Viajar por viajar

Viajar por viajar

Lo triste de todo este ir y venir es que las masas responden a esa necesidad moderna de la fuga.

17 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Hace unas décadas, los médicos, cuando no tenían nada que decir ante las enfermedades nerviosas, el mal genio, el desánimo y el cansancio de sus pacientes, solían recomendarles un viaje, usualmente a Europa o a Estados Unidos, preferiblemente en barco, ya que los viajes en avión eran precarios, peligrosos y nadie creía en ellos, mucho menos los inestables pacientes de los médicos.

Viajar servía para alejar las preocupaciones, encargar el trabajo a subalternos, separarse de la vida cotidiana, poner los enemigos a distancia, olvidar vecinos molestos y despreocuparse de la servidumbre, para recorrer brillantes ciudades llenas de la cultura de la que nuestra Santa Fe carecía. Teatro, conciertos, ópera, danza y museos. Recorrer los mejores hoteles. Viajes por las armoniosas campiñas, en cómodos carruajes; atravesar los territorios por ríos y por mar, en ágiles y elegantes naves, y en trenes veloces y puntuales, nunca vistos en nuestro país.

Y, una vez recuperada la tranquilidad del alma y el sosiego del cuerpo, volver a la patria con los baúles abarrotados de trajes de finas telas, enriquecidas con delicados encajes de Bruselas y de Brujas. Y con cajas y baúles repletos de cristal Baccarat, vajillas de Limoges y cubiertos Christofle, o de muebles y pianos de cola remontados en el último tramo a lomo de mula y de siervo.

Eran curas para el cuerpo y el alma de aquellos pocos que concentraban la riqueza, gracias al trabajo de sus aparceros, campesinos, obreros y empleados. No era por EPS.

El mundo ha cambiado. Todavía existen suntuosos viajes de los que concentran la riqueza. Pero la industria sin chimeneas ha creado una corriente masiva de viajeros que recorren largas distancias en incómodos aviones low cost, Airbnb, hoteles de media estrella y comida basura. Hacen vuelos de pájaro sobre ciudades, ruinas y monumentos cuyos nombres olvidarán rápidamente.

Estos turistas no encuentran el sosiego ni la salud durante el trayecto. No les ha ayudado la compra obsesiva, en divisas, de baratijas. Agotados, necesitarían algunos días de reposo, pero deben volver a trabajar, gastados ya los escasos días de vacación que la ley laboral les otorga.

En el sitio de trabajo empezará el recuento del maravilloso viaje. Después no quedará amigo y conocido que no sea atiborrado con imágenes colgadas en WhatsApp, Instagram, Facebook y cuanta red social o antisocial exista. De ese esfuerzo de comunicación resultarán varias frustraciones cuando sus interlocutores solo miren con desmayo e indiferencia el cúmulo de fotografías anodinas e insulsas que tomaron con sus teléfonos inteligentes, lo más inteligente que les queda. Porque, en gran parte, su viaje no ha sido el de ver sino el de fotografiar. Ha cumplido con esa terrible reflexión de Giorgio Morandi: “Se puede recorrer el mundo sin ver nada. Para conocer no se necesita mirar muchas cosas, sino mirar profundamente lo que se ve”.

Lo triste de todo este ir y venir es que las masas responden a esa necesidad moderna de la fuga. Huir de donde vive porque ya no lo satisface. Fugarse de sí mismo porque no se es como el ideal que muestra la publicidad. Hay que tatuarse, disfrazarse en vez de vestirse, portar símbolos de lo que no nos pertenece, hablar como personajes y no como las personas que somos, decir que hacemos lo que nunca hemos hecho, migrar de nuestra comunidad hacia un estrato más alto. No pensar por nosotros mismos. Aceptar el engaño de los otros. Posar. Imitar. Engañar. Simular. En fin, lograr que nuestra vida sea una mentira. Finalmente, nosotros no somos turistas. De ellos nos quejamos. Tenemos que evadirlos. Buscar la playa privada. Ser ajenos a nosotros mismos.

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