A quién salvamos: ¿a las empresas o a la gente?

A quién salvamos: ¿a las empresas o a la gente?

Es el Gobierno el que tiene que endeudarse para salvar a la gente y así salvar a la empresa.

03 de abril 2020 , 07:58 p. m.

La salud y la economía son los dos frentes que están en el centro de las preocupaciones del mundo. Es la primera vez que los habitantes del planeta se enfrentan a un hecho insólito, la agenda es la misma para el mundo desarrollado y para los países emergentes: cómo actuar frente a estas dos crisis sin que las soluciones en una maten a la otra. En salud, la fórmula aceptada es la misma, el confinamiento de la población por largos períodos, así algunos países la hayan tenido que aceptar a la fuerza cuando las demoras les han causado miles de muertes evitables. Pero es sobre la economía donde reina la confusión.

La escuela de pensamiento dominante, que todavía tiene mucho poder, pretende seguir con su receta así muchas de las debilidades actuales para enfrentar los impactos de la pandemia sean el resultado precisamente de su dogma. La privatización de la salud explica mucho de las profundas debilidades que se enfrentan en Colombia, por ejemplo, para responder a la demanda de grandes dimensiones que crea la covid-19. En general, la subordinación de las políticas sociales a la política económica, principio general de esta escuela y sobre todo la reducción de esta última a solo subsidiar a los pobres, tiene hoy en jaque a nuestro país y a todos los que se dejaron guiar por estas ideas.

Para simplificar, la encrucijada en que se encuentra la economía y quienes la manejan, el dilema ante la recesión, que es un hecho, consiste en decidir a quién se salva primero: si a la empresa o a la gente.

Si no se salva a la gente, como ya se ha dicho, el hambre puede matar más que el virus. La inestabilidad social que se originaría les acaba las posibilidades de recuperarse.

Fenalco ya lo planteó, se debe salvar la empresa y por ello le pide a la gente –es decir, a sus trabajadores– que se reduzcan sus salarios para darle oxígeno a su empresa. Obvio, para esta escuela el motor del desarrollo es el sector privado.

Pero resulta que los países nórdicos ya lo resolvieron. Dinamarca tomó la decisión de nacionalizar entre el 70 y el 90 por ciento de la nómina de sus empresas porque reconoce que es la forma no solo de salvaguardar el bienestar de su población, manteniendo sus ingresos por trabajo, sino de proteger a las empresas. Es decir, cuando se salva a la gente se salva la empresa. De esta manera, argumentan los daneses y lo siguen sus vecinos, cuando la economía se recupere las empresas estarán listas con sus trabajadores para empezar a producir. ¿Quién asume el costo de esta decisión? Pues el Gobierno, que es el único que tiene asegurados los mecanismos para recuperar ese gasto, los impuestos que todos los ciudadanos tendrán que pagar. Pero nuestro Ministro de Hacienda insiste en que el Gobierno no debe endeudarse.

Obviamente, en un país como Colombia, donde la nómina no cubre el 50 o el 60 % de los trabajadores porque son informales, hacer lo de Dinamarca es mucho más difícil, pero no imposible. A propósito, por qué durante estos cuarenta años de manejo ortodoxo de nuestra economía nadie se ha preguntado por qué estas recetas maravillosas para manejar la economía no redujeron esta inmensa informalidad.

¿Tienen ustedes, señores empresarios, la capacidad de manejar solos esta situación? Claro que no, y además si todos los recursos del Estado van a refinanciarlos, esto no asegura que mantendrán los ingresos del trabajo. Y si esto sucede, no se salva a la gente; como ya se ha dicho, el hambre puede matar más que el virus. La inestabilidad social que se originaría les acaba las posibilidades de recuperarse.

Por ello, es el Gobierno el que tiene que endeudarse para salvar a la gente y así salvar a la empresa. Pero para hacerlo, le toca inventarse unos mecanismos que no existen porque si se quedan como hasta ahora, apoyando solo a los pobres, el 27 % de la población, el 30 o 40 % restante, los informales, se lanzarán a la calle para sobrevivir.

Cecilia López Montaño
cecilia@cecilialopez.com

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