Suicidios en la tercera edad

Suicidios en la tercera edad

La única manera de atacarlo es cambiando las condiciones de injusticia que han creado los que mandan

08 de enero 2019 , 07:34 p.m.

A pesar de la consabida e inocultable ineficiencia de las estadísticas, finalmente quedó en evidencia el exorbitante aumento de los suicidios de los ciudadanos que el Gobierno llama, con perverso eufemismo, la tercera edad. El Instituto de Sistematización de Datos aplicó la estadística, inventada por Chatelet, tan tergiversada últimamente, para clasificar los suicidios según edad, sexo, estrato social, lugar de origen, de residencia, tamaño familiar y otras tantas variables que ayudan a jugar con los números, pero oscurecen la realidad. Sin embargo, el resultado era el mismo, los mal llamados adultos mayores (otro eufemismo) se estaban quitando la vida de manera numerosa, excepcional, escandalosa y tan acelerada que era imposible seguirles el ritmo.

Con la tardanza del sistema judicial y el exceso de muertos, los jueces no alcanzaban a hacer los levantamientos de cadáveres. No solo se acumulaban los papeles en los juzgados, los muertos estaban esparcidos en las calles donde habían caído al lanzarse desde los balcones, los salones de las casas en las que pendían ahorcados, las camas solitarias con los somníferos que desbordaban las mesitas de noche y las tinas de baño, sumergidos, bañados de sangre. Los viejos suicidados también estaban abandonados, tal como lo habían estado en vida, en los parques, las cañadas, los montes y el campo abierto. Nadie había pensado antes en la variedad, formas y oportunidades de morir por mano propia.

Con el torpe fin de negar la catástrofe, el canciller declaró que todo era una exageración de las redes sociales y del país vecino. Que el Gobierno tenía controlada la situación y se había abierto una investigación exhaustiva. Los ánimos no se calmaron. El ministro de Defensa declaró que se trataba de casos aislados, frustraciones amorosas y alteraciones mentales. Posteriormente afirmó que todo suicidio era protesta social, que habría que controlar y reglamentar. El Presidente dijo algo sobre los padres de la independencia de Estados Unidos.

Pero, aceptada la realidad, a pesar de los numerosos avisos oficiales pagados para calmar las denuncias de los medios de comunicación, el Instituto de Medicina Legal descubrió un virus que impulsaba al suicidio de los abuelitos (otro eufemismo). Rápidamente, laboratorios internacionales importaron carísimos medicamentos, no incluidos en el POS, inalcanzables para la población afectada.

Fue un filósofo, autodenominado Viejo, quien denunció la razón de la sinrazón del suicidio de sus coetáneos. El virus no era otro que el tomar conciencia. “No hay duda”, afirmaba este sabio siempre ignorado por las entrevistas del entretenimiento. “Los viejos nos hemos dado cuenta de las injusticias. Las pensiones, cuando las tenemos, se han vuelto irrisorias en los fondos privados; el aumento de catastro, constructores y curadores nos están expulsando de nuestras viviendas; los cambios familiares hacen que nuestros hijos y parientes nos abandonen; los ancianatos privados tienen tarifas escandalosas, y los públicos son tugurios indecentes; si pedimos limosna en la calle, un mafioso nos cobra para poder hacerlo; no tenemos derecho al descanso después de tantos años de trabajo y esfuerzo; nos apartan de las decisiones; no nos preguntan; los impuestos se los llevan los políticos corruptos; los que nos gobiernan son mucho peores, más ineptos y más ignorantes que los que nos gobernaron cuando éramos jóvenes”.

“Sí, lo extremo de la situación nos hace conscientes. No sirven medicinas. Nuestro virus es la conciencia social. La única manera de atacarlo es cambiando las condiciones de injusticia que han creado los que mandan y gobiernan. Y la protesta activa”.

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