Sin política exterior propia

Sin política exterior propia

Lo terrible del asunto es que el Gobierno no defienda sus instituciones.

14 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Si el tema no tuviera tanta trascendencia, no valdría la pena escribir sobre lo mismo. En especial, cuando se ha visto a tantos funcionarios y columnistas que comparan el retiro de la visa de Estados Unidos a magistrados y congresistas con el derecho que tiene alguien de invitar a un almuerzo en su casa.

No nos crean tan tontos. Ya de por sí, no invitar a alguien a almorzar conlleva una sanción social. Los amigos se preguntan si se ha rechazado a la persona por su lobería, su raza o sus devaneos incorrectos o delictivos. Pero es mucho más grave la decisión de Estados Unidos cuando retira la visa a un congresista que denunció las presiones indebidas del embajador y a magistrados que tienen que decidir sobre la extradición y las objeciones a la JEP que ha presentado el presidente Duque. Se cae de su peso que las visas son armas de presión para dirigir las decisiones de jueces y congresistas. Tan grave es la cancelación que Estados Unidos están moralmente obligado a explicar la razón de su decisión, pues la difamación de las personas queda en el aire.

Pero lo terrible del asunto es que el Gobierno, por encima de lo que piensa mucha gente, no defienda sus instituciones, como en este caso, en el que se entromete un Estado extranjero en decisiones judiciales y legales. Es inaceptable que nuestro desangelado canciller salga a los medios para leer un comunicado en el que expresa el respeto que tiene Colombia por la decisión de cualquier gobierno para otorgar visas.

Tan grave es la cancelación que Estados Unidos está moralmente obligado a explicar la razón de su decisión, pues la difamación de las personas queda
en el aire.

Tan absurdo es el comunicado que nos hace dudar de la manifestación del principio internacional de no intervenir en asuntos internos de otros países, principio que el Gobierno no ha respetado. El canciller deja el indicio, si no la evidencia, de que el Gobierno colombiano y el norteamericano actúan al unísono para presionar indebidamente las decisiones del Congreso y de las cortes.

Y no puede ser de otra manera. Este gobierno fracasa en la mayor parte de los intentos de sacar adelante leyes y reformas. El Gobierno no muestra unidad, pues cada ministro ha sido nombrado para representar intereses de grupos distintos. Su presidente va de un lado a otro, sin ton ni son, para asistir a actos anodinos, a reuniones al exterior como a la de las tecnologías, y sale a los medios a cada rato para anunciar el apresamiento de delincuentes de menor cuantía. Está cumpliendo funciones de un funcionario intermedio, porque no se ha dado cuenta de un principio fundamental: la intervención del Presidente es el último recurso.

Este gobierno no tiene política interna; tampoco, una política internacional propia. Desde antes de ser elegido ya anunciaba que buscaría tumbar a Maduro. Puede que el propósito sea noble, pero no le corresponde a Duque hacerlo. Era un anuncio demagógico, que acogía las ideas de su jefe Uribe. Una vez elegido, ha sido el dócil instrumento de la desastrosa e ineficaz política norteamericana para Venezuela.

Es propio de los funcionarios norteamericanos la ignorancia de su patio trasero, pero es inconcebible que nuestro Presidente fuera incapaz de saber lo absurdo que era el concierto en Cúcuta, la misión humanitaria con productos marcados Usaid, las falsas noticias y acompañar a Pompeo a la frontera el día en que Maduro “estaba en un avión que lo llevaría en fuga”. Él atrae a los venezolanos que vagan como parias puesto que nuestro Estado no tiene la capacidad de atenderlos.

Trump tiene un fiel servidor en Colombia. Duque cuenta con Trump para presionar indebidamente sobre aquellos congresistas y jueces que él no puede convencer con su sinrazón y debilidad. Están atados en un triste y lamentable propósito.

Columnistas

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