La Iglesia católica y sus demonios

La Iglesia católica y sus demonios

Como nunca antes, los grandes pecados de la Iglesia confluyen en este momento.

07 de marzo 2019 , 07:50 p.m.

No es el diablo el que abusa de niños, o el que viola monjas, o el que es públicamente homofóbico al tiempo que tiene relaciones homosexuales, o el que tiene hijos mientras pontifica sobre celibato. Son prelados de la Iglesia católica. Con nombres propios, como los cardenales George Pell, de Australia; Alfonso López Trujillo, de Colombia; Theodore McCarrick, de Estados Unidos, quienes ocuparon altísimos cargos en el Vaticano.

Como nunca antes, los grandes pecados de la Iglesia confluyen en este momento. Empecemos con la red de pedofilia y protección de curas culpables, que al fin el papa Francisco reconoció oficialmente hace unos días en una cumbre sin precedentes sobre pedofilia en la Iglesia.

La avalancha global de acusaciones de abuso sexual infantil por el clero, que por décadas nos escandaliza, sigue en los titulares gracias a recientes casos de alto perfil y a desgarradores testimonios de tantas víctimas.

El más reciente es el del cardenal George Pell, el prelado de mayor rango en Australia y el tercero más poderoso del Vaticano, como tesorero y consejero cercano del papa Francisco, cuya condena por abuso de menores, publicada hace unos días, ha tenido repercusión mundial. Pell es reconocido por su combativa posición contra anticoncepción, divorcio, matrimonio igualitario y aborto y su brutal activismo antigay. Y mientras defendía esa ideología ultraconservadora, estaba violando niños.

Durante el juicio, y a regañadientes, admitió que el celibato podría ser “un factor” en el abuso de menores.

El excardenal Theodore McCarrick, la figura de más alto rango expulsada recientemente del sacerdocio por abuso sexual, y el cardenal López Trujillo, muerto en 2008, quien llegó tan alto que fue considerado candidato al papado y con una doble vida entre ideología ultraconservadora y actividad homosexual, son expuestos en un nuevo libro que causa revuelo.

Se trata del anticipadísimo libro Sodoma, del periodista francés Frédéric Martel, recién publicado en ocho idiomas y que destapa la homosexualidad dentro del Vaticano y pormenoriza los abusos sexuales del clero.

En Roma, según el libro, “ser de la parroquia” significa que un sacerdote es gay, y es la manera de reconocer la poderosa franja homosexual del Vaticano, un secreto mundial cuidadosamente guardado. Entre otras revelaciones extraordinarias sobre la hipocresía prevalente en la Iglesia, el autor, quien se infiltró en ese universo por cuatro años, dice que existe una omertà (ley mafiosa de silencio) que hace que obispos homosexuales protejan a sacerdotes pedófilos por temor a que estos revelen su doble vida.

Otro tabú repugnante salió a la luz estos días: gran número de monjas denuncian violaciones y abuso sexual cometidos por prelados que supuestamente están a cargo de guiarlas espiritualmente.

Justo después de la cumbre sobre pedofilia, la Unión Internacional de Superiores Generales, que reúne más de 600.000 religiosas de todo el mundo, admitió el problema, llamó a las víctimas a denunciar y creó conductos para recibir las quejas.

Otro secreto a voces para agregar a la lista de conductas reprensibles son las nuevas denuncias de hijos e hijas de sacerdotes que deben vivir vidas de mentiras y vergüenza: el Vaticano acaba de admitir que tiene directrices secretas para manejar los innumerables casos de sacerdotes que engendran hijos a pesar de los votos de celibato.

En países católicos no es raro saber de curas que viven con mujeres y tienen hijos. Ayer, caminando con una amiga encontramos una pareja que es vecina suya desde hace años. Él es sacerdote católico, reconocido intelectual a cargo de una parroquia. “¿Y nadie dice nada?”, pregunté. “¿Por qué? –me respondió mi amiga–. Eso es más normal que el resto”.

Si a los crímenes y las desviaciones sexuales de la Iglesia les agregamos la inexorable disminución de bautizos, bodas, ordenaciones y funerales, es hora de preguntar: ¿hemos entrado a la ‘era poscristiana’?

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