nada que ver con sexo?

09 de agosto 2019 , 08:07 p.m.

Pornografía ‘suave’ o extrema está disponible permanentemente en internet a la presión de una tecla, sin filtros ni controles para personas de todas las edades, que tengan un teléfono, un computador personal o una tableta.

Estamos hablando de porno de naturaleza sexual, aunque esa no es la única, ni es el motivo de esta columna. Pero antes de pasar a las otras pornos, hay datos muy preocupantes que no puedo dejar de mencionar.

En promedio, según recientes estudios, los niños comienzan a mirar porno a los 13 años; las niñas, a los 14, y la pornografía es la principal fuente de información sobre sexo entre adolescentes. Entre los grupos más grandes de consumidores están los niños de entre 12 y 17 años.

Las consecuencias y los perjuicios que vivir en esta era del porno gratis está provocando en las sociedades del mundo son profundos y afectan tanto las relaciones humanas que se habla de una recesión global de intimidad con ramificaciones impredecibles a todos niveles, desde nuevas adicciones, depresión e incapacidad para relacionarse hasta serios problemas reproductivos.

Esa representación ilusoria de expectativas y la simplificación de preferencias y creencias en aras del placer propio son preocupaciones tradicionales sobre la porno sexual

En una de las conferencias más vistas en internet, un conocido experto demuestra que la masturbación frente a pornografía en internet es adictiva, produce cambios estructurales en el cerebro y está dando lugar a una epidemia de disfuncionalidad eréctil.

El panorama, dado que la industria de la pornografía es una de las más crecientes y rentables, es francamente aterrador, y esta columna no es para asustar lectores. Así que pasemos a otras pornos.

Recientemente, el término se ha extendido a muchas otras cosas. Se habla de ‘pornocomida’, ‘pornobienes raíces’, ‘mami porno’ (novelas románticas leídas, sobre todo, por mujeres), ‘pornodestitución’ (que se refiere específicamente al presidente Trump y su relación extramarital con una actriz porno).

Las redes sociales están llenas de nuevas pornos: ‘pornodeportes’, ‘pornociencia’, ‘pornopoemas’, ‘pornovehículos’. Cuando alguien publica fotos que ha tomado de personas pobres, se lo acusa de ‘pornopobreza’, como un tipo de explotación.

En realidad, nada de eso es porno. ¿Cuál es el punto de ‘pornificar’ cosas que no tienen nada que ver con sexo? Llamar la atención y exagerar, dos características esenciales de internet, donde la línea entre lo permisible y verdadero y lo repelente y falso es cada día menos clara.

Este nuevo sentido genérico de porno se extiende porque es fácil y permite darle nombre a un tipo de relación que podemos tener con imágenes. La pornografía sexual se usa para gratificación inmediata, evitando las complejidades de relaciones sexuales reales, como la intimidad física, la conexión emocional y la interacción romántica.

Es lo mismo con las imágenes de comidas (‘pornocomida’), por ejemplo, utilizadas para el placer inmediato; cuanto más decadentes, mejor; sin salir a comprarla, cocinarla o preocuparse por las calorías. O las de bienes raíces generalmente lujosos y opulentos, usadas para gratificación instantánea, sin tener que comprar la casa, decorarla, limpiarla...

Esa representación ilusoria de expectativas y la simplificación de preferencias y creencias en aras del placer propio son preocupaciones tradicionales sobre la porno sexual, que evoca el placer representando la sexualidad en términos poco realistas que los consumidores luego llevan al mundo real del sexo, con consecuencias potencialmente desastrosas.

La ‘pornificación’ de acciones y objetos cotidianos parece algo inofensivo, pero tiene que tener un efecto desensibilizador respecto a los peligros de la proliferación y disponibilidad de la ‘verdadera’ pornografía.

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