Desarrollo rural, crecimiento y equidad

Desarrollo rural, crecimiento y equidad

Solo alguien que vea las dos caras de la moneda del desarrollo rural puede enfrentar este reto.

06 de enero 2019 , 12:22 a.m.

Una sola mirada a la realidad nacional basta para entender que Colombia no puede seguir dependiendo de distintas bonanzas para garantizar el crecimiento necesario, y menos cuando estas dependen de precios internacionales sobre los cuales tenemos cero influencia. Es impostergable empezar a construir una base económica sólida que nos permita salir de niveles de crecimiento que aún no llega ni al 3 % anual.

Sin desarrollo rural no hay crecimiento. No solo lo dicen expertos colombianos, sino agencias internacionales. La FAO plantea que Colombia es uno de siete países del mundo que tienen las mejores condiciones para responder rápidamente al gran crecimiento de la demanda de alimentos de la población mundial. Tenemos 40 millones de hectáreas de tierra fértil, hoy solo 7 dedicadas a la agricultura, el resto subutilizadas; tenemos el agua y la gente, 30 % de nuestra población o reside en el campo o en municipios pequeños y aun en las afueras de grandes urbes, con fuertes lazos culturales y económicos con las actividades rurales. Además, el desarrollo rural impulsa la agroindustria, un importante sector de la industria nacional que tampoco pasa por su mejor momento.

Sin desarrollo rural no hay equidad. Colombia tiene una inmensa deuda social con el sector rural, y, en términos de brechas de desigualdad, la peor es la que existe entre el campo y la ciudad. No solo fue la gran víctima del conflicto armado, que fue una guerra rural, sino que en los 90 sufrió el costo de la apertura comercial que significó la pérdida de 1 millón de hectáreas de producción campesina. Hasta los 90 éramos autosuficientes en alimentos, y hoy importamos 11 millones de toneladas. Como lo demuestra el reciente Censo Agropecuario, millones de campesinos viven aún en condiciones superadas hace décadas por poblaciones urbanas de este país.

Sin desarrollo rural no hay paz. ¿Puede un país reconciliarse cuando la histórica concentración de la tierra en pocas manos se ha ido acelerando en las últimas décadas, de manera tal que millones de campesinos explotan microfundios –menos de 5 hectáreas– y crecen los latifundistas con predios de más de mil hectáreas? Si los índices de concentración del ingreso superiores a 0,51 avergüenzan a los colombianos, los que se refieren a la tierra rural, que en el caso de propietarios llegan a 0,9, deberían haber prendido hace mucho tiempo las alarmas si esta fuera una sociedad más justa. No puede consolidarse la paz cuando los bienes públicos, carreteras, agua potable, buena educación y salud y seguridad ciudadana solo se concentran en las zonas urbanas. Así de simple.

El diagnóstico es claro y reciente, de manera que existen suficiente información y, además, claras propuestas de expertos en el tema reconocidos nacional e internacionalmente, que han indicado los caminos por seguir. El estudio del Pnud dirigido por Absalón Machado en 2011 y la Misión de Transformación del Campo del 2015, apoyada por el gobierno Santos y dirigida por José Antonio Ocampo, con la presencia y el trabajo de tres exministros de Agricultura y de los mejores representantes de la academia, los gremios y los campesinos, ofrecen suficiente material para empezar a actuar.

Pero, señor presidente Duque: solo alguien que vea las dos caras de la moneda del desarrollo rural, su gran potencial y la inmensa deuda que el país y sus gobernantes tienen con los pobladores del campo puede enfrentar este importante reto de política pública. Solo quien haya vivido de cerca esa realidad y conozca las grandes fallas e injusticias que se han cometido con ese sector puede aprovechar esta gran ventana de oportunidad que se le abre al desarrollo rural. Ningún criterio meramente político justifica llevar a tan importante posición a alguien que no cumpla con ninguno de estos requisitos.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑO
cecilia@cecilialopez.com

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