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Levantarse la burka

Levantarse la burka

¿Hasta dónde van a levantar el velo los talibanes para permitir de nuevo la entrada de recursos?

09 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

La financiación por medio de donantes representa el 80 por ciento del gasto en Afganistán, según el Banco Mundial. La pregunta no es si los talibanes u otros radicales del islam se van a quedar en el poder o no, sino cuánto están dispuestos a levantarles el velo a las mujeres para poder seguir siendo parte, aunque sea marginal, de la apodada comunidad internacional.

Por más asombro que a uno como latinoamericano le despierte el velo de las mujeres musulmanas, lo primero que hay que saber es que no todos son iguales. La primera vez que yo aprendí algo sobre velos fue cuando viví en Alemania, donde hay cantidades de turcos, varios de ellos, musulmanes.

Cuando yo iba a una tienda o a un supermercado muchas mujeres turcas, especialmente las mayores, cubrían su pelo con un pañuelo. Por alguno de mis rasgos físicos seguramente, con frecuencia comenzaban a hablarme en turco, a lo que yo respondía en alemán. Sabrá Dios o Alá qué me decían, puede que algún día hasta me hubieran preguntado por qué no llevaba el pañuelo. Pero era una prenda muy sencilla, una especie de pañoleta con la que se tapaban el pelo nada más.

La segunda vez que entendí algo sobre velos fue cuando leí 300 días en Afganistán. Un libro de Natalia Aguirre, una médica paisa de Jericó, Antioquia, que cuenta en colombiano, o más bien en paisa, cómo es vivir en ese país que cada tanto es de nuevo noticia en el mundo.

Con el regreso de los talibanes al poder, el mundo se espantó de nuevo por la existencia de la burka. De todas las formas de cubrir el rostro de una mujer en la cultura islámica, la burka es la más radical, entre otras, porque está lejos de ser un velo. La burka es el traje entero de color azul, que tapa por completo el cuerpo de la mujer, con apenas una rejilla a la altura de los ojos para poder ver, pero no ser vistas. Boris Johnson, el primer ministro británico, lo describió perfectamente así: una mujer con burka parece un buzón de correos. Por supuesto, no le llovieron aplausos, pero la descripción es perfecta.

La financiación por medio de donantes representa el 80 por ciento del gasto en Afganistán, según el Banco Mundial.

Cuando lo leí la primera vez en 2014 quería compartirlo todo el tiempo con mi familia y mis compañeros de trabajo del momento. Les leía partes del libro, les echaba los cuentos, les daba mis opiniones. Creo que varios quedaron cansados del libro sin haberlo leído. Y hace unos días, viendo la forma cinematográfica en que las tropas de Estados Unidos salieron de Afganistán y la velocidad con que los talibanes regresaron al poder, no me quedó más opción que releerlo y reiniciar el ciclo.

Además de entender de velos, gracias al libro de Natalia entendí también que el conflicto en Afganistán se puede resumir en esta frase suya: “En Afganistán no hay tal cosa como el afgano promedio”. No es una guerra de regiones, no es que los acentos sean marcados y que unos sean más soberbios que los otros. Es una guerra de etnias, de esas que difícilmente entendemos por este lado, a la que se suma la intromisión de otros países.

Natalia cuenta con mucha gracia cuales son esos tres grupos étnicos que en las calles de Kabul se distinguen claramente. Unos son los tajiks, que son cerca de un cuarto de la población. Son altos, con la piel clara y, de acuerdo con Natalia, “cuando te miran, sientes que te están interrogando”. Los velos que usan las mujeres tajik no son ni la mitad de lo que es la burka.

Están los hazara, que son como de segunda categoría para los demás, aunque suman casi un cuarto de la gente. Tienen rasgos achinados y son completamente lampiños. Las mujeres hazara usan pañoletas de colores vivos que simplemente llevan sobre la cabeza. De hecho, los hombres hazara, por ser tan lampiños, son castigados por los talibanes porque la barba larga es obligación cuando ellos mandan.

Y es obligación la barba. Porque los talibanes provienen del grupo étnico más grande, los pastún, que suma un poco más del 40 por ciento. En su mayoría son de piel oscura, muy velludos, de barba fácil y abundante y los ojos color miel. La burka es la prenda que las mujeres de esta etnia tienen que usar fuera de la casa. Y la llegada de los talibanes podría significar que las otras mujeres, de otras etnias, tendrán que cubrirse igual para salir. Así mismo, ahora hasta los hombres lampiños tendrán que llevar barba y bien larga.

La victoria de los talibanes, además de ser la del radicalismo del islam, es la de una etnia, una cultura sobre otra, una forma de verse.

Pero siempre es más fácil luchar por el poder que administrarlo. Afganistán siempre ha tenido la mala fortuna de que muchos países han querido, además de intervenirlo, ayudarlo o ‘ayudarlo’. Sea como sea, se han girado cientos de miles de dólares que son fuente fundamental de la economía. Volvamos al inicio: las donaciones representan el 80 por ciento del gasto.

¿Qué va a pasar ahora con la exigencia de barbas largas y asfixiantes burkas de los talibanes si ellos mismos necesitan esas ayudas? En Bélgica y Holanda, por ejemplo, las burkas están totalmente prohibidas. Y, por supuesto, ser lampiño no está penalizado en ningún país desarrollado, de esos que donan a terceros países cuyos gobiernos esperan ayuda humanitaria.

La duda entonces sobre los talibanes es ¿hasta dónde van a levantar el velo para permitir de nuevo la entrada de recursos?

CAROLINA AVENDAÑO
@carolinaapabon

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