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Dioses peligrosos desde la tarima

Dioses peligrosos desde la tarima

Al final la vida de mucha gente termina dependiendo de ese artista que, temporalmente, es un dios.

30 de noviembre 2021 , 08:00 p. m.

Los recuerdos de mi adolescencia están llenos de conciertos en vivo. Era una época en la que las boletas para ir a un concierto no costaban medio salario mínimo, como ahora. En vivo vi a INXS, a Soda Stereo, a Gustavo Cerati, UB40, Franco de Vita, Carlos Santana, a Juanes, a Fito Páez, a Charly García. Y fui a muchas ediciones de Rock al Parque.

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Lo que más recuerdo de los conciertos es esa sensación de descontrol, el ser parte de algo más grande e imposible de controlar: la multitud. No importaba si uno era grande, bajito, delgado, gordo, por momentos era imposible no moverse a voluntad de otro. Muy similar a la experiencia que ofrece un Transmilenio en hora pico, pero mucho más incontrolable y con la recompensa del show en vivo. Era una sensación contradictoria, agridulce, absolutamente desagradable y al mismo tiempo, totalmente emocionante.

El momento más difícil para mantenerse de pie entre la multitud era cuando salía por primera vez un artista a la tarima. Entre más esperado el artista, más difícil de controlar la ola de gente. Todo el mundo empujaba simultáneamente hacia adelante, como queriéndolo alcanzar. Siempre creí que esas olas de gente podían ser mortales si se salían de control, nunca pasó nada, pero recuerdo esa sensación de estar siempre al borde de un desastre.

El 5 de noviembre pasado sí pasó algo fatal. No en Colombia, en Estados Unidos, en la ciudad de Houston, Texas. En un concierto durante el primer día de un festival musical, ocho personas murieron literalmente aplastadas por otras, pisoteadas y sofocadas. Esa ola de gente que yo siempre sentí incontrolable, allá sí se salió por completo de control cuatro Travis Scott, el artista más esperado de la noche salió a la tarima. La persona más joven que falleció ese día tenía 14 años, pero días después murió un niño de nueve años que estuvo en coma inducido tras las pisoteadas. El niño fue al concierto con su papá, cuando empezó todo estaba sobre sus hombros, de ahí se cayó al suelo y el mundo le pasó literalmente por encima.

Travis Scott pudo haber interrumpido una y otra vez el concierto, no lo hizo. 

El problema en este concierto no fue la multitud, que a la larga es siempre igual de caótica, el problema fue que el artista nunca interrumpió el concierto. En mi historial de conciertos recuerdo una y otra vez al artista estrella parando a la multitud con solo una palabra, un gesto. Según los testigos del concierto en Houston, después del primer muerto siguieron otros 40 minutos de show. Una y otra vez Travis Scott pudo haber parado el espectáculo definitivamente y no lo hizo. Lo peor es que el invitado sorpresa, Drake, salió a la tarima a acompañar a Scott en el momento más caótico.

La gente puede ser racional cuando está sola, pero las multitudes siempre están entre un poco y muy perturbadas. Y en un concierto el artista que está arriba es literalmente un dios. Un dios porque la gente lo venera cuando sale, cuando habla, cuando hace un silencio. Pero es también un dios porque es el único que ve el escenario completo y el el único capaz de manejar a la multitud.

La visión panorámica de quién está arriba le permite ver todo lo que está pasando desde la altura. Quien está abajo apenas ve, y a medias, el pedazo donde está metido. Después de esa catástrofe en Houston muchos asistentes dijeron que no vieron el caos y que de su lado solo hubo baile y diversión.

Les creo, porque el único capaz de verlo todo es el artista. En un caso como este, al final la vida de mucha gente termina dependiendo de ese artista que, temporalmente, es un dios. Travis Scott pudo haber interrumpido una y otra vez el concierto, no lo hizo. Pudo ser por descuido, pudo ser porque pensó genuinamente que las ambulancias en medio del escenario no respondían a nada grave, o pudo haber sido por completa desidia frente al dolor de otros. Esa última es la razón que me resuena con asombro en la cabeza. Scott además de ser el artista estrella era el organizador del festival.

Travis Scott no es solo un rapero famoso, es también la pareja de Kylie Jenner, la hermana menor de las Kardashians. Las Kardashians son la familia de influencers más famosa del mundo y entre Kyllie y su esposo acumulan una fortuna de cerca de 900 millones de dólares. Pero más allá de la fortuna son celebridades, ella de las redes y la televisión y él de las redes y la música. La gente los adora, los idolatra y los reverencia.

Y la idea que no se me puede salir de la cabeza es si tanta adoración por un ser humano, uno que va al baño igual que todos, al que le corre la misma sangre por las venas, no termina por hacerle creer que su vida, realmente, pesa más que las de los demás, tanto como dejar morir a otro en frente suyo. Hay demasiada idolatría para algunas personas en el mundo.

CAROLINA AVENDAÑO

(Lea todas las columnas de Carolina Avendaño en EL TIEMPO, aquí)

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